Edgar Sánchez Quintana

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Yo sí quería tener a ese bebé, pero la vaca me tumbó de un patadón, si tan sólo hubiera ido Cesáreo a ordeñar, pero se tenía que ir al aserradero a atender a los trabajadores, ya ni modo, ya con este son siete mis hermosos bebes abortados, como me encantaría  haberlo tenido en mis brazos apapacharlo amarlo sin medida, como amaría tanto darle de comer, amamantarlo y que fuera un sentido de vida para esta vida acá en la sierra de Chihuahua, voy a seguir intentándolo hasta que ese hijo o hija se me logre. La madre toma la sábana y se recuesta de lado y se cobija, está en cama postrada luego del accidente que tuvo en el corral, es de mañana y la señora que cuida a la enferma es una tarahumara que apenas si habla español; en derredor, el rocío ya cayó y las gallinas comenzaron a picotear  el piso para encontrar alimento y maíz quebrado, en el horizonte no hay zopilotes, sólo unas nubes lagañosas y escuálidas.

Y heme aquí como una sombra, como un éter sin tiempo, cobijándome en la unidad, en este silencio amoroso, y voy aquí por temporadas eternas, casi sin movimiento, sin llegar a esa creación individual, personalizada, completamente humana, yo quiero ser, pero esto que yo soy es la completitud, es lo abarcante, donde todo está y nada falta, pero la experimentación de todo ser nunca termina, es infinita, no se detiene y es ascendente, siempre explorando posibilidades, siempre intentando la vida porque ese es nuestro destino. Voy a continuar como un espectro, hasta que pueda de nueva cuenta anclarme.

Ella iba con toda la intención a la clínica, no avisó a nadie, sólo pidió permiso en el trabajo y se encaminó al lugar de la desesperanza, cuando estuvo en la sala de espera llegó la  enfermera, ella, la enfermera, había tratado ya a muchísimas pacientes y sabía que muchas de ellas se arrepienten de estar allí y quieren salir y la enfermera se encarga de terminar de convencerlas, eso que despierta en ellas en ese momento es la intuición el ser de vida que está sembrado en su interior. Salió del procedimiento ya que para menos es más, se dirigió a continuar con su vida como si nada, como si se hubiera desecho de un pedazo de uña o cómo cortarse el cabello. La vida le sembraba vida y ella la rechazaba, es como cuando un brote de una semilla explota en su germinar y en ese germinar se le cercena la intención y entonces la energía contraria se manifiesta.

De nueva cuenta estoy aquí en el limbo, una vez más regreso a la cómoda estancia del uno, para poder cavilar aunque sea un poco, a comprender los sinos de la vida humana, como es que esa experiencia de vida da muchos sentidos dentro de la existencia, como es que dentro de la existencia se conglomeran tantas voluntades y posibilidades del ser, me pregunto porque la vida suele ser muy efímera y sin cohesión, algunas veces la intuyo como no coherente e incluso irracional, a lo largo de esta trascendencia, dentro de los múltiples acercamientos e intenciones mías, la sabiduría que me cubre es tan abarcante y sobrada que las madres que toman sus decisiones contra la vida son aprendices de los nonatos, de esto que soy yo, yo dejo que la madre aprenda, porque cuando la madre aprende los nonatos ya no somos necesarios, somos extinguidos, porque todas abrazan la vida y la manifiestan desde su ser, y yo desde aquí desde este sitio observo desde una perspectiva de espectador como la madre que me negó con toda su intención y sin conciencia observo cómo ocurre su vida y a lo largo de su vida percibo  desventuras en su existencia, depresión y soledad y una suerte de vacío de vida. Soy un ser con compasión y empatía.

La madre que hace muchos años había abortado se recuesta en la cama, es noche y duerme profundamente: sueña,

Nonato: (flotando en un espacio de luz tenue) ¿Quién eres tú? ¿Por qué estoy aquí?

Ella: (apareciendo como una figura etérea) Soy quien te dio la vida y luego te la arrebató. Me arrepiento profundamente de mi decisión. Estoy atrapada en la tristeza y la culpa desde entonces.

Nonato: (con comprensión) Comprendo tus sentimientos y el peso de tu arrepentimiento. ¿Puedes explicarme por qué tomaste esa decisión en aquel entonces?

Ella: Me sentía asustada y confundida. No estaba preparada para asumir la responsabilidad de criarte. Pero ahora veo cuánto me equivoqué. Me arrepiento cada día.

Nonato: A pesar de todo, quiero que sepas que te perdono. Acepto que tomaste una decisión difícil en un momento de tu vida. Pero también quiero que encuentres la paz y la redención.

Ella: No merezco tu perdón, pero estoy agradecida por tu compasión. He vivido con un vacío en mi corazón desde aquel día. ¿Cómo puedo encontrar la paz después de todo lo que hice?

Nonato: El primer paso es perdonarte a ti misma. Permítete sanar y liberarte de la culpa. No puedes cambiar el pasado, pero puedes trabajar para ser una mejor persona en el presente y el futuro.

Ella: ¿Cómo puedo hacer eso? ¿Cómo puedo encontrar la redención?

Nonato: Acepta tu responsabilidad y utiliza esta experiencia para crecer. Aprende a amarte a ti misma y a cuidar de tu bienestar emocional. Busca la ayuda que necesitas para superar tu depresión y soledad. Tienes la capacidad de encontrar la felicidad y el propósito en tu vida.

Luego de los años, la mujer que había abortado por un accidente con una vaca tuvo una hija, luego de tantos intentos infructuosos, a tal grado que a esta bebé le puso por nombre Socorro porque se la había encomendado al Perpetuo Socorro para que se lograse. La amó y la quiso mucho; esa nonata se convirtió, con los años, en una mujer que deseó tener muchos hijos y, heme aquí, uno de sus hijos, de esa señora Socorro. Soy alguien que escribe y deja enseñanzas de esa sabiduría de vida que es amar la existencia y cobijarla toda con amor.

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