El indio tarahumara cruzó varios
kilómetros de serranía antes de llegar a la iglesia del pueblo. La reunión era en las ruinas de la capilla abierta, justo en el lugar donde fueron golpeados y castigados sus antepasados por no ir a misa o por no cumplir con los deberes de la iglesia en el siglo XVI. El mediodía impetuoso chamusca el polvoroso sendero, que parece enchuecarse más por el sol recalcitrante de mayo.
—Nomás porque soy el representativo de la comunidad y porque van a dar algo de botana para la comida, si no, qué me interesa eso de los programas del estado. Al fin que, de a tiro, ni van a dar gran cosa, siempre es lo mismo, las ideas que se avientan con eso de que ahora sí el pueblo va a disfrutar de cosas que ni tenía. Eso es pura habladuría, o son tarugadas, como la vez de hace un año que en el Día de las Madrecitas rifaron un microondas y se lo sacó una que ni tenía luz y que mejor lo vendió y se compró un colchón para que durmiera toda la familia en blandito. Eso es pensar muy tarugo porque no entienden la necesidad del jodido. Yo nomás me aprovecho de cada ocurrencia y le saco jugo a lo que venga; total, si no lo agarro yo, lo agarra otro y yo me quedo nomás babeando. No, sí, la cosa está re dura. Dicen por ahí que en el pueblo de Kosovo ya empezó la guerra. Yo ni sé dónde queda eso; ha de ser en un país lejano porque, si fuera cerca, el gobierno no estaría tan a gusto discutiendo lo del próximo presidente. Y sí, esa es la realidad, la pura realidad, ¿qué nos queda? Esa es la pura realidad, y sí, así es.
El tarahumara continúa serpenteando la última cañada y llega al pueblo. El villorrio se asienta en el tepetate menos costroso y duro de la serranía; en las casas, mientras más viejas, más se percibe ese aletargamiento, su flacidez de memoria.
Hay un gran toldo en el lugar; el estrado está adornado con flores de cempasúchil y adornos de Semana Santa figurando flores de mastuerzo. En el lado izquierdo, una manta en colores folclóricos con la leyenda “Consorcio para la Instrucción”. El vocingleo de los técnicos se escucha nervioso. No tarda en llegar el gobernador. El sudor ataca fuerte las caras de los presentes, que enfundados en galas y ropas domingueras soportan lo insoportable y sonríen sardónicamente. Otros, más atrás, apelotonados, temerosos y apáticos, observan y se miran unos a otros; son los naturales. Han llegado al lugar desde sitios lejanos, la mayoría no ha comido gran cosa y, para disimular el ronquido de sus tripas, arrastran el guarache entre las piedras y aclaran su garganta. Se ven contentos porque verán al señor gobernador. Todos sonrientes. Aplausos, hurras y vivas. Fotógrafos. La niña que se acerca y ofrece flores: la foto. Los guardias que recogen de las manos del gobernador las cartas que han dado los ciudadanos con: pedimentos, proyectos, poemas, sugerencias, maldiciones y demás.
Es el presidente municipal quien pasa primero al micrófono y pide aplausos para cada apellido que nombra, y son los acomodados de la ciudad, gentes de opulencia. Los guardias han entreverado algunos indios recién bañados entre ellos para que salgan en el periódico y se vea la buena voluntad. La audiencia escucha las disertaciones de cada uno y le toca al gobernador:
—“Ciudadanos, estamos aquí reunidos —como ya lo dijeron— para iniciar los proyectos que tenemos contemplados para la sociedad civil. Estamos con el pueblo, y nuestro trabajo es para que el pueblo se desarrolle hacia la democracia y para que todos tengan una vida justa y digna. Queremos que el fomento comunitario sea fomentado, fundamentalmente, por ustedes, que sean ustedes los fundadores del progreso dentro de cada comunidad. Vamos a impulsar los talleres de lectura, los clubes de libros y las bibliotecas, y vamos a formar en nuestras comunidades gente instruida y educada…”
—A cabrón, ¿qué fomentado ni qué nada? —piensa el tarahumara—. Más bien estamos fermentados de la calor tan dura, y eso de leer, me da güeva, ¡ja! Si a mi hijo no le gusta, a mí menos, y lo de la biblioteca está difícil; los ratones ahorita andan de hambre, luego que anden buscando nido, allí van a estar. Eso si no pasa que la biblioteca va a dar a la casa de los particulares, como los hijos del presidente municipal o hasta sus achichincles. Total que eso de la cultura es pura máscara para legitimar al gobierno. Y sí, esa es la realidad, la pura realidad, ¿qué nos queda? Esa es la pura realidad, y sí, así es.
El protocolo termina, los aburguesados se saludan y se dan abrazos y besos. La gente del pueblo se apiña bajo el entoldado que se ha dispuesto con agua fresca de tamarindo, pambazos, memelas y tostadas. Sobre la fruta serpentean las manos que desaparecen en los morrales. El indio toma rumbo a su jacal. Ha comido. En su talega lleva un pambazo y tres memelas. Al día siguiente, su señora tiene diarrea y fuertes dolores de estómago. La comida se había echado a perder por el calor.
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