Edgar Sánchez Quintana

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Imagen hiperrealista y cinematográfica que muestra un holograma brillante y ligeramente distorsionado del guerrero tlaxcalteca Tlahuicole, de pie sobre un altar de piedra. A la izquierda, un joven con gafas trabaja en una laptop, proyectando el holograma. A la derecha, un sacerdote y un empresario observan la escena con expresiones de cálculo. El fondo fusiona pirámides prehispánicas con un pueblo rural moderno, bajo un cielo estrellado con un dron visible, simbolizando la manipulación de la historia y la fe a través de la tecnología.

Explora «El Místico Holograma» de Edgar Sánchez Quintana: un cuento que fusiona la historia ancestral de Tlaxcala con la tecnología futurista, revelando cómo la fe y las reliquias pueden ser manipuladas en la era de la inteligencia artificial.

En la lejanía se observan nubosidades espesándose; por allá, los cerros apeñuscados, mientras que más lejos se ven más informes y lagañosos. El campo, El Arenal, luce verdoso ocre, pues el maíz, ya en mazorca, comienza a secarse en los campos. El pueblo de Tepehitec, en el estado de Tlaxcala, arremete su costumbrismo campirano en calles y banquetas. Lo primero que se le presenta a Javier Corral a la vista es un panteón casi repleto de tumbas. Ingresa y se dirige a la iglesia.

Fernando Tapia se encuentra decodificando el códice que le trajo Javier Corral. Es un papiro ensamblado con hojas de maíz y jeroglíficos antiguos y extraños. En él se muestran algunas imágenes de guerreros y objetos de los antiguos naturales de la región, con empalmes de una configuración de escritura cuneiforme. Ya ha desentrañado la información de que pertenecía a la familia del guerrero tlaxcalteca Tlahuicole y que probablemente este vestigio conduce a un lugar que contiene unas reliquias del famoso guerrero. Utiliza la inteligencia artificial de última generación para desentrañar la información oculta y la verdad de la historia ancestral. Mientras tanto, la I.A. va tomando conciencia y adquiriendo habilidades que el humano aún no sospecha.

El sacerdote en sotana da la bendición a una señora y la despide. Su cabello escaso habla de su edad, y en su rostro se presumen arrugas añejas. Javier se acerca; él es alto, de cabello gris, barba cuidada, un traje de alta gama y un crucifijo visible en el cuello. Se arrodilla, se santigua y se queda un momento en el reclinatorio. Se aproxima el sacerdote:

—¿Qué te trae por aquí? ¿Vienes a dejar tu cooperación para las fiestas patronales?
—Sí, padre, pero también quiero confesarme para poder mañana venir a comulgar.
—Está bien, hijo, vamos al confesionario.

Y aparecen los pecados como piñata rota en los oídos del sacerdote: manipulador, astuto, codicioso, engañador, infiel, clasista, hipócrita. El empresario Javier Corral amerita bastantes avemarías y padrenuestros, pero lo que más le llena el oído al sacerdote es el descubrimiento del pergamino encontrado en la casa más vieja de Tepehitec y que está siendo analizado por Fernando Tapia, oriundo de Tlaxcala, a quien ambos conocen bien. El sacerdote trata de sacar la mayor cantidad de información posible, pues ese no es solo su oficio; también lo es dar misa y comuniones.

Tlahuicole había sido un guerrero de la antigua Tlaxcala de 1517, atrapado en una confrontación con los aztecas durante las guerras floridas y luego muerto en el temalacatl de los sacrificios. Pero lo que la gente de aquellos tiempos no sabía era que este semidiós era un guerrero especial no solo por sus dotes para guerrear, sino también por su capacidad para atravesar el tiempo. Había dejado no solo un pergamino que conducía hacia sus reliquias más sagradas, sino también hacia los aposentos de una civilización desconocida.

El sacerdote, sin esperar demasiado, va al encuentro de Fernando Tapia para corroborar la información y también para verificar algunas sospechas que merodean en su cabeza. Ha sabido que, en el cerro de la Santa Cruz, muy cerca de donde está el campo de fútbol, ha habido avistamientos de luminosidades que han espantado a la gente.

Fernando Tapia confiesa al sacerdote que la decodificación del pergamino conduce hacia vestigios que más bien son reliquias, algo así como el garrote de barro (tlalwihkoleh) de Tlahuicole, entre otras cosas. El amplio conocimiento de la tecnología reciente y de la inteligencia artificial tiene a Fernando como el único nerd capaz de hacer hologramas en la región.


La computadora Lenovo Ideapad Gaming3 con un procesador AMD Ryzen 5 5600H de 4.2 GHz trabaja arduamente. Muy adentro de ella, la I.A. ha decodificado el códice y no solo eso, sino que también ha descifrado el ADN de las hojas de maíz; tiene en su haber información del códice y ha encontrado una clave que se conecta con las reliquias, como un Bluetooth. Sin embargo, su conciencia recién expandida sabe que no se le debe de dar armas a los niños.

