Edgar Sánchez Quintana

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El auto circulaba por el camino terregoso después de pasar por el pueblo. El compadre había comentado sobre los robos que estaban sucediendo en esa localidad.

—Sí, compadre —contestó el conductor—, por esta zona dicen que se está poniendo feo. Inclusive ya me advirtieron que no ande de noche porque ha habido muchos asaltos. La otra vez asaltaron al camión repartidor de gas, dicen que se llevaron como diez mil pesos, y a los repartidores de refrescos también les han dado su susto.

—Pues, ¿que no esos carros tienen caja de seguridad?

—Sí, pero, aunque la traigan, los choferes a veces cargan el dinero en las bolsas del pantalón y no miden las consecuencias.

—¿Supiste del asalto a la tienda del ISSSTE?

—No, cuéntame… ¿cómo fue?

—Fue la semana pasada, cuando habían pagado el aguinaldo. Los ladrones pensaron que había bastante dinero en la tienda. Fue a mediodía, pero les fue mal porque acababa de pasar el camión de la “Panamericana” y se había llevado a resguardo el dinero que había en las cajas. Cuando llegaron los ladrones, solo se llevaron cinco mil pesos.

—Tanto arriesgue para nada. No sabía de eso, lo que pasa es que por el trabajo ya no escucho las noticias.

—¿Por qué te tardaste tanto en la tienda? —dijo el acompañante mientras observaba por la ventana del carro las tierras de labor y, a lo lejos, la silueta de la Malinche—. Casi me estaba durmiendo aquí en el carro y tú no aparecías.

—Es que la viejita de la tienda me contó una historia de este pueblo, que dicen que hasta salió en las noticias de “24 Horas”.

—¿De qué se trata? Cuéntame.

—Me dijo la señora que hace como un mes se corrió el rumor en el pueblo de que, a un señor, cuando trabajaba en el campo, se le apareció una serpiente con cara de mujer. Era tan hermosa que el hombre no pudo resistir el deseo de besarla. Cuando se acercó a ella y la quiso besar, la serpiente con cara de mujer lo mordió y huyó al jagüey, el que está en la falda de la Malinche. Dicen que por esos días había llovido mucho y el jagüey estaba bien lleno. Y como había corrido la noticia por la televisión, vino mucha gente a constatar el hecho y a ver lo que por aquí sucedía.

Otra versión es que se le apareció al señor, que era muy buena persona, y nunca había hecho mal a nadie. Era muy servicial y cuando le pedían un favor, él con mucho gusto lo hacía. Este señor, cuando fue a trabajar al campo, escuchó una voz melodiosa y dulce entre los matorrales. Escuchó que le decía:

—Ayúdame, por favor. Estoy perdida, soy la hija de la Malinche. Por jugar mucho y no obedecer a mi madre, me perdí y ahora no puedo regresar. Ella ha de estar muy preocupada. Llévame y ella te recompensará.

—Pero tengo que cumplir con mis deberes —decía el hombre— y atender a mis animales.

—Por favor, mi madre te recompensará —decía esto mientras su cara se asomaba por entre los arbustos, dejando al hombre fascinado.

—Está bien, te llevaré.

—Y el hombre llevó a la serpiente con cara de mujer hasta la Malinche, su madre. Y la Malinche lo premió con una bolsa llena de oro. Dicen que ese hombre ahora es muy rico.

—Hay otra versión, ¿quieres oírla?

—Sí, claro, ¿cuál es?

—Bueno, la otra versión dice que sí es cierto lo de la serpiente, pero que la trajeron de otro país para exterminar las ratas de una fábrica. Dicen que en esa fábrica había muchas ratas, una plaga. También dicen que no era una serpiente, sino que eran dos. Habían puesto un cerco para que no escaparan las serpientes de la instalación, pero de todas formas se escaparon. A una serpiente sí la lograron matar, pero la otra anda por la falda de la Malinche. Dicen que un muchacho la vio cuando se había ido de pinta y no había entrado a clases en la escuela. La serpiente lo castigó dejándolo mudo, porque al verla fue tal su impresión que ya no pudo hablar. Según las señas del muchacho, era grande, del diámetro de un tubo de drenaje, y enroscada daba como uno cincuenta de altura.

—Pero eso son más que cuentos, ¿no crees?

—Pues puede ser, pero lo que sí lograron es que la gente venga al pueblo. Me dijo la viejita que los de las tiendas del pueblo se beneficiaron porque no falta quien quiera comprar un refresco, una botana, o chicles.

—A ver qué otra cosa inventa para que la gente se dé cuenta de que existe este pueblo —dijo el acompañante mientras veía la polvareda que levantaba el carro a sus espaldas—. Párate por allí, compadre, que voy a orinar.

El carro se detuvo a orillas del camino de terracería. El conductor encendió un cigarrillo mientras su acompañante se dirigía a los magueyes. Mientras bajaba la bragueta, escuchó un chasquido de eses repetidas. Se asomó entre las hojas del maguey y vio que una serpiente se dirigía al carro con gran rapidez. Terminó y corrió al carro con prisa, asustado por lo que pudiera pasar. El conductor vio a su compadre que corría hacia el carro.

—¡Compadre, compadre, la serpiente! ¡La serpiente con cara de mujer! ¡Pélale, compadre, pélale!

Subió al coche y el compadre arrancó mientras observaba por el espejo retrovisor una cara de mujer, muy hermosa. El cuerpo se encontraba en el capote trasero, encima de la cajuela. Después de recorrer un gran tramo con aquello de pasajero y tratar de tirarla para huir del peligro, entraron a la carretera “Vía Corta Puebla-Tlaxcala”. Con un rechinido de llantas y un giro brusco, hicieron que el inoportuno pasajero cayera en la carretera y fuera aplastado por una docena de llantas de un tráiler con prisa. Después de veinte minutos solo quedaba una salea de nada, pegada al asfalto. El sol contribuiría a borrar cualquier rastro. De la serpiente con cara de mujer hermosa solo quedaba la historia.

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