Edgar Sánchez Quintana

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«Hay veces que no tengo ganas de tocarte,

 hay veces que quisiera ahogarte en un grito…

 pero no me atrevo.» — Caifanes

Oscar escuchaba a Caifanes mientras el autobús avanzaba por el bulevar. La melodía lo transportaba a los días en que visitaba a Iraís. Ahora, se dirigía nuevamente a verla. La ciudad de Puebla se erigía como una metrópoli de fin de milenio, con su mezcla de riquezas y miserias. El autobús giró para entrar a la «CAPU». Oscar se levantó antes de que el camión se detuviera por completo. —Gracias —dijo al chofer, sin levantar la vista. —De nada —respondió el conductor, apagando el motor.

La terminal bullía de actividad: maleteros empujando «diablos», taxistas peleando por pasajeros, y vendedores ambulantes ofreciendo sus mercancías. Oscar se movió entre la multitud, ignorando a una mendiga que le pedía para el pasaje. Detestaba a los «jodidos», a quienes veía como parásitos.

Subió al puente peatonal, observando la mezcla de edificios, anuncios, y la silueta distante de los volcanes. Nada de eso le importaba; solo pensaba en llegar a la combi que lo llevaría a ver a su amante.

La combi estaba repleta. El aire denso y el sol de noviembre hacían el trayecto incómodo. Oscar notó a una mujer obesa que, con sus movimientos, lo hacía sentir aún más apretado en su asiento. Imaginó, con desprecio, lo que sería tener una experiencia sexual con ella. Cuando la mujer bajó, su atención se dirigió a otra pasajera, extremadamente delgada, casi esquelética. Nuevamente, su mente divagó en pensamientos despectivos y lascivos.

Pidió la parada y bajó en una esquina soleada. Mientras caminaba hacia la siguiente combi, la ciudad seguía su agitado ritmo: autos, gente, y ruido. Subió a otro vehículo igual de maloliente y, después de algunas cuadras, decidió bajarse. Entró a una tienda. —¿Me presta el teléfono? —preguntó al tendero. —A peso el minuto —respondió el hombre, extendiendo el auricular con indiferencia. —Aja… —mientras marcaba el número de Iraís, pensó: «Este viejo aprovechado, seguro se muere cagando.» —Bueno… ¿Iraís? —Sí, ¿quién habla? —Oscar. Estoy cerca de tu casa, ¿puedo pasar a saludarte? —¡Claro, ven!

Después de pagar, Oscar caminó por la colonia, que parecía adormecida en la tarde. Los baches y la falta de agua eran constantes en ese barrio popular. Iraís lo recibió con un beso en la mejilla y subieron al departamento. —Qué linda estás hoy, eres un encanto. —¡Gracias! —respondió ella, con una sonrisa.

Mientras Oscar subía las escaleras, el estribillo de Caifanes resonaba en su mente. Miró los muslos pálidos de Iraís bajo su falda corta. —Hueles a recién bañada. —Sí, me bañé hace un rato. —¿Qué preparaste? —Iraís mencionó algo sobre arroz y pollo, pero Oscar la interrumpió con una mirada sugerente. —¿Y de postre? Ella sonrió, fingiendo desinterés mientras ordenaba la mesa. —¿Quieres café? —Sí, se me antoja algo calientito —dijo Oscar, mirando por la ventana mientras las nubes se arremolinaban en el cielo.

Iraís, una mujer atractiva y reservada, trabajaba como secretaria. En la intimidad, sin embargo, se transformaba en una amante apasionada, que siempre quería más. Oscar observaba sus movimientos, apreciando cada uno de sus pasos calculados.

—¿Cómo te fue en el trabajo? —preguntó Oscar, sacando un cigarro. —Bien, el jefe no estuvo y el contador se fue temprano —respondió Iraís desde la cocina, donde preparaba el café.

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