Edgar Sánchez Quintana

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No entiendo por qué no puedo. Los veo a ellos, la maestra sentada frente a mí. Se ha formado un círculo ante la figura de la Maestra Beatriz Espejo. Soy uno de los tres que están en el taller de narrativa. Mi cabeza está en otro lugar, en no sé dónde.

Recuerdo cuando estuviste conmigo esa tarde. Un sábado como hoy, y te regalé un estuche de madera, con objetos inconcebibles en su interior, cosas que en ese momento simbolizaban nuestra interconexión íntima, dual. Te dije que no lo abrieras hasta después, cuando estuvieras descansando en tu recámara. Entonces lo guardarías en algún lugar donde no lo encontrara tu hermana menor, donde solo tú pudieras encontrarlo y sacar esas cartas especiales, esas fotografías donde estábamos los dos abrazados en un autobús de pasajeros, con la sonrisa plena y el corazón lleno, repleto, sublime. Ese sábado como hoy, en la sala, inventaba excusas para que mis manos rozaran tu cuerpo y descubrir las rodillas altamente sensibles. Bastaba con poner tres dedos sobre tus medias y moverlos con una pericia innata para hacerte temblar, como si activara una máquina sexual, preparatoria. En la estancia, tu cuerpo siempre bronceado combinaba con la sensualidad que sentía al ver tu cabello, esa gran mata felina moviéndose con el coqueteo de tu cuello y hombros naturales, perfectos. Entonces volvía a tocar las medias con los dedos, como si fueran a abrir una cerradura peligrosa, o un sitio reservado. Movías los muslos hacia un lugar menos riesgoso. Mientras platicábamos, tus zapatillas jugueteaban, saltando entre la punta y el tacón, entre la izquierda y la derecha, con el roce casual y azaroso de los zapatos.

Me dijiste que podíamos ir al centro comercial «Las Ánimas», pero antes tenías que bañarte. Entonces ofrecí mis servicios como buen mozo. Quería bañarte la espalda, poner jabón sobre ella y sentir la espuma, la epidermis húmeda, la curvatura lisa de tu cuerpo. Ver tus ojos grandes, expectantes, mirándome, con el cabello lacio, pegado, su volumen disminuido por el líquido, y el rocío jugoso en tu cutis sereno. Pasaste por el pasillo con una toalla larga sujetada a la espalda. Te vi desde el sillón de la sala. Los zapatos mojados por la regadera me recordaron la excitación que producías. Te acercaste a mí cargando un cepillo y la secadora de cabello. La enchufaste a la pared y, como no alcanzaba el cordón, te sentaste en mis piernas. Entonces dirigí la pistola de aire hacia tu mata de cabello. La tentación de quitar esa toalla aumentaba. Bastaba con levantar una esquina para desvanecer el supuesto nudo y tener esa espalda muy cerca de mis labios. Tus ojos grandes, expectantes, miraban a otro lado, a otro mundo. Era yo quien estaba ensimismado en ese cosmos que eras tú, el mundo de tu cuerpo, el universo de tu corporeidad. Poco a poco, tu cabello fue tomando vuelo, flotando; pronto, tu cuello se descubrió y sentí el deseo impetuoso de morder esa zona.

Dentro del centro comercial «Las Ánimas» nos sentamos en una banca, muy cerca de las escaleras eléctricas, frente a la tienda «Ripley». Dejé explotar la pasión con furia, como si mis manos y labios no tuvieran otra misión que hacerte sentir la voluptuosidad más salvaje de besos y caricias. El carmesí de tus labios lo saboreé con paciencia y perseverancia. Así como esa bebida embriagante con sabor a durazno que te forcé a probar desde mi boca. Esa aventura me dijo que tú nunca me olvidarías. Ese día sábado, como hoy, cuando veíamos los aparadores, los objetos —pulseras, relojes, vestidos, novedades, anteojos, jeans, tapetes, artículos suntuosos, lapiceros, estéreos, discos compactos— todo nos acercaba mientras saboreábamos en la cafetería un delicioso café americano. La charla era igual de placentera, porque sentía que esa boca al hablar era como una fiesta de símbolos e imágenes que llegaban del presente, cuando te observaba con tus ojos altamente expresivos, oliendo el perfume dulce combinado con tu esencia natural, y el aroma del champú que liberabas al pasar la mano por tu cabello para acomodarlo. Recordaba el pasado, las veces en que, escapándonos por las noches después de tu trabajo, nos acomodábamos en el carro, a orillas de un parque sereno y romántico, para acariciarnos y amarnos lo más posible. Tus cabellos me hacían cosquillas en la nariz y tu cuerpo ardía en un chasquido de pasiones selváticas, complejas. Sentía tus pechos rozando mi corbata y tus manos surcando las entradas de mi frente. Los cristales empezaban a empañarse mientras la penumbra permanecía silenciosa, como guardando las apariencias, como si fuera un testigo muerto, bien muerto. Te exploraba íntegramente. No eran tres dedos, sino los diez, más mi boca, reconociendo todo terreno. Besuqueaba tu nariz, tus ojos. Te pedía que me regalaras tu ombligo, y tú, generosa, lo ofrecías para un beso. Los roces del alma se daban en la boca, la exploraba, cada diente, nuestras lenguas bailando. Respirábamos unidos. Tocando la conciencia, el calor recóndito. Apretando el labio inferior, oprimiendo el superior, sorbiendo ambos ¡presionando la mandíbula de manera salvaje! Soplaba mi alma en la tuya para tratar de quedarme en ella, durmiéndome en un besuqueo permanente, inmortal. Eran las comisuras tipo pétalo, la suavidad que se quedaba pegada, el sabor del carmín, la combinación con el afeite producía el éxtasis. Era el suspenso en hilos de caricias de un mundo tan grande que no cabría en un carro, pero que, sin embargo, no necesitaba más que eso. Las rodillas habían sido superadas por una excitación mayor en el cuello y las orejas. Era la aventura plena al interior de tu boca. Cuando la serenidad volvía a los atormentados amortiguadores, y los movimientos del cuerpo buscaban la historia, o bien, otras posiciones, soñábamos juntos. Era la casa grande con varias recámaras. Los paseos al interior del país. Me servirías el café mientras yo escribía y fabricaba un mundo donde el rostro imaginario en los textos fueras tú. La cara de niña decente quedaría estampada una y otra vez, y mientras yo hacía eso, tú estarías lista para disfrutar de la cama, poniéndonos horizontales y encimados. Desplegando las ramas de la respiración exhausta. En el sueño dentro del sueño, estaría la playa, la isla y tú. La isla y tu seguro servidor, con los ojos fijados en las gaviotas, en algo de paisaje, en un pedazo de mar coqueto, muy coqueto. Esa realidad pasaría lenta como si fuera una golosina que quisiéramos que nunca se acabara, o como un libro que es imposible dejar a un lado y que se quisiera terminar ya por lo interesante, deseando que tuviera infinitas páginas. Esa aventura me dijo que tú nunca me olvidarías.

