Edgar Sánchez Quintana

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Me quedo sin mover ni un dedo, oscilando en la silla mecedora. Observo el patio donde crece el herbazal, el pasto y la manzanilla. Descanso la testa en el filo del respaldo, la nuca soportando el peso de la cabeza, y así sigo, como queriendo adormilarme; meterme en una ensoñación total, como si el cuerpo se ablandara para recibir lo que sea. Todo parece haberse puesto de acuerdo: el movimiento del estómago en cada respiración, el zumbido de los oídos por la permanente calma, la presión del aire que entra por quién sabe dónde, el sopor que bosteza en las cortinas floreadas, el descolorido y apaciguamiento de los colores de los libros y revistas, la indolente quietud de la cama y la sobrecama, el relajamiento de tensiones de las telarañas. El día, a pesar de su tierna aparición, surge desganado y hosco. El crudo sol penetra sosamente con su cosquilleo de rayos por las ramas y cortinas de la ciudad. El aire es una mezcla de empujes tibios y rocíos tardíos; en él se elevan los vapores de las calderas de las fábricas y baños públicos. La claridad del orto va alejando esa mantequilla que son las sombras penosas de la noche hacia otros sitios terrestres.

La estación es la que sea, no me importa cuál. Eso no tiene que ver conmigo; ni los horóscopos ni la meteorología me dan de comer. Hoy lo que tengo son bostezos largos y jugosamente distribuidos. La desgana del espíritu es fiel hasta en las manifestaciones que no tienen que ver conmigo. No merezco estas horas —o tal vez sí— ya que las otras han sido de riqueza y han sido mías. Tal parece que, después de los años, observo el talón de Aquiles de mi existencia. Y no es que me ponga muy melodramático o tenga el espíritu de ese filósofo alemán del que hablan los letrados, creo que se llama Nietzsche, que dice puros pesimismos. No, no es necesario. Lo que sí pesa son los años, como si fueran sacos de cemento en la espalda; son como heridas o llagas que a cada paso nos van frenando por el dolor y, a cada año, otra llaguita. Mejor debería dedicarme a la venta de publicidad; al fin y al cabo, conozco el medio.

Las metáforas ya no me llegan; por más que combino verbos con sustantivos y unos adjetivos muy estruendosos, no desarrollo ideas. Me siento muy desamparado, perdido en una página en blanco, claro, no es la hoja en blanco tradicional, eso es un decir; es la pantalla en blanco, la de la computadora, y por más que busco en Internet algo que fusilarme, nada, no cuaja nada. ¡Ah! Divino cuando las cosas salían por pura espontaneidad, no tenía que buscar nada; la idea se formaba solita y tejía, únicamente tejía a complacencia y sacaba rollo tras rollo, notas bien pagadas y ensayos lúcidos. Eran los días en que me dieron el premio de periodismo. ¡Qué placer andar por la calle y ser reconocido y saludado por los amigos, por los colegas y vecinos, por los diputados y licenciados! Es algo de lo que me siento orgulloso.

Ahora no me ha quedado de otra más que menearme en esta mecedora, cuidando hasta de no estornudar porque al hacerlo se me caen los cabellos de la frente. ¡Así ha de estar de acelerada mi calvicie! A todos nos ha de tocar el día en que se nos acaba la cuerda, es como las pilas alcalinas que agotan su energía, dan todo lo que tienen y ya; así he de ser yo, ya he de haber dado todo lo que debía dar y lo que queda es ir a darse un largo y hermoso sueño en seis pies de tierra. ¡Qué placentero ha de ser cerrar los ojos y no molestarse en abrirlos más! Apagar el interruptor, click-click, y adiós, que siga el mundo su viaje sin regreso, “que yo me pinto de mil colores”. Prefiero que me coman los gusanos y con eso alimentar a la naturaleza tan divina y perfecta. ¿Por qué, llegar a ser un hombre es tan primoroso como ufano? Su efimeridad es lo que es tan absurda, su llegar a ser en el mundo es complicado socialmente, pero cuánta insubstancialidad hay a la muerte de cada uno. “Eso de que polvo eres y en polvo te convertirás” es una verdad que da al traste con todos nuestros deseos y existencias de vanidad y soberbia. A veces, realmente, me resulta la vida muy estúpida por la manera en que se vive; a veces, se van los años, años vividos en el error, en la conciencia errática, en la experimentación de una existencia equivocada, sin destino, perdida en un laberinto tan pequeño de tan inexistente. Son tramposamente nuestros engaños los que atrapan, los que fijan y amarran todo: tanto nuestras inseguridades como nuestros más comunes temores. La imagen de un hombre rico en un ataúd equilibra toda desavenencia; en ese sentido, Lázaro es más afortunado y más rico porque regresa de entre los muertos, porque es llamado por el hijo de Dios a la existencia. Con todo esto, me vivo y me solazo en mi existencia mientras vivo, ya que eso es maravilloso; no encuentro palabras que describan esa dicha de estar aquí, acampando en esta ciudad cosmopolita y yo sin ideas, desamparado de la musa que por años me había resguardado. Dejado a la buena de Dios y sin un ángel de la guarda que sople alguna inspiración piadosa para este menesteroso del pensamiento penetrante. Me voy a acurrucar en los sueños para ver si allí, en el inconsciente, encuentro algo que alimente a este espíritu desvitaminizado he ido a menos. A veces, la risa y la ironía me habían salvado; eran una campana antes del nocaut, más por técnica que por ingenio, pero lo malo es que a mí no me gustan las locuras, esos escritos irracionales e incongruentes, es decir, sin lógica, que llenan un ambiente estrafalario y sin una conexión a la realidad. Eso me cansa la cabeza al leerlo, y más al tratar de escribirlo.

