Edgar Sánchez Quintana

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Envuelta siempre en aromas de azotea, aparece sola, sin amigos, en total abandono. Es entonces cuando Alejandro se hace acompañar de ella.

En la colonia se ha sabido que Fortino será licenciado; para él, eso es importante, pero para los demás no ha cambiado nada.

—¡Déjame en paz, no quiero! —grita la sirvienta, empujando el cuerpo de Fortino. Ella estira los brazos, intentando mantener la distancia. La habitación es testigo del enfrentamiento, con un espejo estático en el costado izquierdo, reflejando la cama en su vidrio. De repente, un niño pecoso entra corriendo.

—Tío, te habla mi abuelita allá abajo —dice, acercándose a la joven. Su cabello lacio y despeinado revela su parentesco con Fortino.

—¿Estaban jugando a las cosquillas? —pregunta el niño.

—Sí, como las que te voy a hacer a ti ahora mismo —responde la sirvienta.

—No, por favor —el niño ríe, llenando la habitación de carcajadas que resuenan por encima de las cortinas y los juguetes arrumbados bajo la cama. La sirvienta lo hace retorcerse de risa con sus ágiles dedos, compartiendo una sonrisa cómplice.

—¿Vas a seguir con la tesis o tienes otros planes? —le pregunta la madre a Fortino, quien mira la televisión mientras Rosalinda, la sirvienta, trabaja en la cocina.

—Debes titularte pronto —continúa la madre—, ya no puedo con los gastos de la casa. Sabes que son muchos, especialmente con los niños. Necesito que te apures. No puedes trabajar en cualquier cosa, pero también debes pensar en lo económico. La crisis está cada vez peor y, si seguimos adelante, es gracias a tu hermana que trabaja todo el día, incluso los domingos vendiendo artesanías. He pensado en poner un puesto de artesanías los sábados para ganar algo extra. Tal vez con eso podamos cubrir los gastos de tus libros o las copias. Debemos luchar por lo que queremos, aunque no siempre se nos conceda.

Fortino escucha en silencio, sus pensamientos enredados mientras observa el cuerpo de Rosalinda, una quinceañera de belleza sencilla. Al espiarla a través de un agujero en la pared, siente su corazón acelerarse. La ve bañándose, el agua corriendo por su cabello, por su espalda. Se excita con cada detalle de su cuerpo, sus pechos pequeños, su boca callada, sus piernas enjabonadas.

Alejandro, por su parte, se pierde en la vista desde los altos de la casa, observando la ciudad de Tlaxcala, las casas, los edificios de gobierno, las antenas de comunicación. Se siente abandonado, aislado en su propia soledad, como una antena que se erige hacia el cielo. Se deleita en esa separación, encontrando en la altura una fuente de referencia, un punto de existencia relajada. «Lo mágico se introduce en mí», piensa, «creando un espacio hechizado de precipitación sublime».

Fortino, recostado en su cama, reflexiona sobre su obsesión con el sexo. Sueña con un erotismo absoluto, una carnalidad lúdica que se manifiesta en fantasías en diversos lugares: en el tren hacia un país desconocido, en las playas de Acapulco, en el metro, en un jacuzzi, en una casa de pueblo, o en su propio cuarto. Pero ahora, lo único que desea es a Rosalinda. Ya la ha tocado antes, acariciando su pequeño busto cuando se agacha a exprimir el trapeador, con sus pechos asomándose tímidamente por el escote.

El mediodía avanza en la ciudad, con pequeñas nubes que se desvanecen en el cielo de abril, el mes en que Alejandro celebra su cumpleaños. Sentado en la mecedora, observa los tendederos y se sumerge en sueños despierto, imaginando aventuras en un barco que navega hacia puertos lejanos, donde siempre encuentra a una mujer a quien amar. Pero al final, como las nubes, esos sueños también se desvanecen, y Alejandro se queda solo con su soledad, esperando lo que vendrá.

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