Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

El menesteroso, sentado en la pierna que le hormiguea, piensa que eso es un sacrificio que hay que soportar para ganarse el pan y la manteca diaria. Los trapajos vestidos lucen a tono, y su amigo y colega cabecea por el sopor de las primeras horas de la tarde. En todo el día les ha caído unas cuantas monedas de limosna; la suma es raquítica, pero continúan allí poniendo su cara de pobres y desamparados, estirando la mano tiznada, roñosa y arrugada.

—Compita, póngase a vocear, ya sabe que el que no habla, Dios no lo oye.

—Nel, carnal, ya me aplatané de que nomás nada, con la raza, de a tiro pienso como usted, cuando dice que Dios nos ha desamparado.

—No, pues, cual desamparado, si así es la vida, pues ni para qué negarla. Pero usted sígale en la voceada, ya sabe que bien dice el dicho que más discurre un hambriento que cien letrados: ¡señor, una caridad por el amor de Dios!

—A veces pienso, mano, que lo mejor es que nos jale la calaca porque está ya no es vida, nomás nos andamos mosqueando —estira la mano y pone una cara de sufrimiento con los ojos medio adormilados.

—Cuando se le va a quitar el espíritu de jodido, no compita, la gente rica tiene la obligación de darnos, pero de la situación, esta de la crisis, no hay mal que por bien no venga. Así es como pienso yo, y más tarde que nunca, veremos la fortuna o por lo menos un buen morir.

—Nel, bato, usted siempre al mal tiempo le pone buena cara. Pero yo siempre ando viendo nubarrones. —Saca una cajetilla de cigarros sin filtro, estruja el estuche y toma con los labios el carrujo. Tiene en la mano derecha una escayola roñosa y dura que le sirve para aparentar mejor su invalidez. Con los dedos asomándose en la punta del yeso, rasga un cerillo y enciende su tabaco y continúa— Hasta la abuelita de Superman ya se dio cuenta que está dura la cosa, con eso de la globalización y la liberalidad nos van a quitar el pan de la boca. Al rato van a venir colegas de otros países, se van a sentar, mire, allí a un lado y esa competencia nos va a llevar a la chin… No, pues si le digo que el gobierno quiere acabarnos a pura hambre, a lo mejor esos mendigos resultan que saben pedir mejor que uno, y como dice el pueblo: cada maestrillo tiene su librillo; puede que resulte que tienen mejor técnica, nosotros no vamos a tener otra cosa que nomás mirarlos.

—Aguas, allá vienen unas ñoras, ya cállese. No ve el dicho: oveja que bala, bocado que pierde.

— ¡Una limosna para este pobre invidente!

— ¡Señor, una caridad por el amor de Dios!

Bajo la banqueta están dos perros de los más corrientes que pueda haber, ovillados. Por su pelambre recorren ágilmente las pulgas. Las garrapatas entierran aún más sus extremidades hasta provocar rasquera en las orejas del par de desgraciados y enjutos canes. Se escucha una flatulencia.

—Compa, te estás pudriendo, deja de pedorrearte porque así espantas a la clientela.

—Es que los tacos que me tragué ayer ya estaban medio podridos y ya sabe que a buena hambre no hay pan duro y ya ve las consecuencias.

—No compa, yo no los veo, nomás los oigo y los huelo. De tanto ya hasta se me quieren ampollar las narices, no mames, ponte un corcho en el culo.

—Présteme atención, colega, y póngalo en la caña.

—Lo que le voy a poner será una empinada.

— ¡Una limosna para este pobre invidente!

— ¡Señor, una caridad por el amor de Dios!

—Ya, compa, párele, vamos allá a la parroquia, ya es la hora de la misa de las cinco. —Las pocas monedas tintinean en el bote, sonido que hace despabilar al par de perros. Como si supieran la diaria rutina de la pareja de amos, van despatarrando sus pesuñas y bostezando sus hocicos jubilosos; reinician su olfateo en los muros veteados de orines, así como por los postes degradados a mojones de marca territorial. Al levantarse, por el esfuerzo se sueltan una serie de flatulencias que hacen sólo menear la cabeza al compañero.

—Tenga, compa, le toca esta ganancia. Cómprese unos “Alka-Seltzer” para aliviar la panza o unos tacos allá con el tuerto.