Mi cabeza sigue en no sé dónde. La maestra habla de los cuentistas, y yo pensando en otras cosas. En ocasiones parezco idiota, cuando leemos un cuento, mis compañeros dan apreciaciones críticas y aportaciones interesantes, y yo me quedo como sonámbulo, solo observando, ido. Efrén sí conoce a muchos cuentistas y sabe identificar las características de cada uno. Y ni hablar de Yassir, él, como profesionista, sabe dar un análisis acertado del cuento, identificar la estructura, las obras del autor, y hacer una localización tanto del cuento como del autor. Pero yo… A duras penas sé leer y escribir, me gusta la literatura, pero eso no significa que conozca tanto como otros. Cuando la maestra Beatriz me pregunta: —¿Qué te pareció el cuento? — Yo le digo: —Me gusta, está bueno—, y muy dentro de mí, me estoy maldiciendo por la incapacidad de desarrollar un discurso en torno a la lectura. Por ejemplo, ahora mismo la maestra me acaba de preguntar, y yo le respondí con algo trivial, por estar pensando en otra cosa. No sé qué me pasa, desde que terminé con ella me siento desorbitado.

Fue un día de fiesta cuando comenzó el fin de nuestra relación. Tu padre, como siempre, con el alcohol en la cabeza, diciendo y haciendo comentarios inoportunos. El machismo encarnado: tu padre, el autoritario en persona. ¿Por qué tenía que rezarle obligatoriamente a un Dios suyo que no comprendo? Porque es un cristianismo equivocado que vive pidiendo perdón después de haber soltado las injurias, los disgustos, las peleas, los chismes, los prejuicios, la mentira, la traición, las maldiciones. El tipo que más odio en el mundo tenía una Biblia en sus manos. Esa noche me puse a cuestionarte. Y tú, con el corazón en la garganta, me preguntabas si no te quería, si ya no estaba a gusto contigo. Con lágrimas en los ojos me decías que ese era tu padre, y que él me había aceptado, y que debíamos entenderlo porque ya estaba viejo. Te veía y no encontraba una respuesta concreta. Tu cuerpo se desmoronaba por mis dudas. Yo no había pensado en el matrimonio, en tener hijos, pero esa situación me estaba deshaciendo por completo. La gran mata de cabello ya no estaba en mis ojos. No lograba tocarte ni tus rodillas ni tu ombligo. En cambio, tu rostro era una gran lágrima que se desbordaba. —No te pongas así, le dije—. Traté de secar tu dolor, de abrazarte. Tus temores no ayudaban mucho. Mis nervios estaban en un momento culminante, al borde del colapso. Tu cuerpo trémulo me producía más angustia. Finalmente, te quedaste dormida en mis brazos, tratando de sujetarte a mí. Temías que yo te dejara, te desecharía por completo. Los reproches de tu padre eran tuyos también. Estabas muy atada a él y a tus creencias, y querías obligarme a seguir ese camino. Yo no había hecho otra cosa que alabarte. Te puse en lo más alto de mi existencia. Con los ojos llorosos y cerrados, la gran mata en mi regazo, mi cabellera se esponjaba con el viento suave de la madrugada. Yo también sentía que había perdido algo. Que todo iba a terminar. No era yo, eras tú quien había dejado de ser el centro de mis emociones. Una súbita voz irracional me dictaba terminar contigo. Ahora pienso en todo lo que te he dicho, y me duele, me duele tanto que, sin darme cuenta, las lágrimas caen sobre la hoja de papel. Las gotas tocan la palabra «fin». No sé cómo sucedió, pero de la misma forma en que comenzó, se cerró el ciclo de nuestra historia.

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