Edgar Sánchez Quintana

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Mi corazonada no había sido tal cuando supe que no los encontraría más que en la perrera municipal. Sin duda, pagaría una multa por los canes de enfrente. A mi madre siempre le han gustado los perros, y por supuesto que a mí también, siempre y cuando sean míos, porque los que son de la calle me inspiran desconfianza.

Cuando era niño, mi madre nos compró una perra bulldog. La perra era tierna, pero tenía una cara de miedo; debo decir que tenía arrugas sobre arrugas, sus cachetes colgaban más allá de la cara, casi hasta el cuello, y siempre descendía de su boca la gruesa baba chiclosa, con los colmillos caldosos y la lengua sudada. Era una perra sensible cuando la regañaban por comerse las flores del jardín; mi madre salía después a rogarle que la perdonara, pero que no volviera a hacer esas cosas, de lo contrario, la muy digna cachorra o no comía, o bien, no volvía a mirarle a los ojos y a ponerse contenta… La perra de ninguna manera movía la cola para demostrar sus sentimientos porque no la tenía; se la habían operado cuando era cachorra, lo mismo que las orejas —aunque una le quedó gacha— tenía su porte de perro maldito, el pavor que despertaba en los visitantes de la casa: hasta el escalofrío y el sobresalto. Se llamaba “Chirca”, en realidad no sé de dónde salió el nombre; fue bautizada por mi hermana Trinidad. Recuerdo que le hicimos un pastel con galletas Marías y budín de chocolate; el pastel nos lo comimos nosotros, y a la “Chirca” de bautizo le tocó una jarra de agua helada. Pienso que desde entonces le dio reuma y un poco de sarna en el lomo. La “Chirca” era una perra juguetona. El amplio patio era su sitio de recreo, su casa, su espacio; aún no tenía piso de cemento, por lo que los agujeros rasgados por la perra resultaban muy comunes; eran microcráteres cuyo aerolito enterrado venía siendo un hueso o una torta dura. Mi madre se molestaba por los dichosos cráteres que dejaba la perra, y aún más si estos se acercaban a los rosales, casi sagrados, intocables, eran el tercer amor de su vida. Siempre estaba mi padre después de sus hijos y luego los rosales, en ese orden. Éramos mi hermana Trinidad y yo los responsables del cuidado del jardín y de la “Chirca”; ella de la perra y yo del jardín. Recuerdo que, para poder cuidar el jardín de mi madre, había ideado una especie de alarma para proteger los rosales. Pero antes de narrar cómo era este artilugio, debo señalar cómo estaba el patio. Pues bien, el patio corría a un costado de la casa de dos pisos y terminaba en la parte posterior del hogar. En realidad, eran dos patios: el patio de costado y el traspatio, donde se encontraban los tendederos y el lavadero. En el traspatio siempre había todo tipo de objetos, arrinconados en las diferentes regiones limitantes. En el patio de costado se encontraba el jardín y al final de él estaba el portón de la calle. El jardín estaba conformado no solo por rosales, sino también por plantas de ornato como “el huele de noche”, “las margaritas”, “la pasionaria” y un árbol de higo, entre otras plantas de suelo. De suerte, se encontraba hasta la “hierba buena”, “la ruda” y “el epazote”; la manzanilla nacía por donde fuera como si fuera maleza. El árbol de higo se encontraba en un sitio aparte, donde crecía libremente, y a donde recurríamos para arrancarle sus frutos suficientemente jugosos. Por cierto, recuerdo el día en que me trepé al higo y, por traer zapatos de piso, me accidenté con una saliente del tronco; aún tengo la cicatriz en el tórax.

Mi madre había colocado provisionalmente una cerca para impedir que la “Chirca” hiciera sus gracias dentro del jardín, pero la perra siempre buscaba entrar. De cualquier manera, traspasaba para juguetear con las flores y masticarlas. Había ideado en mi mente una especie de cerca eléctrica que funcionaría con un acumulador y unos alambres, pero la idea no era tan buena; la batería no funcionaba. También pensé en electrificarla, pero eso era demasiado peligroso. Pensé en impregnar las flores con chile y otras sustancias amargas, pero, aunque ya no le gustaran las flores, seguiría haciendo agujeros en el jardín. Otro de los impedimentos es que no tenía el dinero suficiente, así que coloqué varios alambres sensibles alrededor de tal manera que protegieran toda la zona y estos alambres terminaban en una alarma ruidosa compuesta por botes y canicas; al sonar la alarma, trozaría el hilo donde se sujetaba la alarma y esta caería a una bolsa de aire que haría chiflar la flauta atada en los extremos de salida de la bolsa. En fin, al día siguiente amanecí desvelado porque toda la noche había hecho aire y los botes sonaron sin parar. En cuanto a la bolsa de aire, la “Chirca” la había masticado y había echado a perder la flauta que mi hermana ocupaba en la clase de música en la escuela secundaria. Mi padre hizo una cerca alta para proteger el jardín y se terminaron los problemas.

A mi madre siempre le han gustado los perros. Se entristeció mucho al despedirse de la “Chirca”. La llevaría a la casa de mi tío Jorge para que cuidara su casa porque a sus perros los habían envenenado. Seguramente porque querían entrar a robar a su casa y como su casa no es segura. De vez en cuando veo, cuando visito a mi tío. La perra trata de mover la cola, pero no puede porque no la tiene; la operaron cuando era cachorro. No quedamos sin perra. La casa era segura porque existían los canes de enfrente, los perros de la vecina.

