Edgar Sánchez Quintana

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—Me volví terrestre de repente, sin darme cuenta, hasta que el auto comenzó a moverse en el parque de la ciudad. Entré a otro mundo, pero, como siempre, sólo vine a pasear. Pensé que escaparía del aburrimiento, pero el hastío de la gente se me pegó de inmediato, a la cara, a los ojos. Mis órganos de conciencia querían apagarse, como desconectar un aparato eléctrico. El «Datsun» se movió; no sabía que el auto se movería, ya que desde lejos parecía estar parado, como un muro o un tronco tirado.

—Sé —y lo sé desde que salí de casa para escapar del aburrimiento— que el mitin en el pueblo de “Agua Verde” lleva tres días. Este pueblo exige los servicios básicos para sobrevivir. ¿Dónde queda? No lo sé, en la primaria no me enseñaron la geografía del estado, o bien no lo recuerdo; tal vez por allá por “Lázaro Cárdenas”.

—Desde la fuente al lado de San José, observaba los toldos cubriendo el espacio. Los humos de las fogatas se elevaban entre los árboles del parque, mientras las pelotas de los niños a veces golpeaban los edificios públicos. El humo de los cigarrillos formaba un aura que cubría todo el sitio. El agua salpicaba a mis espaldas en un estruendo inusitado. La vendedora de pepitas en el escalón de la fuente mostraba su mercancía, mientras tomaba de ella cada vez que su lengua lo indicaba. Las secretarias se besaban con sus novios después de comer antes de volver a trabajar.

—Me fui acercando. Sólo vine a pasear, como siempre, así que mis pasos dejaron huella en la zona. El “Datsun” se movió. Entré.

—Una señora, agachada y encorvada entre plásticos negros y palos, se encontraba en un baño improvisado. El registro de drenaje tenía una nueva función: servir como baño durante el mitin.

—La gente estaba celosa de su espacio, desconfiada de los desconocidos. Algunos dormían la siesta en las banquetas del parque, platicaban, y no faltaba un cigarro. Las mujeres masticaban chicle o chicharrón. Un niño mugroso y harapiento lloraba o gritaba entre la gente. Los gorros de los maridos panzones mal fajados servían de identificación social, mientras que el rebozo y la chancla sucia eran distintivos de las mujeres. Algunas mujeres vendían comida, golosinas en algún zaguán o esquina, o eran amas de casa en un poblado medio construido o en la miseria. La pirámide de forraje y rastrojo servía de combustible para las cocinas de humo y las cazuelas de mole en el techo. La jauría ladraba a todas horas. El terreno seco y la tolvanera celebraban la aridez. El monte almacenaba el tiempo.

—Eso es lo que imagino mientras los observo. Paso junto a ellos y me desconocen. Me gustaría decirles que sólo vine a pasear, como siempre, que soy un hombre citadino de la capital del estado y que vengo en son de paz. Pero sus miradas y su olor me excluyen. La bocanada de humo de cigarrillo se aleja hacia el cielo. ¡Me siento excluido!

—Pero… todo está cercado. ¿A dónde me he metido? Es un círculo tipo caravana del oeste, construido con carros, donde los muros humanos impiden el paso. ¡Híjole! ¿Podré salir? Las puertas de los edificios de gobierno están cerradas, todo está cercado. Creo que están organizados, algunos con listones amarillos, otros con listones rojos. Seguramente son representantes de algún grupo. Me siento un extranjero entre ellos. Me siento menos evidente sentado en el suelo. Dos jóvenes recostados a mi izquierda leen novelitas baratas, luego se alejan y se apoyan en un carro en los límites de la zona. Mientras, babeo.

—La asta de la bandera está a dos metros del siguiente baño improvisado. En los muros cuelgan cartulinas con anuncios: “En Laguna Verde queremos agua y luz”, “Exigimos al señor gobernador atención a nuestras justas peticiones”.

