Ocurrió en la noche, cuando calculabas que dormir te traería buenos y reconfortantes sueños. Considerabas que almohada y cobijas eran suficientes para transportarte a mundos oníricos placenteros. Pensaste que Dios no te quería y quisiste pasar desapercibido por la vida, pero no te diste cuenta cuando el omnipotente observaba de reojo las hazañas que pretendías. Tu cuerpo se resguardaba, tirabas de él para agrandarlo con gimnasias. Las babas de ella habían dejado caminos por todo el cuerpo. Se atemperaban las insistencias de los movimientos desesperantes, pero considerabas que ya todo estaba predestinado, que la babosa había trabajado eficientemente hasta dejarte blanco, casi transparente.
Las paredes amarillas de la habitación fraguaban gotas lechosas y escurridas en la decoración moderna y muy a tono. La otra pared, rosada, marcaba en los clavos puestos como un horóscopo en el cielo estrellado, pero no sabías cuál sería esa constelación. La centena de libros, los más insumisos, aquellos que tercamente querían apostarse en la vida, como los obligados, los esenciales, los distintos en cada relectura, se aguardaban hasta el fin de los días o hasta que su relectura ya no fuera tan necesaria para construir la existencia. El par de repisas sobre el escritorio era su soporte, en donde vivían Carmela y Donaciana: el par de polillas ambarinas. Los libros eran lo más coloreado; lo demás figuraba triste y opaco, como la puerta, los espejos, la ventana, la chimenea, el escritorio.
La puerta de nogal miraba al oeste. Los vientos que entraban por ella eran reconfortantes por su posición. Las chambranas a su alrededor la hacían verse regia y sólida, mientras que la moldura interior achicaba los huecos y llenaba las dimensiones. Sus cuatro bisagras, sin aceite, pero con gusto, hacían el trabajo de mover el objeto separador. Y la chapa dorada montaba un pezón como seguro. En el dintel se hallaba una herradura con un listón rojo. En ocasiones, te habías puesto a pensar sobre los sitios que habría pisado ese zapato caballar, las travesías aventureras; casi te imaginabas como los argonautas tras el vellocino de oro. Su herrumbre proliferaba por todo su contorno y su delgadez, casi vidriada, se adosaba al muro alto de la puerta, como un talismán. Era el amuleto que por años había guardado las distancias de los anatemas malignos, los entes maledicentes, los espíritus chocarreros y diabólicos. Y había dejado entrar por su celaje bendito y eclesiástico, las auras sanas y bienaventuradas. El tapete pelirrojo se aplebeyaba al recibir las visitas, postrado a la entrada. El sudoroso polvo se acumulaba hasta formar minúsculos montículos de granos en la base, su tejido lamía las suelas de los distintos calzados visitantes.
El espejo a un lado de la puerta se postraba como aterciopelado en sus reflejos. Hortensia, la mosca, había ido a dejar motas negras sobre el vidrio. Había una especie de caparazón que impedía reflejar fielmente cualquier cosa. Dicho caparazón camuflaba a veces la belleza y a veces la fealdad, pero por lo regular ponía algo de su cosecha cuando el cuarto 2 se atenuaba. El muy insolente trataba de hacer reflejos con el mínimo de luz por sus entrañas. De otro carácter era el espejo colgado en la pared sureña, por él, la ventana hacía reverberar los juguetones brillos de las gotas del rocío de la hierba del patio, con cuánta felicidad se dejaban reproducir por el cristal afable.
La ventana avejentada parecía haber nacido en el siglo pasado. Cada pieza de ella, con los años, se había encorvado; hasta la misma claridad de los vidrios se doblegaba hacia lo deslustrado y lagañoso. Los ángulos habían sumado grados y la pasta que los detenía desprendía unos pellejos de pintura lastimosos, craquelados. La simetría la había perdido al principio de su madurez, como si hubiera sido su virginidad celosamente cuidada. Te preocupabas de que los atufados vidrios en épocas de invierno no consiguieran el total vaho del cuarto 2, pero no había manera de impedir tal cosa, porque Andrés y Cristina, el par de arañas patonas, repelarían al mínimo toque en sus telas de araña.
La chimenea era un mueble inservible, útil solo por su color, que al cuarto 2 lo colocaba como de arquitectura campestre, bucólica; sin embargo, el tizne más joven se había asentado en la década pasada. Era el hogar de Palmiro, el escarabajo embalsamador. Los ladrillos rojizos contrastaban con su juntura blanca y pulida, y su boca en “o” dejaba ver el color satánico del mal. Sobre ella, en la esquina sudeste, se avecindaba el pequeño hormiguero de los Cilenes: tropa de pulcritud en su organización. La fila india diaria comenzaba a las 7:45 y terminaba a las 6:13; las más tardadas, de castigo, les tocaba hacer guardia como un tapón en la entrada anal.
El escritorio, barboteando su pereza, se aplazaba en sus cuatro patas verdosas. Su planicie amplia guardaba el nivel justo. Sobre él, una lámpara estrellaba su luz sobre el cristal, encimadera silícica que atemperaba la aclimatación pasional de los escritos. Bajo él, los hermanos Rodríguez dormían la siesta; eran el par de mosquitos que recientemente habían cenado.
La noche correteó las luces de la tarde a golpes de negrura y fue aclimatándose hasta hacerse de roca. La roca musical cantó con gravas efervescentes y un filón lechoso abona el queso lunar. Los rayos atraviesan la ventana y van a rebotar en la colcha ondulante. Por allí ha pasado la babosa, reconociendo el campo, midiendo su odisea. Tu cuerpo se resguardaba, buscando destinos distintos, imaginando situaciones disímiles, inalcanzables; los sueños reconfortaban del quehacer cotidiano. Los giros entre las cobijas eran una gimnasia nocturna que tu cuerpo fabricaba, pero los trazos rectilíneos y entretejidos iban chupando las elasticidades corpóreas. Los hermanos Rodríguez seguían con la panza inflada, llena de savia plasmática; ningún desasosiego los importunaba. Los Cilenes debían recuperar fuerzas para que la tropa marchara sin descanso al día siguiente, mientras la castigada hormiga se entumecía con medio cuerpo al aire. Hortensia roncaba con sus alas al norte del cuarto 2, y el par de polillas, Carmela y Donaciana, seguían sin importarles roer a medianoche y hacer surcos sinuosos en la madera. Andrés y Cristina habían despertado a buena hora y andaban probando su temple y resistencia en sus hilos de araña fabricados con esmero. Desde lo alto de la ventana podían observar cómo laboraba la babosa, pues los rayos de luz se accidentaban sobre el acolchado tálamo. Los caminos de la babosa iban formando un capullo ovoide de fosforescencias. Los senderos, cristalizándose por osificación. Los babeantes senderos, enemigos de los cristales salinos, iban produciendo la argamasa. Poco a poco, transparentaban la colcha, las almohadas ensalivadas y elásticas morían de movimientos azarosos. Palmiro entró como estaba previsto por una de las dos puntas del ovoide para embalsamar tu cuerpo, le daría la eternidad que buscabas. El escarabajo era un eficiente dador de infinito, y tenías el privilegio de estar en sus manos. Cangrejeó hasta la boca, atenaceó la lengua e inyectó sus sustancias resinosas. Solo faltaba la espera; la jungla del cuarto 2 seguía impasible, esperando el renacimiento de tu vida a otra cosa, a ser una libélula de los campos y los ríos, dueño del sol y el aire libre.
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