El vecindario era de clase media, estaba alejado por aproximadamente media docena de cuadras del centro de la ciudad. Siempre teníamos problemas con el agua y algunas calles no estaban aún pavimentadas. Los pandilleros “los Tizas” tenían a resguardo las noches, de los transeúntes extraños y tal vez alguno de la banda de “la Bondojo”, enemigos incansables de “los Tizas”. La calle donde se ubicaba la casa parecía que daba hasta las faldas de la montaña La Malinche, pero no; esa era su dirección. La calle terminaba al tope con la carpintería “El Roble”; los dueños le habían vendido a mi papá los palos para la cerca del jardín. Son unos güeros, me han dicho que son de Chihuahua. A mí me caen gordos esos tipos porque se creen más que los demás.

En la calle, eran un problema los perros de enfrente, es decir, los canes del vecino. Sus características: indómitos y violentos. Eran bestias guardianas de la casa de enfrente, tomaban en serio su papel; ellos cuidaban de más el acercamiento de personas por la calle. Eran tres chuchos escandalizando las veinticuatro horas. Dos eran grandes; uno con pinta de galgo y otro con cabeza de mastín y cuerpo de perro policía; el otro era uno de esos lanudos miniaturizados. Este último era el vocinglero y alborotador de los otros dos. La vecina dueña de los perros, en su totalidad era una mujer fea y escandalosa; supongo que en su juventud tuvo algo de aquello que se llama belleza, pero después no más. Se pintaba el cabello de negro para que no se vieran las canas —que supongo yo eran aproximadamente el cincuenta por ciento de la totalidad del cabello— vivía sola con sus animales, porque no solo tenía perros sino también gatos y tal vez —nunca entré a su casa— algunos pájaros. Era una mujer anclada en la época de finales de los sesenta. Su carácter era inusual porque con los animales tendía a ser platicadora y enojona, pero con las personas prefería la cerrazón y la introversión. Algo sucia. Desde la ventana de la cocina vaciaba los desperdicios al patio; la tierra permanecía sucia, lambida, grasienta, aparte de la suciedad que dejaban los perros. La vecina, cuando salía a comprar a la tienda de la esquina, los perros la seguían con una algarabía tal que el escándalo se escuchaba a cincuenta metros a la redonda. Además, no faltaba el día en que las perras de otros sitios se ponían en celo y los perros domiciliados en frente invitaban a aullar y gruñir a la jauría durante toda la temporada.

Las corretizas de los perros hacia los transeúntes no se hacían esperar; durante el día ocurrían aproximadamente cada tres horas. Mi madre había intentado reclamarle a la vecina por la seguridad de los perros, pero nunca hubo una respuesta satisfactoria. Estaba cansada, la vecina le dijo a mi madre que cuando pasara algo lo diría, mientras tanto no tenía nada que hacer y se negaba a encerrar a los perros. Mi madre ya se había cansado de reclamar y de perder el tiempo en una lucha sin ganancia. Con el paso del tiempo, se había acostumbrado al ruido constante y al ver que sus perros se refugiaban en el patio de mi casa. En la noche era casi imposible dormir, los perros ladraban como si el fin del mundo estuviera llegando; en algunas ocasiones los perros de la casa se unían a la bulla. La situación no era ideal porque a veces se sentía temblor en la ventana, y la puerta de la casa se desajustaba. Las cosas no eran cómodas, más cuando ya no hay un perro guardián.

Cuando mi madre me pidió que arreglara el problema con la vecina, a mí no me gustaba salir a hablar con los vecinos porque siempre terminaba en problemas, con una conversación sin sentido y con la vecina gritona. Estaba decidido, mi objetivo era encontrar una solución de manera rápida y que no interfiriera mucho en la vida de mi madre. Hablé con mi padre sobre las posibilidades de tratar el tema de los perros, pero él estaba muy ocupado con su trabajo y con las cosas de la casa, así que la solución tenía que salir de mí. Mi plan era sencillo, yo tenía que encontrar una solución que fuera directa y no dejara dudas. Mi plan consistía en calmar a los perros con un tranquilizante, así podría volver a dormir. La primera noche después de la solución, pude dormir a gusto, al siguiente día ya no había ruido de perros, así que la vecina no me podía reclamar por los problemas con los perros. Todo estaba bien, sin embargo, la tranquilidad duró poco porque al siguiente día un cachorro se escapó de la perrera. Mi madre se preocupó por el cachorro, mi hermana y yo lo encontramos al final del día, pero no estábamos seguros de que se pudiera recuperar. La perra ya no podía caminar ni por sí sola y estaba un poco nerviosa, el cachorro estaba en condiciones deplorables y mi madre, con lágrimas en los ojos, lloró cuando supo de la pérdida del cachorro. Así que las cosas siguieron igual, la vecina no se preocupaba por sus animales y el ruido seguía. La tranquilidad nunca duró mucho y el cachorro seguía en la perrera municipal, donde siempre habíamos terminado en busca de los perros perdidos. A veces, los perros encontrados en la perrera también terminaban con problemas de salud, y la situación no parecía cambiar nunca.

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