Edgar Sánchez Quintana

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Su caminar era seguro, con determinación. Las orejas levantadas demostraban algo de «inteligencia». Caminaba sesgado, metiendo la pata izquierda entre las manos y la pata derecha al lado diestro de la mano derecha, moviendo la cola con agilidad y gusto. Llevaba un frasco al cuello, colgado de una soga fuertemente amarrada que hacía que la pelambre en esa zona se abriera en surco, como una peculiar gargantilla. La lengua comenzaba a sudar a los pocos minutos de iniciada la travesía. Observaba atentamente antes de cruzar la calle, era ducho para intuir a los salvajes choferes o a los pilotos embriagados de prisa. Cuando llegaba al parque, se echaba en el pasto, y era entonces cuando el dócil amo salía del frasco para empezar a trabajar en la calle, pidiendo limosna y haciendo malabarismos.

Nadie había percibido de dónde venía el perro. Tal parecía como si de repente se dosificara de fantasma a perro común en las calles, para luego desvanecerse por las noches a otras dimensiones. Se rumoraba entre la población que el perro vivía en una cueva en los Cerros Blancos y que era el guardián tanto del hombrecillo como de un tesoro escondido por los cuatro señoríos a la llegada de los españoles. Sin embargo, nadie había podido seguirlo porque era muy escurridizo y cerebral. Otros decían que primero se le veía venir por la ribera oeste del río, y que sacaba gemas verdes de su lecho para luego esconderlas en un paraje escabroso. Algunos afirmaban haberlo visto atravesar el muro central de la capilla abierta, la que está frente al ex convento de San Francisco, y por un pasadizo escurrirse por galerías cavernosas entreveradas bajo la estructura e iglesia. Se decía que este pasillo corría justo bajo la capilla y que estas excavaciones se confundían con los ahuecamientos que habían hecho primero los tlaxcaltecas al levantar su centro religioso, luego los franciscanos para protegerse de los naturales, y, por último, los presos que querían escapar de la cárcel en épocas de las alzadas y de la revolución. En realidad, todos tenían distintas versiones, y a todos les causaba espasmo ver al par de seres que pedían limosna en una banca del parque. El perro se quedaba a un lado o muy cerca, siguiendo con los ojos a las ardillas, ratas y palomas, cuya movilidad lo inquietaba. La pelambre del perro era cenicienta, con el pelaje del lomo oscuro y el del pecho bajo de fina pelusa gris. El hocico se veía amplio, y la dentadura y lengua eran de una pulcritud poco creíble. No se sabía si alguna vez había mordido o ladrado a alguien, pero su docilidad tenía sus límites por lo siguiente: el frasco presentaba toda su transparencia, excepto en los sitios por donde daba vueltas la soga, y la tapa era de rosca sencilla. Tanto por dentro como por fuera tenía una especie de agarraderas distintas, las de afuera eran propias para que el hocico las sujetara, y por dentro, para que entre manos y pies del dócil amo la cerraran. El par de ventanas para el flujo de aire, en ocasiones, cuando no las sujetaba, iban dando tumbos, y dentro del espacio se escuchaba como lajas golpeándose. La mullida estancia estaba en su base cubierta de una alfombra y cojines que hacían confortables los trayectos, y un cajón donde guardaba quién sabe qué secretos u objetos desconocidos.

Los malabarismos realizados por el dócil amo iban desde equilibrios a una mano, saltos mortales desde el respaldo de la banca, contorsiones para atravesar un aro, dominio de las corcholatas que hacía girar, equilibrar y maniobrar como un perfecto cirquero, además de trucos, apariciones y suertes propias de los magos. Sin faltar el baile y el canto de los corridos tlaxcaltecas y canciones pueblerinas. En fin, era una caja de monerías artísticas.

La ganancia por todo aquello eran monedas que iban desde una corcholata, centavos, pesos y, cuando algún rico visitaba el parque, caía un billete, lujosamente nuevo. También había turistas extranjeros que disfrutaban de las demostraciones y dejaban caer metales de grabados monocromáticos alienígenos. Parecía que no le causaba ninguna importancia el dinero, era como si fuera un gnomo dedicado a retirar el circulante. El perro a veces se aburría y, ovillado, tomaba una siesta frente al sol de la tarde. La chaquira del traje del dócil amo, con los rayos del sol, provocaba chispazos juguetones que se desperdigaban por los ramajes bajos de los árboles y por los setos de los jardines. Su bombín de terciopelo en arco iris hacía sonreír desde los más chicos hasta los más grandes espectadores.

¡Cuánto asombro despertaba este personaje! Y con qué recelo escondía su identidad, su personalidad inescrutable, su vida íntima circunspecta y atemperada. Su pasado no existía, y su futuro tampoco lo era. Era el existente, que vivía el momento y nada le importaba más que comunicar lo que sentía en una sonrisa, en la reunión tanto de la gente como de las monedas. Pero, ¿por qué el dócil amo era quien era? ¿Acaso alguna maldición lo había transformado en eso? ¿De dónde venía este minúsculo ser y cuál era su propósito en la vida? ¿La gente algún día podría saber de su pasado y su triste historia? ¿Quién era el perro que lo acompañaba? ¿Era acaso un ser del mal cuya misión era castigar al dócil amo? ¿Dónde se guarecían y cuál sería su fatal muerte, si es que la tenían?

Las preguntas siempre nos van a asaltar, vendrán a nuestra mente como cascadas insumisas. Yo fui uno de los hombres que por última vez los vio. Recorrían la avenida principal y parecía que el perro, como un gendarme, montaba la última guardia de su fortín. Era como si un rico hacendado recorriera su propiedad antes de irse a dormir. A mi memoria llegan algunas canciones y corridos. Recuerdo sus tonadas, pero no sus letras, y poco a poco se van borrando los colores que lucía su hermoso bombín de circo.

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