
El río no había crecido mucho en las temporadas de lluvia. Los encargados de la medición y cálculo del agua habían marcado en sus libretas más que los mismos números, variaciones mínimas. El río circulaba de Este a Oeste y cruzaba por el centro-norte de la ciudad; su destino era el Océano Pacífico. Este río recibía distintos nombres según las regiones por donde atravesaba. El río corría muy plácido, excepto en la zona del Puente Rojo, donde había turbulencias debido al arcaico vado que yacía en desuso. Daniel evitó dicha zona para su cometido. El inicio de la tarde se atemperaba del calor gracias al andamiaje arbóreo de las jacarandas de la ribereña.
Las caricias que hizo al papel antes de introducirlo en la botella eran las de un enamorado que manda una carta a su amante. El pergamino enrollado era de papel fino de Holanda, y el sello estampado en cera, al estilo antiguo, tenía un escudo heráldico de casa y estirpe distinguida. Los caracteres manuscritos eran del antiguo griego, un lenguaje que pocos conocían pero que su destinatario entendería perfectamente. El corcho que serviría de tapón provenía de una añeja botella de champaña, bebida en las fiestas del nuevo milenio. El aire que se embotellaba era el de Ciudad Bienestar, moderna y estrenadora de era. Sin embargo, el remitente aún no sabía de las peripecias en las que se vería envuelto.
El par de amigos, René y Wilber, se citan en Toquitlán, un bar muy afamado por sus aires de grandeza cultural y por sus ambientes substancialmente ígneos. En las mesas se encuentran algunos periodistas de izquierda, otros son promotores idealistas; más allá, poetas rancios; y acullá, músicos, además de fanáticos del rock de décadas pasadas. Las cervezas que se sirven allí son de las más frías, no de esas que «parecen miados de burro». Las hay negras, claras y las llamadas «ampolletas»; las hay de jarra, de yarda, de barril y de bote, nacionales y extranjeras. También se encuentra el casi extinguido pulque, aguardientes, tequilas, rones y rompopes para alguna niña «fresa» que se haya equivocado de rumbo. El par de amigos comenta el cambio de sexenio, la transformación que ha habido en el estado y las novedades de la cultura. El ambiente literario es su esfera de vida; son hombres entregados a los cambios, aunque sus distintos temperamentos y personalidades distan mucho, y hasta se pensaría que son antagónicos, pero por sus afinidades se entienden. Hace más de un año, participaron en un desplegado, una manifestación y denuncia de las políticas culturales que se llevaban a cabo y que imperaban en esos días. Denunciaban la incertidumbre de los cambios de sexenio, así como de los proyectos culturales, el autoritarismo con que se ordenaba el discurso de lo cultural e intelectual, la improvisación y falta de profesionalismo, la exclusión y ninguneo de los artistas y creadores del estado, las insuficiencias del instituto encargado de la cultura, y la cerrazón de las políticas culturales con su consagrada abulia. También denunciaban el caciquismo arrogante y fanfarrón de los “sabios” del pueblo, y el ahorcamiento sistemático de la crítica, la creación y la conciencia libre, por presupuestos bajos, apoyos simbólicos e infraestructura ida a menos.
Era el inicio de la tarde, y Daniel zambutió el corcho en la botella y selló con cera los contornos de la boquilla. Se puso sus lentes de sol; cargaba el recipiente ámbar como si fuera un objeto sacro, como si el destinatario fuera Faraón, Emperador, Rey o algún semidiós de amplios poderes. Daniel no lo había comentado a nadie, pero su misiva estaba dirigida a Apolo. Daniel consideraba que la botella llegaría primero a manos de Afrodita, quien la daría a Atlante para que la considerara, y finalmente llegaría a Apolo. Había riesgos: la misiva podía llegar a manos de alguna Gorgona o Hespéride y hacer mal uso de ella. Pero Daniel sabía que quien no arriesga no gana, así que comunicarse con su Dios predilecto era una prioridad fundamental.
