Edgar Sánchez Quintana

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Soy un hombre de simplicidades como para poder comprender a plenitud los libros de poesía, lo único que hago es saborear esa riqueza de: juegos, ritmo, palabras, imágenes, metáforas. Al leer a los grandes de la poesía universal me siento un cíclope, me hace sentir bien y me reconforto por dentro; esto es también muy cierto si me refiero a la poesía local. He sentido reserva por la poesía. De muy joven me ubicaba desde la distancia. La poesía entonces como un hermoso tótem al cual hay que admirar erguido en su contexto. La poesía era para mí, como los límites de una cañada abisal, el abismo del lenguaje o como el remolino que atrapa y engulle. Era la poesía lo incomprensible, el castillo de las palabras, la poesía cual cosa misteriosa en un ambiente místico, era la estructura oculta de una realidad impalpable.

Recuerdo vívidamente la primera vez que sostuve un libro de poesía en mis manos, con su cubierta gastada y sus páginas frágiles. Sentía una mezcla de temor y reverencia, como si al abrirlo, me enfrentara a algo demasiado grande para mi comprensión. Con el tiempo, ese temor se convirtió en admiración y, eventualmente, en un deseo de formar parte de es Los intentos de acercamiento a la poesía como lector fueron tempranos, no así como hacedor de poesía. Ser creador era una cúspide que se alcanzaba sólo al cabo de muchos años; podía intuir a la poesía como madre continente de la vida, como la voz de la existencia, el canto de la presencia; la flor abecedaria que deja caer sus pétalos sobre la existencia. Mi acercamiento a la poesía ha sido total, sin compromiso ni prejuicio; sin embargo, he escuchado comentarios por la calle que hacen referencia a la pobre y desnutrida escritura en Tlaxcala, dicen que aquí no se escribe, que aquí no hay una historia de la escritura; que en Tlaxcala no hubo escritores reconocidos. Esta verborrea tiene dos sentidos, por un lado, puesto que ignoran que hubo escritores, los niegan, y por el otro; puesto que no los reconocen los desaparecen. Yo, en cierto momento puedo sentirme orgulloso y comprender de los antecesores su vida, sus historias, su escritura; percibo una especie de nostalgia al imaginar su mundo; en este que ahora es nuestro sitio, la localidad en la que ahora nosotros acampamos. Mi intención no es hacer una semblanza completa de los antecedentes de la escritura en Tlaxcala – otros ya lo han hecho – sino al contrario, nombrar a colación nombres como: Miguel N. Lira, Lira y Ortega, Crisanto Cuellar Abaroa, Juventino Sánchez de la Vega; son quienes han trascendido su historia, son escritores de esta región, han sobresalido y su obra nos llega.

Mientras algunos critican las obras de nuestros poetas como si fueran meros ecos de movimientos externos, olvidan que es precisamente en la mezcla entre lo local y lo global donde reside la verdadera innovación. La obra de Miguel N. Lira, por ejemplo, no puede entenderse sin su contexto tlaxcalteca, pero tampoco sin su diálogo con las corrientes literarias de su tiempo.

En la historia de la escritura regional encontramos periodos vacíos, generaciones silenciosas, una o dos voces que hablan por todos; son islas en un mar de confusiones y revoluciones, encuentro en ello cierto espíritu valeroso, son una voz que canta en medio de los vaivenes, de los torbellinos; son una llama excedente en una torre lejana y apartada. Ellos daban a significar la palabra. Construían con ladrillos gráficos y artesanales sus obras. El didactismo al que debían de recurrir los llevaba a replegarse a la tradición literaria , a los movimientos de vanguardia, a ser los hombres de letras de provincia. Los críticos obtusos de hoy tienden a ningunear sus obras, las colocan en sitios aparte por ser inferiores. Los críticos de los que hablo son mexicanisimos cactus espinosos acostumbrados a ver la poesía europea y angloamericana en lontananza como un horizonte acabado, donde una voz como la de Miguel N. Lira suena pobre, barata y además no tiene cabida.

El interés que me lleva a hacer presencia de nuestra historia de la escritura es para proponer una oscilación permanente entre lo nuestro, lo que tenemos por raíces y aquello que enriquece nuestra participación en la vida actual; así como Octavio Paz no se quedó sólo con Góngora, Quevedo, Lope de Vega, Juan Luis de Alarcón o Sor Juana Inés de la Cruz, sino también con Jorge Guillen, Jorge Luis Borges, Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire, Walt Whitman; es decir, la poesía que emigra de diferentes regiones. La poesía contemporánea tiene centelleos penetrantes, luminosos y variados; lo digo a nivel tanto global como local. En Tlaxcala se crea poesía, está en gestación, en germen. Una de las justificaciones de Alfonso Reyes para no hablar de los jóvenes poetas era que estos estaban en formación; vanagloriar su trabajo sería perjudicial para su desarrollo; es decir, pueden adulterarse por el ensalzamiento. Pero, yo sí quiero decir nombres como decir semillas. Algunos de los poetas sobresalientes, singulares y con aptitudes son: José Segura, Jair Cortés, Minerva Aguilar, Gloria Nahavi, Marisol Nava, Citlalli H. Xochitiotzin, Isolda Dosamantes… y aquí necesito hacer una aclaración, en algunas ocasiones la omisión suena a insulto pero no es la intensión, hay otros que están figurando, a esos que faltan también me refiero. La poesía de José Segura, por ejemplo, muestra una clara influencia de los surrealistas franceses, en particular de Rimbaud y su búsqueda de la ‘desregulación de los sentidos’. Al mismo tiempo, esa búsqueda se amalgama con un sentimiento local, una especie de realismo mágico que solo puede nacer de las tierras tlaxcaltecas.

La poesía de los jóvenes tlaxcaltecas en la actualidad – hablando exclusivamente de poesía, sin hacer las incansables distinciones de sexo – es cambiante y diversa, ilumina por sus centelleos pero decrece por su amplitud; es una estela de lenguaje a veces erótica, a veces insólita y sin inhibiciones, que rescata el soneto, la ironía, el gesto cómplice, la sacudida mortífera de imágenes licenciosas; es la poesía que se beneficia de las lecturas hechas a las obras de Carlos Pellicer, de Julio Torri, de Rosario Castellanos, de Xavier Villaurrutia, de Gilberto Owen o Salvador Novo entre otros muchos más. He aquí algunos nombres más dentro de la poesía en el entorno tlaxcalteca: Ana Edith Sánchez Alba, Tsuyuki Flores Romero, Linda Melgar Pérez, José Pérez Márquez.

El tiempo será el encargado de juzgar la poesía de nuestra generación, pero es nuestro deber como lectores y creadores asegurarnos de que esas voces no se pierdan en el olvido. La poesía de Tlaxcala, como toda gran poesía, es un reflejo de su tiempo y lugar, pero también tiene el potencial de trascender fronteras y dejar una marca indeleble en la historia literaria. La poesía de estos jóvenes es de senderos vitales, de figuras anónimas en el espejo; de siembras abecedarias, rítmicas y provincianas, de transposiciones cutáneas, de alquimias al alba; son poetas que se enfrentan a sí mismos, que exploran su sensibilidad; sin duda, el futuro dictará sus aciertos o desaciertos, para entonces la historia de la escritura poética habrá juzgado.

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