Edgar Sánchez Quintana

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¿Qué sucede cuando perdemos nuestra insignia de respetabilidad en el fango? Descubre «Crónica de una Aureola Perdida en el Macadán», un profundo relato de Edgar Sánchez Quintana sobre el clasismo, la pandemia y la búsqueda de identidad en una sociedad fragmentada.

“Pues hace un momento, cuando cruzaba el bulevar corriendo, chapoteando en el barro, en medio de un caos en movimiento, con la muerte galopando hacia mí por todos lados, hice un movimiento brusco y mi aureola se me escurrió de la cabeza, cayendo al fango del macadam. Estaba demasiado asustado para recogerla. Pensé que era menos desagradable perder mi insignia que conseguir que me rompieran los huesos. (-) Ahora puedo ir de un lado a otro de incognito, cometer bajezas, entregarme al desenfreno, al igual que los simples mortales.”—Charles Baudelaire, Le Spleen de Paris (1862)

El aire de la calle era una mezcla húmeda de tierra mojada y la quietud ansiosa que había impuesto la pandemia. Salí hacia la tienda de la esquina, con el rostro cubierto por el tapabocas que se había vuelto una segunda piel, una barrera frágil contra un enemigo invisible. A media cuadra, el silencio fue desgarrado por el ulular agudo de sirenas. Mi primer pensamiento, casi un reflejo condicionado en esta ciudad, fue que una manifestación avanzaba por el bulevar Mariano Sánchez, un cauce habitual para el descontento. Al aproximarme a la esquina, la escena se desplegó ante mí: no era la marcha a pie que imaginaba, sino una procesión motorizada. Una patrulla abría paso, y tras ella, una caravana de coches de modelos recientes, relucientes, rompía la monotonía de la tarde con un coro insistente de bocinas.

El primer vehículo que desfiló ante mis ojos era conducido por un hombre de esa estirpe a la que el dinero confiere una autoridad natural. A su lado, una mujer mayor, cuya piel de porcelana parecía conservada en el formol de sérums y cremas costosas, exhibía una postura de soberbia legítima, como si el asiento del copiloto fuera un trono rodante. Supe, por su posición de vanguardia, que ostentaban un rango superior en aquella jerarquía de la protesta.

De las ventanillas de los autos colgaban cartulinas, pancartas improvisadas que gritaban en silencio su disgusto con lemas como: “FUERA AMLO”, “NO TE QUEREMOS”, “MÁS EMPLEO YA”. Observé pasar la columna de unos diez vehículos, una serpiente metálica cerrada por otra patrulla que custodiaba su retaguardia. Su protesta me pareció aséptica, cómoda, casi indistinguible de un paseo dominical hacia el centro comercial. Los rostros tras los cristales no mostraban ni un atisbo de la furia o la frustración que supuestamente los movía; su única acción era conducir y hacer sonar el claxon, un gesto vacío y festivo, como el de la comitiva que celebra a los novios camino al banquete.

Fue entonces, mientras veía aproximarse a uno de los últimos coches de la caravana, que una voz cortó el aire. Desde el asiento del copiloto, un grito se dirigió directamente hacia mí, afilado y despectivo: “¡Un naco!”. Las risas de las acompañantes en el asiento trasero estallaron como un eco cruel, una carcajada que me envolvió y me dejó paralizado. Me quedé estático, incrédulo, sintiéndome estúpido bajo el bozal de coronavirus que me cubría. Ellos, noté con una punzada de ironía, no llevaban tapabocas. Quizás eran inmunes al virus, o a la simple decencia.

De regreso a casa, la palabra rebotaba en las paredes de mi mente. “Naco”. ¿Cuándo me había convertido en eso sin darme cuenta? ¿O era una simple confusión, un error de identidad? ¿O acaso fui solo el detonante casual para su diversión, un objeto para desatar la risa? Mi vida desfiló en un instante: los años invertidos en bibliotecas, devorando conocimiento para acrecentar mi valía; el esfuerzo por dominar otros idiomas; las horas incontables en aulas universitarias persiguiendo títulos que me reivindicaran ante mí mismo y ante una sociedad que ahora me escupía un insulto desde la comodidad de un auto con aire acondicionado.

La legitimidad de su manifestación se me antojó entonces ridícula. ¿Era esta la voz del pueblo? ¿Un puñado de coches de lujo en una procesión tibia? Eran liliputienses resguardados en su desgana, sombras de partidos políticos en decadencia, entidades falsas comprometidas únicamente con su egoísta comodidad. De pronto, sentí una oleada de respeto por los líderes de antaño, aquellos que, junto a sus compañeros, aguantaban horas de lucha social bajo un sol quemante, que emprendían marchas kilométricas hasta que los pies sangraban. Recordé los garrotazos de la policía, el ardor de los gases lacrimógenos, el miedo a la persecución. Aquella lucha social era real, tangible. Era quedarse en el plantón sin importar la lluvia o la tormenta, era sentir el grito unísono como parte de una causa justa, era sentirse parte de la historia, de la patria misma.

Esa cruda realidad me despertó a una situación que no había querido ver. Me reconocí naco, porque así es como otros me veían, y esa era su verdad. La pandemia, en su macabra justicia, ha democratizado los rostros; ahora somos siluetas sin nombre, bultos sin representación, personalidades castradas recorriendo el macadán, futuros zombis en camino al precipicio. Somos figuras de paja esperando el incendio.

Ya no hay separación. Como Baudelaire, todos hemos perdido nuestras insignias de respetabilidad en el fango. Y en este nuevo mundo, el nombramiento de “naco” resuena casi como un distintivo, una marca que atestigua que, a pesar de todo, uno sigue aquí. Soy naco, sí. Pero un naco vivo.

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