Los dos policías dieron vuelta a la esquina y tomaron rumbo a lo largo de la ribereña. Al momento, vieron a un joven lanzar una botella al río. Se acercaron y le dieron alcance. El joven no se resistió. La botella tomó un rumbo fortuito navegando en la corriente. —Joven, queda usted detenido. Lo llevaremos a la comandancia. Está estrictamente prohibido lanzar cosas al río. Apenas se aprobó el proyecto de ley para saneamiento y se está en proceso de limpieza. Lo siento, amigo, pero tendrá que pagar una multa de tres mil pesos o cárcel por no sé cuántos días. —¿No nos podremos arreglar aquí entre nosotros? Usted sabe, es una molestia ir hasta allá y el papeleo. —Pues usted dirá de qué color son mis ojos, a ver si nos entendemos. —Tengo un cien para que se vayan a las “michas”. —Uf, amigo, con esa pobre patria no me arriesgo a que me corran de la academia. Además, móchese con un poco más, que valga la pena el regaño. —¿A poco los van a regañar? Ni quien los vea. Ni quien vaya con el chisme. —No, de todas maneras, para qué andas aventando basura al río, si ves que está bien contaminado y todavía le echas más. —Daniel se queda callado; no se va a poner en evidencia, declarando que no es basura, sino otra cosa, que es una especie de S.O.S. de un náufrago de la nave de los argonautas, que es un mensaje que leerá el mismo Apolo en el Olimpo griego. Sabe que ese par de analfabetas, obtusos alcornoques no entenderían ni siquiera una oración enviada a la Guadalupana. Mientras los gendarmes se aconsejan a unos pasos, Daniel piensa que cualquier castigo es nimio en comparación con un diálogo con su Dios; sabe que el Ser superior lo escuchará, así que cualquier cosa que ocurra es insustancial.
El bar está lleno de pláticas y variedad de temperamentos. René y Wilber juzgan la actual administración del instituto de cultura: —No, René, no es por allí la cosa. En realidad, los cambios no son sencillos, y tú sabes que a partir del desplegado sí se resolvieron las cosas. Hubo participación de todos, o por lo menos de la mayoría, cosa que no se había dado en la historia de Bienestar. Bienestar ha sido una ciudad de mucha indiferencia hacia la cultura; siempre se había dejado todo al ahí se va, siempre queríamos que nos resolvieran las cosas, por eso el paternalismo creció tanto. Ya era hora de que se pusiera un alto a la intransigencia de las autoridades. —Ajá, ¿y se ha resuelto mucho formando el consejo general y los comités de cada área? ¿Se resolvió bien lo de los presupuestos aceptables y lo de poner en las direcciones a las gentes que se merecían el puesto, que eran miembros asiduos de la cultura de Bienestar? No, yo pienso que fue como dar atole con el dedo o como taparle el ojo al macho, y todo sigue igual. El plan estatal de desarrollo lo veo como un bosquejo que hacen los improvisadores. No hay ninguna seriedad; tal parece que las autoridades piensan que están tratando con una bola de retrasados mentales, que, dándoles cualquier bicoca, todos vamos a estar de acuerdo y perfectamente sumisos. Las demandas siempre son muchas y siempre van a estar atrasadas; estaremos pidiendo cosas que simplemente ya no se sostienen, que son atrasos en la cultura, que por pura postergación de las autoridades no se avanza. ¿A poco no es una mamada que tengas que poner de tu bolsillo para montar una exposición de lo que sea? ¿O que vayas a buscar apoyo como si pidieras limosna? ¿O que quieras ir a alguna comunidad de Bienestar a una tocada, a una puesta en escena de teatro o de títeres, y que no te den ni para la combi? —Le estás exagerando. —No, en serio. Bueno, sí te dan si lo pides bien, pero te lo pagan después, eso si llevas comprobantes. —Pues yo realmente tengo fe en que la nueva administración va a cambiar. Se ve que tienen ganas de hacer cosas, de conglomerar y hacerse visibles. —Pues algunos tratan de ser muy visibles, ¿eh? Más bien, diría yo, quieren ser “protagonistas” y figurar demasiado; como que adulan y hacen la reverencia muy servicial a las autoridades de más arriba. ¡Pinches lame botas!
Los dos gendarmes se acercan: —Bueno, mi cuate, estás de suerte; sólo te vamos a llevar al ministerio para que pagues la multa y que no se te vuelva a ocurrir. Si no traes el dinero, te dejarán encerrado el resto de la tarde y podrás pagar mañana, si es que no se acumulan los recargos.
El joven accede a la fuerza y lo llevan los dos gendarmes.
En la placidez del río, la botella se dirige hacia el Océano Pacífico.
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