
¿Hasta dónde llega la ambición en tiempos de tragedia? Explora «Muertos Peleados», una cruda crónica de Edgar Sánchez Quintana sobre la feroz competencia entre funerarias en Tlaxcala durante el apogeo del COVID-19.
Era turbia, opaca, como un líquido que queda en el fondo del flan, así era la tarde en la que cuento esta historia de apocalipsis. El protagonista era Damián, un joven de 25 años casado con Yuli; él era de rasgos toscos y apariencia gorilezca pero ella así lo quería, eran ambos una unión matrimonial perfecta. La situación se lleva a cabo en la ciudad de Tlaxcala México, durante la crisis sanitaria de 2020.
Damián acababa de perder su empleo que por diez años había atesorado, pero que le había dado bastante experiencia en el ramo, tenía su certificación como embalsamador, y había adquirido herramientas propias para su trabajo, como la bomba, los frascos para succión, los troques, tijeras y demás aditamentos; así como equipos de protección y sanitización propios del covid-19.
El señor Eduardo, su patrón y dueño de funerarias Sandal lo había despedido porque según él le estaba pagando demasiado y ya no le convenía, y también porque su esposa, Britney le había aconsejado que lo despidiera y que consiguiera a alguien que le pagara poco, y así fue, Damián empezó a trabajar por su cuenta y Yuli comenzó a atender la casa y al hijo que tenían. El trabajo de Yuli era también de cuidado porque en cada servicio de covid-19 tenía que lavar la ropa perfectamente, sanitizar toda su casa y esmerarse en la limpieza y pulcritud. A Damián le empezó a ir mejor que cuando trabajaba en las funerarias Sandal porque hacía más servicios ya que todos lo conocían y se había quedado con la cartera de clientes que por años había fructificado, pues era él quien atendía como embalsamador de la región a otras funerarias, y era algo que el señor Eduardo no se esperaba pues los servicios de embalsamamiento que él hacía ya no llegarían directamente a su empresa, sino que se irían a otro lado.
José el dueño de la “funeraria San José” ubicada en San Juan Totolac había acordado con Damián continuar con los servicios que ya tenían realizando por tiempo atrás y Damián hizo tratos con otras funerarias y aseguro así un aproximado de tres servicios por día, pues la temporada estaba en todo su apogeo sin dejar de ser empáticos por la pérdida.
El señor Eduardo discutió con sus trabajadores porque no estaba saliendo bien la cosa porque a pesar de la epidemia y de estar en una ubicación privilegiada para una funeraria, no lograban cerrar los tratos para los servicios funerarios, lo último había sido una urna y el servicio de cremación pues había sido de covid-19; los ayudantes eran Jorge, que era compadre de Damián y que se había quedado de encargado y Fernando que tenía poco de haber entrado a laborar, ellos le chismearon que ellos estaban haciendo bien su trabajo pero que sabían que José el de la funeraria de San Juan Totolac estaba quitándoles los muertos porque tenía mejores precios. Esto hizo enojar al Señor Eduardo y discutió con su esposa, ella le reclamo que ya había encargado las licras colombianas uuyfit para ir al gimnasio y que necesitaba dinero, que se pusiera a ver que hacia; ella, neurótica y cizañosa sabia como manejar y envalentonar a su marido, le pico la cresta a tal grado que desde la ventana de su casa les grita a los trabajadores que estaban por descargar algunos aditamentos utilizados en los velorios.
─ ¡Dejen eso, vamos a San Juan Totolac, vamos a ver a ese cabrón que me está chingando! ─
─Si patrón─
Ellos se suben a la carroza funeraria y Eduardo y su esposa se van en su camioneta.
Llegan y enfurecido Eduardo va hacia la funeraria, José está afuera platicando con su ayudante.
─¡A ver cabrón porque me estas quitando los servicios, ya me contaron que tú eres el causante, porque pones esos precios tan bajos y ya no me está llegando nada, será mejor que te parta tu madre porque ya te había dicho una vez que no te metieras con mi negocio, que podías trabajar sin perjudicarme, pero tú no entiendes y ya es hora de que te parta tu padre para que lo entiendas, ya me tienes hasta la madre, si no es la cosa de que me ganas el lugar en el crematorio me quitas los clientes que ya había yo tratado y así no se puede, por eso ya estuvo, te voy a partir tu madre por pasado de verga!─
Sale Britney de la camioneta empuñando como arma un celular para sacar video y se presta a dejar evidencia de la injusticia que le están haciendo a su marido.
Al unísono salen, Jorge y Fernando, los ayudantes de Eduardo empuñando unos candelabros y palos de los cortineros de velatorio y se prestan a partirle su madre al flaco de José, él como puede se defiende y lo único que encuentra a la mano es un tapete sanitizante con cloro a la entrada de su negocio y le sirve tanto de artefacto contundente como de escudo. A Eduardo lo detienen porque observan Fernando y Jorge que se acerca por la avenida una patrulla de la policía, cuando José se va metiendo a su funeraria de golpe, escucha los insultos y maldiciones de los quejosos a lo lejos; se queda todo golpeado y molido por lo que ha pasado. Saca algodón y un poco de alcohol para sanarse sus heridas. Los candelabros y cajas mortuorias quedan como testigos impávidos, nada los conmueve, lo que sí son los crucifijos que se alquilan en los velorios, como elementos equiparables a este nuevo Cristo de pandemia.
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