—¿Qué querrán? No entiendo. Xochitiotzin dice que es un “boicot político”. Desde aquí veo miseria, mugre, diversión, coerción, injusticia. Pero también se divierten, juegan, cantan canciones rancheras con un trío. Un tipo convence a una quinceañera para que se vaya. Los cabizbajos y meditabundos parecen recordar viejos tiempos mientras el sol languidece entre las ramas del parque. Vine a disfrutar de la tarde, del aire, a saborear la corriente con olor a Tlaxcala. Me gustaría decirles que sólo vine a pasear, como siempre, pero me ven mal… tengo miedo de que los preventivos aparezcan, se pongan agresivos y me toque por estar aquí… Bueno, con mi credencial de elector o la de mi escuela podría identificarme, he visto en la tele que cuando sucede se pone peligroso: golpes, piedrazos, sangre, ojos llorosos, ira, desquite, mentadas de madre, mordidas de perro, macanazos. Todo eso sumado a los destrozos materiales y morales.

—El joven permanece en el piso, recargado en la baranda del árbol frente a la campana de Dolores. Mientras piensa, toma una pequeña rama del suelo para rascar canales en la tierra. Es un joven barbón con lentes oscuros, de buena alimentación, apuesto, nariz recta, ojos hundidos, espalda ancha y cabello en rizos cortos. Viste pantalón de mezclilla, camisa blanca con rayas azules, suéter color hueso con estrellas agrisadas y cuello plomizo; los calcetines son negros. Los encargados de seguridad del sitio se reúnen para comentar la situación y dar los reportes, luciendo un listón rojo en el brazo izquierdo.

— ¿Todo bien, está calmada la situación? — ¿Qué sabes de la policía? — No habrá represión, pero uno nunca sabe. — Compadre, ¿qué dicen la licenciada y el maestro? — No se preocupen, ya es tarde, creo que la negociación se dará hasta mañana. — Vi a un “colado”, me parece que es provocador. Ustedes dicen. — ¿Cuál es? — Preguntan varios. — Aquél echado allá, disimulen, no sea que se las huela. — Ustedes dicen si le calentamos el trasero. — ¡Hijo de su puta madre, yo sí le parto su hocico, déjenmelo a mí! — Calma, calma, puede ser que sea “colado”, no vaya a ser pariente. — ¡Javier, párate en los botes de basura, cerca, pero ya sabes cómo! — Voy a hablarle a la licenciada y al maestro para ver qué resuelven. — El de ayer se nos escapó, pero este tiene la misma pinta. Ya parece que nos engaña. — ¿Qué dijeron la licenciada y el maestro? — Que resolvamos con cautela, dijeron que: “Debemos proteger los intereses y el buen desarrollo de nuestras peticiones”. — ¡Ajá! — Entonces, ¿qué hacemos? — Yo ya sé lo que opino. — ¡Hijo de tu chingada madre, déjenmelo, yo le pongo en su madre! Este cabrón se cree muy cabrón, piensa que nos va a ver la cara de pendejos. — ¡Si es provocador, seguro que lo es! — Échenle mano y súbanlo a la camioneta de don Joaquín, cúbranse la cara y a él pónganle bozal. — Amenazan al hombre. — A caray, sí tienen cara de malditos. — ¡Párate de allí y ven para acá! — ¿Qué se les ofrece? — Tú has caso y no te pongas pendejo.

Los individuos con pasamontañas conducen al hombre y lo suben a la camioneta a empujones. Dos puñetazos en el estómago lo doblan. El dolor comienza y se acurruca en el piso de la camioneta.

— ¡Conque un cabroncito colado! — Ya de una vez, pártele su madre. — Hazle una de las que ellos saben hacer. — Sí, el tehuacanazo, los piquetes, o lo otro… — ¿Eres o no eres provocador? ¿Cuál era tu función en esta tarde, llevar el chisme? — Sí, eres un provocador, hijo de tu puta madre. — Ahora sí, te cagas del miedo, ¿verdad? ¿Te suda el trasero? Pensabas que eras muy chingón. — Este cabrón no traía armas, ni siquiera sus credenciales eran verdaderas. — ¡Somos más astutos que ustedes porque nos las olemos antes, puto! — ¡Toma, para que aprendas a no meterte en nuestro movimiento! — Los golpes llueven, los aullidos de dolor llenan el lugar.

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