Edgar Sánchez Quintana

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Imagen hiperrealista y cinematográfica ambientada en el asilo de Charenton. Jean-Paul Marat está en una bañera, escribiendo, mientras el Marqués de Sade lo observa con una expresión cínica. En el fondo, una figura sombría sostiene una daga, simbolizando la traición. La escena es oscura y dramática, con otros internos del asilo difuminados en el fondo.

Explora la intrincada relación entre locura, política y traición en «Marat, Sade y la Sombra del Traidor» de Edgar Sánchez Quintana, un análisis profundo inspirado en la obra de Peter Brook

Por Edgar Sánchez Quintana (Versión revisada y extendida por Manus)

La película Marat/Sade, dirigida por Peter Brook a partir del guion de Peter Weiss, es un laberinto de espejos donde la locura, la política y el teatro se entrelazan. La obra, representada por los internos del asilo de Charenton bajo la dirección del Marqués de Sade, narra el asesinato del líder revolucionario Jean-Paul Marat a manos de Charlotte Corday. Sin embargo, más allá de la anécdota histórica, la película sirve como un poderoso punto de partida para analizar una constante en la historia de los cambios sociales: la figura del traidor como herramienta del despotismo.

Sade, en su panegírico fúnebre a Marat, no se detiene en la figura histórica de Corday. La despoja de su identidad, de su género, y la convierte en un arquetipo. No la nombra, sino que la evoca como una aberración de la naturaleza, un ser vomitado por el infierno para servir a los tiranos. En sus palabras, es un «monstruo» que no pertenece a ningún sexo, un instrumento del puñal que «agitaba la sedición». Sade entiende perfectamente que Corday no es la causa, sino el síntoma. Ella es la mano que ejecuta, pero la voluntad que la mueve es la de la monarquía, la de los déspotas que ven en la revolución una amenaza a su poder.

Este arquetipo del traidor, del «Judas» que emerge desde dentro o desde los márgenes para apuñalar el corazón de un movimiento de cambio, es una constante histórica. Los tiranos y los imperios siempre han sabido que la forma más efectiva de destruir una revolución no es enfrentarla de cara, sino corromperla desde adentro. Se sirven de aquellos que, vistiendo el manto de la virtud o la moderación, están dispuestos a traicionar los ideales que alguna vez defendieron. Charlotte Corday, en la visión de Sade, no es una heroína idealista, sino la encarnación de la contrarrevolución disfrazada de acto de justicia.

Esta dinámica no murió con la Revolución Francesa. La vemos repetirse en distintas épocas y geografías. Gobiernos que se autoproclaman faros de la democracia no dudan en financiar y armar a grupos disidentes en naciones que buscan un camino soberano, para luego justificar una intervención en nombre de la «libertad». Estos «luchadores por la libertad», a menudo, no son más que mercenarios al servicio de intereses extranjeros, los Judas modernos que entregan a su pueblo a cambio de poder o dinero. El despotismo ya no necesita reyes; se viste con el traje de la geopolítica y los intereses corporativos.

Pero la traición más insidiosa es la que nace en el seno mismo de los movimientos de transformación. Son los individuos que, habiendo sido parte del cambio, deciden que ya ha ido demasiado lejos. Se asustan de la radicalidad de las nuevas ideas y prefieren la comodidad del antiguo régimen, aunque sea injusto. Estos tránsfugas se convierten en las voces más valiosas para la derecha conservadora y clasista, pues su discurso de «decepción» y «arrepentimiento» sirve para deslegitimar la lucha. Son los que, habiendo caminado junto a los revolucionarios, deciden que es más rentable servir a los amos de siempre. Su traición es un acto que busca detener la historia, petrificar las estructuras de poder y asegurar que, al final del día, nada cambie realmente.

La película de Brook, con su atmósfera febril y caótica, nos recuerda que toda época de cambio es una lucha a muerte entre fuerzas opuestas. Y en esa lucha, la figura del traidor es el arma más letal. Sade, desde su lúcida locura, lo comprendió a la perfección. No importaba si Charlotte Corday era bella o seductora, como la presenta el director; su función era la de ser el instrumento de la reacción. Su acto no fue personal, sino político. Fue la materialización del miedo de los poderosos a perder sus privilegios. Y ese miedo, hoy como ayer, sigue buscando manos dispuestas a empuñar el puñal.

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