Edgar Sánchez Quintana

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—Ándale, Oscar. Vas muy lento, yo ya voy en la segunda, y tú apenas llevas la mitad. —Agustín pone sobre el refrigerador la botella vacía de cerveza Sol y lo abre para sacar otro par, destapa la suya y empina el codo. Después del trago, hace un gesto agridulce y refrescante mientras mira la botella, estirando el brazo— ¡Ah! ¡Hajum! —respira— Está buena, ya tenía ganas de una así. Andaba con sed. —Oscar se retranca en la pared; la tienda está repleta de mercancía, hay una fiesta de colores publicitarios, de olores dulzones y acidulados, del aroma de tortas compuestas y de cerveza derramada en el suelo. En el centro de la tienda, hay una mesa enclenque que aguanta con esfuerzos un canasto grande de pan de dulce y teleras. El tendero plática con el repartidor, hacen cuentas y cierran negocios. Los dos amigos miran a la calle mientras se dan un respiro en la plática; el silencio es bueno para los dos, dejan que sus mentes se organicen en ideas, recuerdos, proyectos y problemas. Los tragos se van sucediendo y a veces coinciden con un — ¡Salud! —y continúan la plática. La calle es una arteria secundaria de la ciudad de provincia, por ella circulan los autos a marcha moderada, los transeúntes hacen sus quehaceres: van de compras, salen a dar una vuelta en el parque, esperan con grandes esperanzas al novio, venden paletas en un triciclo con cajón tipo baúl, adosando voluntades afables entre los peatones, viendo caras, cuerpos, gestos; espíritus errantes en vestimentas tradicionales. La ciudad se comporta engreída en su verdor por el julio lluvioso y bien plantado. El sol se acomoda en la decaída diurna, donde las gentes más viejas han tomado la siesta, y las sombras se preparan para pintar chiripas en los añosos muros de las casas coloniales. La cebada va burilando un relajamiento tanto en las mentes como en los cuerpos; su envoltura es una reducción de la vista y ligeros escalofríos al ir entrando el alcohol en el organismo. Son tres cervezas las que toma cada uno, suficientes para estar a gusto y bien.

—Joven, cuánto le debemos, fueron tres y tres, son seis. —El comerciante cobra y despacha, da cambio y las gracias—. Sí teníamos sed, y así está bien, gracias, eh, hasta luego, hasta luego. —Los dos salen de la tienda y en el frontis, duda el amigo mayor, no sabe adónde ir. Titubeante, da pasos y se regresa, es su espíritu inseguro el que se asoma; da tres pasos y luego se regresa de nuevo—. No, mejor vámonos por acá, sirve que pasamos por el parque.

Pasan por un zaguán donde una señora rechoncha plática con la vecina. Su negocio a la salida de su casa son elotes, esquites y chilatole.

—¿Qué se te antoja, un chilatole?

—Hay, como quieras.

—Señora, ¿qué tiene?

—Elotes, esquites y chileatole. Pruebe, el maíz está tiernito, mire, no es del que ya está pasado, está bien cocidito, y el elote se lo preparamos como usted guste.

—Como ves.

—Se me antojan los esquites. Seño, deme unos esquites.

—¿Mediano o grande?

—Mediano.

—A mí deme un chilatole. ¿Está bueno?

—Sí, está recién hechecito, y bien rico.

—Como ves.

—Hay, como veas tú.

—Sí… me da uno —observa los elotes, la señora destapa la olla y va a servir el jarabe.

—No, sabe qué, seño, mejor deme un elote, pero que esté bueno, no le ponga mucho chile.

Van disfrutando del sabor del maíz en sus distintas presentaciones. Pasean por el parque. Los dos hombres deambulan en sus treinta y cuarenta años, son de miradas serias e inteligentes, aunque han hecho ambas locuras que rayan en la extravagancia, en la aventura creativa y propia de mentes complejas. Nunca han transgredido las leyes. Los dos han sido amigos de muchos años, se conocen bien, tienen gustos semejantes. Las veces que tomaban algunas cervezas en alguna tenducha cualquiera —cosa que ambos preferían y no irse a meter a un sitio establecido porque, como Agustín decía: “no, allí no, porque de allí ya no salimos”— les gustaba pasear por la ribereña del río Zahuapan, por el parque o por el mercado, y en ocasiones llegaban al departamento de Agustín para seguir platicando sobre el trabajo o sobre cualquier otra cosa. La casa de Agustín quedaba cerca del centro histórico, a unos minutos, y también quedaba cerca su centro de trabajo. Era bibliotecario en el Centro de Investigaciones de Tlaxcala, comúnmente llamado “el C.I.T.”. Lugar de reunión con otros amigos, pero en esta fecha estaba cerrada por periodo de vacaciones; sin embargo, Agustín tenía llaves para entrar y salir a la hora que quisiera.