—Patrón, allí lo busca un señor que dice que es el director del periódico; lo hice pasar a la sala.

—Mmm. Dile que pase hasta acá, es un viejo amigo de años. Prepara café para él y para mí agua mineral de sabor con hielo. Llévate los restos del desayuno. —El periodista sigue columpiándose levemente en la mecedora, en su mano derecha manipula el control remoto del estéreo colocado en la vitrina. El compacto que programa es el de Joaquín Rodrigo y su tema preferido: El Concierto de Aranjuez.

—Antonio, ¿cómo te va? Dice el dicho que, si la montaña no va hacia ti, tú vas hacia la montaña.

—Pásale, ¿cómo estás?, ¿cómo te ha ido? Siéntate allí donde gustes.

—Pues bien, allí andamos llevándola. Pero cuéntame, ¿qué es lo que estás haciendo? Desde hace unos meses no hemos recibido nada tuyo y bien sabes que tienes lectores que no puedes dejar sin tus publicaciones. Vengo por tus originales.

—Pues, ha habido cambios en mi vida. Últimamente he sentido como si me movieran el tapete, como si ya no tuviera nada que escribir, y aunque te dé risa, la musa me ha abandonado. No he podido escribir nada desde hace un buen rato. Se me acabó la creatividad, ya no puedo seguir, de imprevisto ya no tengo nada que escribir, la musa me abandonó. ¡De a tiro me abandonó!

—¿Cómo va a ser eso, Toño? Tantos años de experiencia y con la fama que tienes tanto entre la comunidad como entre los colegas e intelectuales. En esta profesión no hay manera de rajarse, sino hasta la muerte, y tú aún no estás para la muerte. Estás joven, eres un chamaco y pareces un conejo, de tan ágil y vivo. No, Antonio, ve a pasear, toma vacaciones y vas a regresar con aires nuevos. Te recomiendo las playas de Puerto Escondido en Oaxaca, renta una cabañita y desde allí nos escribes y nos mandas tus columnas. —La sirvienta entra a la estancia con una charola, la pone en la mesa de centro y se retira.

—El tuyo es el café, para mí pedí agua. El café me hace ir muchas veces al baño, ya mejor no lo tomo, aunque tú sabes, me encanta. —El visitante se acerca a la mesa y se prepara el café a su gusto; el tintineo del par de hielos en el vaso contrasta con la música que hay de fondo; en el ambiente se suma el olor del humeante café fresco y apetecible.

—¿Te van a publicar tu última novela?

—Sí, ya

—¿Y tú qué? ¿A qué te has dedicado en estos últimos tiempos? —preguntó el periodista mientras tomaba un sorbo de su agua mineral, refrescante.

—He estado muy ocupado con mi propio trabajo. Me han dado nuevas responsabilidades en el periódico y he estado escribiendo mis propias columnas. Además, he estado trabajando en un proyecto paralelo que me ha tenido bastante entretenido. ¡A veces la vida te da giros inesperados! —respondió el amigo mientras sorbía su café.

—¡Qué bien, ¡qué bueno que sigas activo! Me alegra saberlo. A veces pienso que una pausa puede ser tan beneficiosa como cualquier nuevo proyecto. Tal vez lo que necesito es un cambio de perspectiva. Quizás salir de la rutina, ver otras cosas, o incluso encontrarme con viejos amigos pueda reavivar la chispa que parece haberse apagado.

—Eso es exactamente lo que debes hacer, Antonio. No te quedes atrapado en la rutina. Sal, viaja, conoce nuevas personas y lugares. A veces, lo que más necesitamos es un pequeño empujón desde fuera para volver a encontrar nuestra pasión.

—Sí, tienes razón. Creo que tomaré tu consejo. Necesito desconectar y ver las cosas desde un ángulo diferente. A veces uno se queda tan inmerso en sus propios problemas que olvida lo sencillo que es rejuvenecer a través de experiencias nuevas.

—Me alegra oír eso. Siempre he pensado que las experiencias nos moldean y nos dan nuevas perspectivas. No te preocupes, la musa siempre vuelve a aquellos que la buscan con sinceridad.

—Gracias por tus palabras. Realmente me han hecho reflexionar. Prometo que me tomaré un tiempo para mí mismo y regresaré con nuevas energías. Tal vez descubra que mi musa no se ha ido tan lejos como pensaba.

—¡Eso espero! Y recuerda, si necesitas algo, aquí estoy. No dudes en pedirme ayuda. A veces, un amigo puede ser el mejor apoyo en momentos de incertidumbre.

—Lo tendré en cuenta. Muchas gracias por tu visita y por el consejo. Me has dado mucho en qué pensar. Ahora, me voy a dedicar a planear mi próximo paso, a ver si logro redescubrir la inspiración que parece haberse perdido.

—¡Perfecto! Entonces, te dejo para que lo pienses. No olvides que el mundo está lleno de posibilidades y que, a veces, el mayor obstáculo es nuestra propia mente. ¡Hasta pronto!

—¡Hasta pronto! —despidió el periodista a su amigo mientras se acomodaba en la mecedora, sintiendo una leve esperanza en el aire.

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