Edgar Sánchez Quintana

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Ilustración estilo anime onírico de Daniel Cervantes, un hombre en un abrigo, caminando por una calle desierta. A su izquierda, una figura translúcida de su amigo Raúl Salas se disuelve en pétalos de cerezo. Un periódico se convierte en grullas de papel. Al fondo, un centro de salud minimalista con una fila de figuras inmóviles. La escena evoca un silencio profundo y una transición surrealista.

Sumérgete en «El Último Ciudadano» de Edgar Sánchez Quintana, un cuento onírico que explora la delgada línea entre la vida y la muerte en una sociedad obsesionada con la eficiencia, presentado con una estética anime.

El primer indicio de que algo andaba mal fue el silencio. No el silencio apacible de una mañana de domingo, sino un silencio denso, algodonoso, que parecía absorber todos los sonidos familiares de la casa. Daniel Cervantes, de pie frente al espejo del baño, no le dio mayor importancia. Atribuyó la quietud a la hora, a la resaca de un sueño pesado del que no lograba desprenderse del todo.

Hay que ser un ciudadano responsable, se dijo a sí mismo, mientras su reflejo le devolvía una imagen pálida, con los ojos hundidos en cuencas oscuras. La mano que levantó para peinarse se movió con una lentitud exasperante, como si se desplazara a través de un líquido espeso. Cada hebra de cabello parecía pesar una tonelada. La salud es un bien común. Una responsabilidad compartida. Por eso existen las vacunas. Para cuidarnos entre todos.

Sus pensamientos eran claros, ordenados, un torrente de civismo y gratitud. Recordaba las noticias, los discursos de las autoridades sanitarias, la promesa de que nunca más se repetiría el encierro, el miedo, la incertidumbre de la pandemia. El sistema, ahora más fuerte y previsor, velaba por ellos. Y él, Daniel Cervantes, cumpliría con su parte. Se pondría la dosis de refuerzo. Era lo correcto.

Sin embargo, su cuerpo no parecía estar de acuerdo. Abotonarse la camisa fue una odisea. Los dedos, torpes y ajenos, luchaban contra los pequeños discos de nácar como si fueran enemigos ancestrales. Una vez que lo logró, un sudor frío, inodoro, le recorrió la espalda. Se sentó en el borde de la cama para ponerse los zapatos, y el simple acto de inclinarse le provocó un vértigo que onduló la habitación. El suelo de madera pareció licuarse, las paredes respiraron. Se aferró al colchón, cerró los ojos y esperó a que el mundo dejara de bambolearse.

Es solo un mareo, pensó, con la misma calma con la que aceptaba los boletines oficiales. Quizá no dormí bien. La ansiedad, tal vez. Pero es un pequeño precio a pagar por la tranquilidad colectiva. Un pinchazo y listo. A seguir contribuyendo.

Cuando finalmente se puso de pie, una extraña ligereza lo invadió. Sus pies apenas parecían tocar el suelo. Abrió la puerta de su casa y salió a una calle bañada por una luz gris y uniforme, sin sol y sin sombras. El aire estaba quieto, inmóvil. Y el silencio, aquel silencio espeso de su casa, se extendía por toda la ciudad.

El camino al centro de salud, que normalmente le tomaba quince minutos, se convirtió en una travesía sin tiempo. Las calles, usualmente vibrantes de tráfico y peatones, estaban desiertas. No había coches, ni el ladrido de un perro, ni el murmullo lejano de la vida urbana. Solo sus propios pasos, que sonaban extrañamente huecos sobre el asfalto. Su cuerpo se arqueaba hacia adelante, como si una fuerza invisible lo empujara desde la espalda, y a cada pocos metros tenía que detenerse, apoyándose en una pared, mientras su monólogo interior continuaba, imperturbable.

Qué eficiente es todo, reflexionaba mientras observaba la fachada de una tienda con los escaparates vacíos y cubiertos de una fina capa de polvo. Una campaña de vacunación tan bien organizada. Nos avisan, nos dan una cita, todo fluye. Somos un ejemplo de sociedad. Un engranaje perfecto donde cada pieza cumple su función.

Justo cuando reanudaba su marcha, una figura solitaria emergió de una calle lateral, caminando en su dirección. A medida que se acercaba, Daniel reconoció el rostro familiar de Raúl Salas, un amigo de la juventud al que no había visto en años. Raúl sostenía un ramo de lirios blancos, sus pétalos inmaculados contra la grisura del ambiente.

—¿Raúl? —dijo Daniel, su propia voz sorprendiéndole en el silencio.

—Daniel, qué sorpresa —respondió Raúl, deteniéndose frente a él. Su sonrisa era amable, pero no llegaba a sus ojos, que parecían fijos en un punto lejano—. ¿A dónde vas con tanta prisa?

—A vacunarme. El refuerzo —explicó Daniel, con un orgullo cívico que sonó hueco incluso para él—. ¿Y tú? ¿Esas flores?

