Edgar Sánchez Quintana

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Las nubes debutantes de la tarde oscurecen los riscos de la escarpada del valle de «Casas Grandes». En los cúmulos oscuros y vaporosos, los colores enamorados de centellas plateadas e indomesticables visten al humo de la casa con destellos, mientras el viento azaroso acumula vaivenes que se pierden en el cielo. En lontananza, lejos de los riscos, por donde el río serpentea, se aproxima a pasos de Goliat la oscuridad de una noche presurosa, ansiosa por devorar todo en su negrura. El color chocolate del río se intensifica por las caídas de las medianas cascadas al entrar al valle y por los chubascos de los días anteriores. Su oxigenación se enriquece aún más al chocar con las rocas y lajas, cortantes, duras y filosas. La maleza de la ribera varía desde los abrojos grisáceos por hongos imperceptibles, zarzas punzantes y jarillas sarnosas de plaga. El pasto que llega hasta la casa, tan verde que huele a menta, está cubierto de hojas en descomposición, formando un compost ya fermentado, listo para nutrir las raíces. Los cimientos pétreos de la casa sobresalen y miran por encima del pasto, y en ese nivel hay dos ventanas que exhalan aires rancios del sótano, un olor mefistofélico que presagia horrores en las sombras de esos muros.

La habitación está cubierta por amplias cortinas que llegan hasta el suelo de mármol. El lugar parece tener una decoración minimalista; el vacío y la soledad en los muros reinan como si fueran parte esencial de la casa. El ahuecamiento del espacio parece devorar toda entidad con sentido propio; los distintos aposentos carecen de identidad privativa, conformando una sola homogeneidad, como si fueran extremidades de una estructura ósea. Como si se tratara de una caja hermética viva o la corporeidad de un engendro maligno convertido en casa. La organicidad se manifiesta en la respiración que fluye entre las cortinas, en el humo que sisea por la chimenea y se pierde en el cielo, y en el aire rancio que se filtra por las ventanas del sótano, al nivel de los cimientos ligeramente expuestos. Se percibe en el ambiente una mirada introspectiva, dirigida no hacia el horizonte oscurecido ni hacia los riscos escarpados del valle, sino hacia su interior, como si la casa fuera un individuo autista, atrapado en su propia mente. En este sentido, nacen figuraciones de un ente que se devora a sí mismo, que permanece ensimismado en su configuración psíquica afectada, solazándose en comprimir todo lo que hay en su interior, como un agujero negro galáctico que absorbe todo ser sin distinción. Es comparable a un asesino que estrangula sin matar, complaciéndose en ello mientras su compenetración se enriquece en voluntad. Dentro de este mundo, un personaje inmóvil hurga en sus recuerdos desde su calvario.

Es un personaje flaco, su nariz moribunda y aguileña apunta al suelo, y en sus ojos borbotea el último destello de vida. Sentado en una silla de ruedas, inmovilizado por una parálisis total debido a una embolia, parece un tronco tumbado, un engendro de la naturaleza, un organismo mal formado que yace quieto y vegetativo en el centro de la habitación. En el techo zumban las moscas, atraídas por el olor de la putrefacción, algunas ya han puesto sus huevas en el cable de la luz del foco, envueltas en secreciones gástricas.

El hombre cae en las larvas del recuerdo. Su vil sinceridad se codeaba con la política y la frondosidad sofista de viejos tiempos. Encendía la luz de la añoranza y sentía que la vida volvía a mirarlo y sonreírle. Se imaginaba que aún podía hacer que las grietas se movieran a su paso, que aún podía obligar a los desposeídos a hacer cosas inhumanas y deshonrosas, que podía arengar cualquier cosa a su conveniencia y manipular las tertulias de la clase pudiente. Era un hombre que podía torcer el pescuezo de la elocuencia a su antojo, satisfaciendo así sus instintos más salvajes y despreciando a las clases bajas, al «lumpen». En el gueto de literatos fracasados, recitaba su poesía lánguida y decadente. Recordaba el juicio en el que arrebató despiadadamente la propiedad en la que vivía, pero con qué lentitud deletreaba su existencia hasta convertirse en lo que era: un ser injertado en una morada pesada y de ambiente autoritario, un personaje caricaturesco, seco y estéril, circuncidado de la sociedad, apartado de toda humanidad, lenguaje y convivencia. Solo le hacían compañía los muros planos y tenuemente cuarteados. La casa lo apretujaba entre sus paredes, y en los pasillos largos sentía que se encontraría con un espacio estrecho, de apenas cincuenta centímetros de ancho y ochenta de altura. Sentía que el techo se estrechaba hasta rozarlo con los cabellos, succionándole las entrañas, tratando de introducirse en su esencia. Su contenida presencia era disminuida por los movimientos de los muros, que se atraían hasta fusionarse en una sola, obesa e inflada tapia. El ahogamiento y la desesperación de sentirse prisionero lo convertían en una criatura oprimida, castigada por una estructura ósea famélica que se adhería a su piel ajada y tumefacta. Las cortinas parecían algodones secos como polvorones que se introducían en la garganta y absorbían toda saliva, toda humedad bucal. Los ojos se entreabrían para inhalar más aire, pero solo conseguían que las venas de las sienes se hincharan de sangre, mientras en las pupilas crecían imperceptibles hebras de plasma. El individuo seguramente tenía en la punta de la lengua un «¡ay!», pero no podía pronunciarlo. Su lengua, torpemente quieta y pastosa, era como una masa de barro atrapada en una cueva entre dentadura maltrecha y unos labios que parecían más una llaga asomándose al mundo. Su reclusión no tenía escapatoria; sabía que no tardaría en llegar el momento en que los muros se transformarían en un sarcófago incrustado en el valle de «Casas Grandes». La estrechez de la vivienda se volvía cada vez más densa, el sofoco llegaba como un orgasmo que hacía contraer las grasas del cuerpo, los vellos se erizaban y por ellos penetraba un frío gélido que alcanzaba las capas más profundas de la piel. Su rostro, con una barba crespa, mostraba arrugas que se entrelazaban como si disputaran ese territorio. El cuello exhibía una mezcla de arrugas, papada y grasa. Su esperanza de salvación se había desvanecido hace mucho tiempo, era un eco opaco, desaparecido y anestesiado del espíritu optimista. Su mirada se dirigía al techo, hacia el foco, una esfera de vidrio por donde se arrastraban, dejando un rastro baboso, las larvas de mosca listas para caer en su cuerpo melifluamente enrarecido y fétido. Las larvas caían en su boca, donde se anidaban; otras caían en sus ojos y se deslizaban como lágrimas lechosas hasta el oído. A través de la oreja escapaban traviesas larvas del cerebro, ya podrido, devorando poco a poco una vida que se resistía a desaparecer. El ser sepulto y corrompido oscurecía las estancias que parecían apretarlo más, como si quisieran exprimir sus jugos más consubstanciales.

Las cortinas dejaban entrar un resuello que venía de chocar con los filosos riscos de la escarpada del valle. Bajo el piso, gusanos gordos y bien alimentados se escurrían hasta el oscuro sótano, donde se enterraban en la arcilla polvorienta. Las ventanas no dejaban pasar ningún rayo de luz; tanto afuera como en el sótano reinaba una oscuridad luciferina y aterradora.

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