
Sumérgete en «La Escuela Junto al Río», un cuento de Edgar Sánchez Quintana que entrelaza la memoria ancestral de Tlaxcala con la corrupción moderna, revelando cómo la naturaleza y la historia reclaman su justicia.
I. La Memoria del Agua (1970)
Antes de que el tiempo se convirtiera en una línea recta de obligaciones y desengaños, la vida era un círculo perfecto de polvo y sol que giraba en el patio de la escuela primaria Emiliano Zapata. Era 1970 en el corazón de Tlaxcala, y yo, Emilio Galicia, un niño de siete años con las rodillas perpetuamente raspadas y una inocencia tan resistente como la mala hierba, medía el universo en la distancia que mi pelota de plástico podía volar antes de besar las aguas oscuras del río Zahuapan. La escuela, un edificio vetusto de muros gruesos y promesas susurradas, se aferraba a la orilla como un animal sediento, indiferente al veneno industrial que teñía el agua, un veneno que los adultos llamaban progreso y que para nosotros era solo el desafío maloliente que debíamos cruzar para rescatar un juguete perdido.
Recuerdo a la maestra Cleotilde Gómez, fundadora del sindicato, una mujer de voz firme y mirada sabia que nos hablaba de las fuerzas de la naturaleza. «Así como la tierra tiembla», nos decía en su aula de tercer grado, «los ríos también tienen memoria y furia. Debemos estar atentos, ser conscientes de que somos apenas invitados en este mundo». Sus palabras sonaban a profecía, aunque en ese entonces solo nos preocupaba que la pelota no fuera a caer, otra vez, a las aguas negras del Zahuapan.
Mi abuelo me contaba otra historia. «En mis tiempos», decía con los ojos perdidos en el recuerdo, «nos bañábamos en ese río. Y justo ahí, donde ahora está tu escuela, vimos una noche una luz que se movía entre las piedras, un espejismo refulgente que salía de la tierra. Intuíamos que ahí había un secreto guardado».
El río canta su canción de limo y eternidad. Dice: He visto imperios de piedra levantarse y caer en polvo. Sus ambiciones son olas que rompen en mi orilla y se desvanecen. Yo permanezco.
II. El Discurso del Progreso (2026)
Cincuenta y seis años después, la presidenta municipal de Tlaxcala, Loredana Cuesta Cifuentes, se paró frente a un atril. Era una mujer de traje impecable y sonrisa calculada, la encarnación de una política clasista, déspota y convenenciera. A su lado, el regidor Sixto Sánchez, el director de Protección Civil Alberto Pérez Ornelas y el secretario de Salud Armando Méndez asentían a cada una de sus palabras.
«La escuela Emiliano Zapata», anunció Loredana a los periodistas, con un tono de fingida urgencia, «representa un peligro inaceptable. Los últimos estudios geotécnicos, que hemos encargado con la máxima celeridad, revelan la existencia de socavones y alarmantes grietas bajo la estructura. Esto, sumado a su cercanía con el río Zahuapan y el riesgo latente de enfermedades, nos obliga a actuar. Mi gobierno hará todo lo posible por proteger a nuestros niños. Demoleremos este viejo edificio y construiremos una nueva escuela, moderna y segura, en otro lugar».
La verdad, sin embargo, se negociaba en privado. En su oficina, Loredana cerraba el trato con un empresario de Oaxaca. El terreno de la escuela, estratégicamente ubicado, sería canjeado por la construcción del nuevo mercado. Los contratos ya estaban firmados; los moches, repartidos.
Una anciana de cabello blanco observaba la rueda de prensa en un pequeño televisor. Era Cleotilde Gómez, jubilada, quien ahora llevaba a su nieto a la misma escuela que ella ayudó a fundar. Negó con la cabeza. «Usan el miedo como pala para cavar sus tumbas», murmuró.
El río teje historias en su corriente turbia. Piensa: Se afanan por poseer la tierra que me contiene, sin entender que es la tierra la que los posee a ellos, solo por un instante. Su tiempo es un parpadeo en mi largo viaje hacia el mar.
III. El Castigo de la Tierra, el Agua y la Sangre
Fase 1: El Secreto Guardado
La primera excavadora golpeó el suelo del patio y se detuvo con un chirrido metálico. No era una roca. Al remover la tierra, los obreros encontraron la entrada a una caverna. El proyecto se detuvo. Pronto, arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia confirmaron el hallazgo: un complejo subterráneo con restos prehispánicos, el secreto que el abuelo de Emilio había intuido. El terreno fue declarado patrimonio cultural protegido por la federación. El contrato con el oaxaqueño se hizo polvo. Loredana, furiosa, tuvo que sonreír para las cámaras y hablar del «inesperado tesoro» que su administración había ayudado a descubrir.
Fase 2: La Boutique Inundada
Las hijas de Loredana, Mariana y Fernanda, no tuvieron la paciencia de su madre. Convencidas de que la burocracia era solo un obstáculo temporal, usaron sus influencias para abrir una boutique de lujo en una sección del terreno, argumentando que «revitalizaría la zona arqueológica». La comunidad, sin embargo, no olvidaba. Liderados por el murmullo silencioso de ancianos como Cleotilde, nadie compraba en esa tienda nacida de la soberbia. El verdadero golpe, sin embargo, vino del cielo. Una tormenta, como las que la maestra Cleotilde había advertido, hizo que el Zahuapan recordara su furia. El río se desbordó, y sus aguas negras inundaron la boutique, ahogando en lodo los vestidos de seda y los bolsos de marca. La naturaleza le recordaba a Loredana el peligro que ella había ignorado.
Fase 3: La Fiebre en Casa
La humillación pública y la pérdida económica fueron solo el preludio. Mientras Loredana intentaba gestionar la crisis, la verdadera tragedia golpeó su puerta. Mariana, su hija mayor, cayó enferma. Fiebre alta, sarpullido, tos. Sarampión. La enfermedad que Loredana había usado como arma retórica ahora consumía a su propia hija. La investigación epidemiológica reveló que el brote se debía a los recortes en el presupuesto de salud pública, fondos que habían sido desviados para proyectos como el del mercado. La hipocresía de Loredana se había vuelto viral.
IV. Epílogo
Emilio creció, tuvo hijos. Loredana envejeció, marcada por el escándalo y la tragedia familiar. La escuela Emiliano Zapata, aunque nunca fue demolida, tampoco volvió a abrir. Se convirtió en un monumento silencioso, custodiado por el secreto de la tierra y la memoria del agua.
El río, a pesar del tiempo que circula, toma su cauce y continúa. Murmura: Sus vidas son hojas que arrastro en otoño. Creen que sus actos son definitivos, pero solo son un murmullo más en mi memoria líquida. Yo sigo, frescamente, fluyendo.
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