Raúl bajó la vista hacia el ramo. —Para Elena. Hoy es su aniversario.

Una punzada de extrañeza atravesó la niebla mental de Daniel. Elena, la esposa de Raúl, había muerto hacía más de un año. Él mismo había estado en el funeral. Pero antes de que pudiera articular el pensamiento, Raúl extendió la mano.

—Fue bueno verte, Daniel. La vida nos llevó por caminos distintos, ¿eh? Pero me alegro de que estés bien.

—Igualmente, Raúl. Dale mis saludos a… —Daniel se detuvo, confundido.

Estrecharon la mano. La de Raúl estaba helada, un frío que no era de invierno, sino de ausencia. Un frío de mármol. El contacto fue breve, pero dejó una sensación residual en la piel de Daniel.

—Cuídate —dijo Raúl, y continuó su camino, desapareciendo en la misma luz opaca de la que había surgido.

Daniel se quedó un momento quieto. Qué extraño, pensó. Su mano… debía estar nervioso. No le tomó más importancia y continuó su camino, mientras una ráfaga de viento levantaba un periódico viejo del suelo. Las páginas giraron en el aire y por un instante Daniel creyó leer su propio nombre en un titular, pero la hoja se deshizo en el aire, convirtiéndose en una nube de confeti gris antes de tocar el suelo. Se encogió de hombros. Las ilusiones ópticas eran comunes, producto del cansancio. Nada de qué preocuparse.

Finalmente, divisó el centro de salud. Era un edificio moderno, de cristal y acero, pero la luz que lo bañaba le daba un aspecto irreal, como una maqueta. La fila de personas que esperaba fuera no era larga. Unas diez o doce figuras, todas de pie, inmóviles, mirando al frente con una paciencia infinita. No hablaban entre ellas. No miraban sus teléfonos. Simplemente esperaban. Daniel se sintió reconfortado por su disciplina. Ves, se dijo, gente consciente. Ciudadanos modelo.

Se colocó al final de la fila, detrás de un hombre con un sombrero que le tapaba la cara. El tiempo se estiró de nuevo, volviéndose denso y pegajoso. Daniel sentía que habían pasado horas, o quizá solo minutos. El sol, si es que había sol, no se movía en el cielo. La sombra del edificio permanecía fija, como pintada sobre el pavimento. Nadie en la fila parecía impacientarse. Nadie tosía. Nadie se movía.

La fila avanzó, no porque la gente caminara, sino porque las figuras de adelante simplemente se desvanecían al llegar a la puerta. Cuando le llegó el turno al hombre del sombrero, este se quitó el sombrero revelando un rostro de cera y, sin mediar palabra, se disolvió en la luz gris del umbral. Ahora era el turno de Daniel.

Detrás de un sencillo escritorio de madera, una mujer de bata blanca y rostro sin edad lo esperaba. No había computadoras, ni jeringas, ni el habitual parafernalia médica. Solo un gran libro de contabilidad abierto sobre la mesa. La mujer levantó la vista. Sus ojos, oscuros y profundos, parecían contener la paciencia de los siglos.

—Su nombre —dijo, con una voz que no era ni amable ni hostil. Era, simplemente, una voz.

—Daniel Cervantes —respondió él, y el sonido de sus propias palabras le pareció ajeno, un eco lejano.

La mujer asintió lentamente y pasó un dedo por una de las páginas del libro.

—Ah, sí. Cervantes. Aquí está. Permítame el pulso, por favor.

Daniel extendió el brazo sobre el escritorio. Qué profesionalismo, pensó. Verifican los signos vitales antes de proceder. Todo en orden. Todo bajo control.

Ella posó dos dedos fríos, increíblemente fríos, sobre su muñeca. El contacto fue como una descarga de hielo que por primera vez pareció perforar la niebla de sus pensamientos. La mujer mantuvo los dedos allí por un largo momento, con la mirada fija en un punto invisible sobre el hombro de Daniel. Luego, muy lentamente, bajó la vista hacia él.

—Señor Cervantes —dijo, y su voz era tan llana y definitiva como una lápida—. Usted no necesita ninguna vacuna.

Daniel parpadeó, confundido. La lógica de su monólogo interior se fracturó.

—Pero… es el refuerzo. La campaña. Soy un ciudadano…

La mujer lo interrumpió, no con rudeza, sino con la simple fuerza de un hecho irrefutable. Levantó la mano de su muñeca y la dejó suspendida en el aire, señalándolo a él, a su cuerpo, a su estado.

—Señor Cervantes —repitió, y en el silencio algodonoso, cada sílaba cayó con el peso de una palada de tierra—. Usted tiene tres días de muerto. Está en la antesala de las puertas de San Pedro.

El monólogo se detuvo. El engranaje perfecto se rompió. Por primera vez en tres días, Daniel Cervantes sintió el verdadero silencio. Y esperó.

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