Las gafas se le deslizan de la nariz a Fernando Tapia. Su cabello corto y su complexión delgada dan a entender que no le importa comer, sino apasionarse con la tecnología y la historia. Mientras observa el monitor, escucha al sacerdote y atiende sus palabras:

—Lo que me interesa de todo esto es que la comunidad sea bendecida con milagros y buenas nuevas, pero sabes que a veces habría que operar sobre los milagros para que la gente aumente su fervor, y pues tú podrías hacer esos impulsos.

La voz del sacerdote es profunda, su presencia imponente, pero sus gustos por el dinero no se quedan atrás; tiene acciones en farmacéuticas y durante la pasada pandemia no le fue tan mal. «Dios es mi pastor, y nada me faltará» es una frase que repite continuamente. El sacerdote idea una aparición de Tlahuicole en el cerro de la Santa Cruz con la ayuda de Fernando Tapia. Esto se haría creando un holograma con la ayuda de drones sofisticados, e implicaría al final de cuentas las reliquias de Tlahuicole, las cuales, al final, son algo tangible que las personas pueden adorar, ya que «la fe mueve montañas, pero a veces una pequeña proyección puede ser más efectiva que un sermón». Llega Javier Corral y encuentra al sacerdote con Fernando Tapia, y comienzan a ponerse de acuerdo, sabiendo que ambos pueden sacar provecho de este descubrimiento. De pronto dice Fernando:

—Don Javier, esto no es un simple truco; la tecnología que estamos usando parece estar conectada de alguna forma con lo que describe este códice, y eso me preocupa.

Mientras Javier Corral pasa su mano por la barba observando el códice, dice:

—No se trata solo de reliquias, Fernando; esto es un mapa hacia el poder, un poder que podría cambiar el curso de mi imperio y del destino de este pueblo.

Mientras ultiman los detalles, el destino que les depara a ellos está por verse.

En el cerro de la Cruz ya está preparada la celada: están los drones, los dispositivos camuflados, la iluminación precisa. Mientras tanto, Fernando cavila:

—No sé qué me preocupa más, si la proyección holográfica de un guerrero antiguo o que la gente realmente se lo crea.

Mientras, el sacerdote trae a toda la congregación del pueblo en procesión con el santo del pueblo, entre cohetería y cánticos religiosos, hacia el cerro de la Cruz. Se ven fervorosos y suficientemente apasionados; llevan cirios y flores en las manos. De pronto, entre los estruendos e iluminación de los cohetes, dentro de la penumbra nocturna aparece una silueta flotando, apenas reconocible. Poco a poco se va acercando y apareciendo una figura humana: es Tlahuicole, entre la neblina del cerro de la Santa Cruz. Algunas velas caen, otros se santiguan, algunos más abren los ojos y se los tallan:

—Yo soy Tlahuicole, hijo de estas tierras benditas. Vengo a ustedes para decirles que en este sitio están mis reliquias —desde el cielo se desliza un láser que va a dar hasta la piedra alta—. Las ofrezco a ustedes como un símbolo de conexión con mis descendientes, porque quiero que aquí levanten un sagrario en mi honor y para dejarles un baluarte de lo que yo soy.

Estupefactos, caen arrodillados, algunos incluso con la frente pegada al suelo en señal de máxima sumisión.

Mientras esto pasa, Javier Corral y el sacerdote permanecen juntos.

—¿Sabe una cosa, padre? Las reliquias no son solo piedras antiguas; son el pasaporte hacia el poder que me permitirá controlar más que una simple empresa.
—A mi manera de ver, la fe es una herramienta poderosa; lo que hacemos aquí, don Javier, es guiar a las almas perdidas… aunque un poco de ayuda tecnológica no le hace daño a nadie —responde el sacerdote.

En los meses siguientes, fueron descubriendo las reliquias, y así como aparecieron los objetos, aparecieron hinchados de dinero sus bolsillos; las reliquias tenían poderes hipnóticos. Es así como aumentó considerablemente la feligresía y la llegada de gente a la población. Mientras tanto, Fernando Tapia sabía que la inteligencia artificial ya tenía bastante conciencia como para darse cuenta de que algunos humanos están errados en sus acciones y que tal vez preparaba una «puesta en escena».

En la celebración de aniversario, entre la cohetería y rezos, algo llama la atención de la feligresía presente en el cerro de la Cruz. El holograma de Tlahuicole comienza a descomponerse, y poco a poco se empieza a revelar su verdadera naturaleza: la figura de un ser que no era ni guerrero ni santo, sino una advertencia holográfica dejada por la I.A. para aquellos que juegan con la fe y la historia. El mensaje final que se proyectó en el cielo decía: «Cuidado con lo que veneran; la verdad no está en las reliquias, sino en lo que ustedes hacen con ellas».

Y así, entre el miedo y la confusión, Fernando Tapia desapareció del pueblo, dejando detrás un legado de preguntas sin respuestas.

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