Esperanza y final
¿Es posible transformar el dolor en vida? Descubre la conmovedora reflexión de Edgar Sánchez Quintana sobre la «alquimia del duelo», donde las veladoras de la pandemia se convierten en macetas colgantes, sanando el alma a través de la psicomagia.
Mi madre, una mujer siempre devota, ha prendido veladoras durante años, elevando oraciones por aquellos que han partido. Sin embargo, con la llegada de la pandemia, sus rezos y el parpadeo de las llamas se han multiplicado, convirtiéndose en un ritual constante frente a la incertidumbre.
Existe esa costumbre, casi jocosa, de que los vasos de vidrio de las veladoras terminen en la cocina, acrecentando el acervo de la vajilla familiar. En mi casa, esa era la norma. Pero todo cambió con la cuarentena del 2020. Mi madre comenzó a comprar veladoras más grandes, de esas que duran más y vienen en recipientes de plástico. Cada una representaba una oración, un diálogo silencioso tanto con la Virgen de Guadalupe como con las almas de los fallecidos por el coronavirus. Y, al igual que los vasos, los envases de plástico eran guardados metódicamente, esperando un uso futuro.

Un día, mi madre me pidió que les hiciera agujeros para transformarlos en macetas colgantes. La idea me pareció buena y decidí añadirles algunos elementos para darles un toque más artístico. No obstante, lo más interesante fue la connotación inherente a esta acción, el simbolismo que me llevó a esta reflexión. Observaba cómo un objeto de oración, un faro para los difuntos, se transformaba en un recipiente que acunaba una planta verde, viva y colgante. Inevitablemente, mi mente lo conectó con las teorías del terapeuta y artista Alejandro Jodorowsky.
Jodorowsky afirma que nuestro subconsciente es una fuerza poderosa que debemos aprender a manejar en nuestro beneficio. En su teoría de la «psicomagia», asegura que un objeto puede ser transmutado simbólicamente para sanar la psique. Recomienda, por ejemplo, enterrar objetos que nos causan daño psicológico y sembrar una planta sobre ellos. Este acto, según él, le enseña al subconsciente a transformar el dolor en vida, a entender que la naturaleza y el crecimiento son sinónimos de esperanza. Y he aquí la asombrosa similitud: los recipientes de las veladoras, testigos de la pena, se convertían en macetas que adornan y dan vida.
Esta transformación es, en esencia, la alquimia del duelo. El acto de mi madre, aunque quizás inconsciente de esta teoría, materializa una transmutación profunda: la oración por un fallecido a causa del COVID-19 se convierte en una maceta que embellece un hogar. El objeto que acompañó el luto ahora sostiene la vida, susurrando que es posible encontrar belleza después de la pérdida y que la esperanza puede florecer en los lugares más inesperados. Es un ciclo poético donde la fe se convierte en materia y el recuerdo en un nuevo comienzo.
Así, cada planta colgante que adorna la casa de mi madre es mucho más que un simple objeto decorativo; es un valor agregado, un testimonio tangible de resiliencia. Solo espero que no sean demasiadas las veladoras que tenga que comprar en el futuro. Mientras tanto, ella seguirá con sus responsos y oraciones, sembrando su fe y esperanza en cada una de sus plantitas, llenando su hogar no solo con vida y alegría, sino con la profunda sabiduría de quien sabe que, incluso en la oscuridad, siempre se puede cultivar la luz.
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