—A ver. —El compañero toma las monedas, observa las águilas impresas, soba sus contornos mientras inicia el camino. El otro se retrasa, tiene la pierna acalambrada de estar mal sentado. Los perros se han adelantado y, bien contentos y felices, mueven la cola con cierto orgullo.

—Sabe que, parner, esta morralla, esta limosna es para usted. Porque yo nomás estuve cabeceando y ni voceaba. Y usted es de los que no doblan la pata y son tercos como las mulas. Además, como dice el dicho: los dineros del sacristán, cantando se vienen, cantando se van. Yo nomás voy andorreando la vida. —La iglesia se apoltrona al centro del pueblo con su par de torres con copulin y cruces de hierro forjado. Sus campanas acaban de dar el primer repiqueteo, cosa que ha hecho elevarse por el aire pañuelos blancos y aerodinámicos: las alas de las palomas juguetean con la gravedad de sus cuerpos.

— ¡Una limosna para este pobre invidente!

— ¡Señor, una caridad por el amor de Dios! —Estira la mano y al recibir la limosna de su amigo— Usted sabe que, la neta, mi bolsa y mi globalización están de a tiro en las últimas, pero esperemos que, en algunos años, ¡si Dios nos concede vida, claro!, que podamos salir de la miseria, y que en lugar de comprar “pisto” corriente se nos haga un añejo, a poco no.

—No, no siga, parner, porque se me hace agua la boca.

Al tratar de cruzar la calle, uno de los perros no logra alcanzar la banqueta próxima y es atropellado por un auto. El sonido es seco y directo, que va unido a un chillido leve salido de la vitalidad más substancial. El otro perro es el primero que se acerca al malherido can que, acostado perpendicular a la guarnición de la banqueta, respira entre jadeos y sangre que brota de los ojos, lame el hocico y voltea a ver a los amos con las orejas bien levantadas y vuelve a lamer el hocico de su amigo de correrías. El par de menesterosos se apresuran cojeando, lanzando «Jesuses» al cielo, tintineando sus trebejos y olvidando casi sus cegueras y sus minusvalías. Cosa que se aprecia como una escena cómica de director novato. La gente se ha detenido. Los comerciantes de la calle se han asomado para ver, con fisgoneo y morbosidad, quién ha sido el desafortunado. El auto del percance se ha detenido más adelante. Los dos mendigos observan al herido y por experiencia saben que la vida del desdichado animal ya se termina. Desde la torre viajan campanadas que barnizan la ciudad; es la segunda llamada para la misa de las cinco. El conductor se baja del auto y se apresura a ver al herido. Habla muy rápido, y en un lenguaje que no se entiende. Al mismo tiempo, los dos indigentes reclaman y lanzan leperadas.

—Mon Dieu! Pardón!…Ciel! Je ne pus regarder pas rapidement quand le chien traversé la rue. Je ne sais pas quoi faire en cette situation! Malheur! Nous pouvons conduire à vétérinaire?

— ¿Y este qué dice? —Pregunta uno de los indigentes a su compañero. Se quedan como idos, tanto por el accidente del perro como por el extranjero que se topa en sus vidas. El francés hace aspavientos tratando de darse a entender, pero no consigue nada, hace mímica como tratando de levantar al perro, pero no lo entienden.

—Oyes, tú que te fuiste de mojado y anduviste con los gringos, has de saber qué cosa dice este.

—No, parner, no le entiendo ni jota, ha de ser ruso. Pero enséñale el botecito, a ver si te da algo. —El colmilludo mexicano hace lo suyo, y teatralmente observa al perro agonizante. Y suelta— ¡Tenga, para la misa de las cinco!

— ¡Vámonos ya, ya se nos hizo tarde! —Un gato que se acerca por el zaguán de la tienda de abarrotes va siguiendo con curiosidad al duelo de los perros. Los mendigos se lanzan con el bote en la mano en dirección al templo con esperanzas de que el mercurial trote del extranjero les genere algún rédito en su miseria. La misa da inicio, pero no se abre la puerta de la iglesia y se cierra el callejón; los mendigos se ven obligados a quedarse en la banqueta, ahora los dos perros yacen en la calle, y entre las piedras y el polvo se han integrado con el paisaje urbano.

Posted in ,

Deja un comentario