—Y si nos tomamos una copita chiquita.

—Hay, como veas, ¿tienes en tu casa “alcohol”?

—Sí, pero también tengo en la biblioteca una botella de tequila que dejó la otra vez Álvaro, así que como quieras, me da igual.

—Hay, como veas. Vamos a la biblioteca, es lo que está más cerca. —El par de amigos se dirigen al centro de trabajo. Oscar carga un refresco de litro y medio de toronja. La tarde a oxidado el aire con una capa de asfalto aéreo; las nubes chocolatosas se disponen a dormir en el mullido cielo de provincia. Sobre los muros virreinales, las sombras ya no pintan chiripas sino chucherías tozudas o tal vez ingenuas. Mientras entran a la biblioteca, surge una conversación que ya han tenido semiroída en otros encuentros.

—¿Te acuerdas que te dije de cómo me gustaría romperle la cabeza a alguien, como aquel amigo que te conté que decía: “me gustas para un tirito” y sopas, te caía a golpes? Pues así me gustaría una vez, pero no así, sino con un hacha, tomar el hacha y ¡pacatelas! Saber de esa manera qué cosa está pensando el idiota. Siempre he encontrado esa imposibilidad; no podemos conocer las cosas de manera inmediata sino a través de lo fenoménico, o sea, a través de las representaciones que llegan a la cabeza. Siempre he tenido ese “rollo” metido, como también el gusto por conocer el dolor o hacer locuras “Donjuanezcas” como las que narra Carlos Castaneda.

—Yo soy de la idea de que se debe buscar modos de ir soportando la existencia. Finalmente, sabemos que en el espíritu las cosas que quedan en él no son las cosas ordinarias sino más bien las extraordinarias, y llegar a ellas es provocando el espíritu, desajustando nuestro ordinario existir, ¿no crees?

—Pues sí… finalmente es eso. De esto se pueden decir infinidad de cosas, y voy a decir una tontería, pero vieras que también hay veces que las cosas más minúsculas te llegan a afectar de manera evidente y sin que exista una cosa excepcional, por ejemplo, un grito, una escena en una película, la cara de alguien en la calle o algo que pasa o la manera en que sucede, que a veces pienso que por estas cosas tiene que existir Diosito. —El amigo que escucha se queda callado y se acomoda en la silla de escritorio perfectamente ergonómica. La sala amplia de la biblioteca luce los altos muros blancos y los vastos anaqueles llenos de volúmenes sustanciosos, añosos y contemporáneos; clásicos, regionales y únicos, pesados, descoloridos y mamotretos ilegibles. El fichero se aposta a respirar por una larga noche más. El olor vetusto de los libros; papel, tinta, pintura, polvo, desodorante “pinol” y olor a cigarro son una conglomeración sensitiva que ambienta la plática de los dos amigos.

—¿Dónde tienes los vasos? No los veo.

—Tráetelos de allá del archivero de la esquina, por donde están las cosas del aseo, por allí te traes un cenicero.

—Ajá, no quieres también tu chupirul, oyes, ahorita que me acuerdo, la próxima semana te entrego los libros que me llevé, el de Bachelard y el otro de “Mi lucha” de ya sabes quién.

—Sí, tráelos cuando los acabes. Tú sí eres de confianza, porque los demás cab… ya no les presto nada hasta que me regresen los que se llevaron.

—¿Me sirves o yo mismo me castigo?

—Sírvete, hombre. El copetín es chiquito, nomás para estar un rato a gusto. Sabes que me gustaría un día tener el espíritu de incendiario, pero también uno que no está encadenado a ningún lado. Es una experiencia muy diferente la que te toca. Si quieres una experiencia con adrenalina en su máxima expresión, eso es lo que más te falta.

—¿Sí?

—Sí, pero una experiencia con fuerza, como la que hace arder las casas. ¿Tú te imaginas?

—Claro, pero yo también tengo mi experiencia ardiente con una chica.

—¿Cómo la has tenido?

—Así… ya te he contado, por ejemplo, el día que me tomé tres cervezas con la chica del lugar.

—¿Cómo?

—Sí, las cosas no son nada complejas. Solo tienes que darte la oportunidad.

—Oye, ¿tú cómo ves las oportunidades de negocios en el futuro?

—No, no lo sé. Lo veo muy incierto. Es más, el día de mañana lo voy a leer bien. Ya es tarde.

—Sí, es verdad. Ahora sí mejor nos vamos a descansar y en la mañana le damos.

—Perfecto.

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