Edgar Sánchez Quintana

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Imagen hiperrealista de dos hermanas gemelas idénticas vestidas de novia con trajes tradicionales mexicanos bordados. Una hermana tiene una expresión de preocupación y sostiene una flor blanca pequeña, mientras la otra muestra una sonrisa traviesa y sostiene una rosa roja. Al fondo, se aprecia una vibrante fiesta de pueblo con mariachis, decoraciones coloridas y la silueta de los volcanes bajo un cielo despejado.

Descubre «Gemelas», un fascinante relato de Edgar Sánchez Quintana que entrelaza las ricas tradiciones de una boda en Tlaxcala con un inesperado y perturbador giro de identidad que cambiará la vida de dos hermanas para siempre.

El día pintaba opaco por la ceniza de don Goyo. Yo no tenía otra cosa que hacer más que perder el tiempo, como envidiablemente nadie más lo hace, cuando sonó el teléfono. Era mi amigo Marcelo, con una invitación para acompañarlo a Los Reyes Quiahuixtlan.

Nos vimos en un punto cercano y tomamos la combi que nos llevaba por ese rumbo. En el colectivo me informó que íbamos a una boda. Yo no soy mucho de fiestas, y menos de bodas, y tampoco llevaba ropa adecuada para la ocasión, pero en fin, como sea y como cayera, nos fuimos a la boda. Para matar el tiempo, esperamos un poco tomándonos un refresco en una tenducha. A las tres de la tarde, la comitiva nupcial apareció.

A la cabeza, un cuarteto de jóvenes a pie: las dos novias, idénticas y radiantes, y los dos novios, de traje negro y corbata. Se veían tan contentos como si vinieran de firmar su divorcio. Ellas lucían vestidos de novia sin mácula de error, perfectos. Detrás, los mariachis y el resto de los invitados.

La calle era de terracería y en cuesta. Los pajes, levantando la cola de los vestidos, incrementaban la polvareda adrede, como si quisieran dejar una estela bien marcada, y cada uno se ganó un coscorrón de su respectiva madre. En la entrada de la casa, grandes lianas de margaritas y ramas adornadas enmarcaban una estrella, el símbolo de que allí se casaban mujeres. En este caso, dos gemelas idénticas, delgadas y frutales.

El ambiente ya estaba montado. El conjunto musical a la izquierda, y frente a él, grandes mesas dispuestas para el banquete. A un lado, dos baños rústicos tipo fosa séptica; al otro, un tapanco de tepetate de metro y medio, y sobre él, un jardín de pasto y hierbas con una regia planta de nopal.

A lo lejos, como un telón de fondo, se dibujaban la ciudad de Tlaxcala y las siluetas imponentes del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. La historia de las gemelas era bien conocida en el pueblo. Había muchos padrinos, pues casi todos habían participado de alguna manera en la vida de las hijas de don Carmelo. Nara y Nariara cantaban en el coro de la iglesia y eran activas en la pastoral juvenil. Nacieron agarradas de la mano, un presagio que su madre siempre consideró bueno. Lo que no le agradó tanto fue su asombroso parecido. Al principio, le costaba saber quién era quién, pero con el tiempo aprendió a diferenciarlas por su carácter. Una era muy llorona; la otra, un trompo que no se estaba quieto. Ya en la adolescencia, las diferencias se acentuaron: una, Nara, decía siempre la verdad; la otra, Nariara, mentía todo el tiempo. Nara era recatada; Nariara, enamoradiza y risueña con los hombres. Conocieron a sus ahora esposos en lugares distintos. Nara encontró a Vicente en el coro, donde él tocaba la guitarra y, a veces, llevaba serenatas a las novias de sus amigos. Vicente, hijo de un comerciante de manzanas, acababa de terminar la carrera de Administración. Nariara, por su parte, conoció a Fermín en un antro. Él había estudiado en el Tecnológico de Apizaco y trabajaba como ingeniero en cómputo en la sucursal de IBM en Puebla. Los dos noviazgos prosperaron, los cuatro se hicieron buenos amigos y decidieron casarse en una sola fecha, un sueño que compartían desde hacía mucho tiempo, casi como una repetición de su fiesta de quince años. Enamoradas de sus raíces, siguieron las tradiciones de Los Reyes Quiahuixtlan al pie de la letra.

Cargaron la cruz de flores a la entrada de la casa, tomaron su tarro de pulque, fueron llevadas en brazos por sus esposos hasta la carpa del banquete y se hincaron para recibir la bendición de padres y padrinos. Luego vinieron los bailes: el chochocol, el del guajolote, el vals y la víbora de la mar. De comida sirvieron mixiote, arroz y mole con tortillas de comal. Para beber, pulque, agua de Jamaica, refrescos y bebidas preparadas por un pariente que era barman en el conocido bar “El Sótano”. La fiesta se llevó a cabo sin grandes sobresaltos. Todos disfrutaron del festín y el jolgorio. Cuando pasaron a pedir dinero para la luna de miel, la gente fue generosa. Ya tenían reservado el hotel Elcano en Acapulco, sobre la costera Miguel Alemán, por tres días y dos noches. De regreso, planeaban visitar a unos familiares de Vicente en Chilpancingo y luego pasar unos días en Taxco.—¿Gustan cooperar para el viaje de bodas? —dijo Nariara, acercando una zapatilla con dinero.—Claro. Que la pasen muy bien en su luna de miel y que sean muy felices tú y tu hermana. Todo ha estado muy bien, gracias por todo —afirmó Marcelo, acomodando un billete generoso.

Más tarde, las hermanas y sus esposos contaban el dinero entre risas.—Mira, hermana, ¡ya juntamos un buen! —exclamó una.—Oye, a ver, vamos a ver cuánto juntaron ellos.—¿Cuánto llevan?—¡Ya juntamos pa’ las caguamas! —bromeó uno de los novios.—¡Cállate, qué caguamas! Necesitamos para la gasolina y las casetas. A ver, nosotras juntamos más.—Pues claro, ustedes están de locales y nosotros de visitantes.—Por eso las queremos tanto.—Mua, mua. Ya en Acapulco, el calor las recibió con una bofetada húmeda.—Mira, hermana, ¡qué bonito hotel! ¡Ay, cuánto calor! Vamos a las habitaciones. Lo bueno es que están juntas, la vamos a pasar bien. ¡Ayyy, ya quiero estar con él! —dijo Nariara.—¡Ay, picarona! —rio Nara.—Yo también quiero estar en sus brazos. Todo esto es maravilloso, parece un sueño.—Me voy a poner el negligé blanco.—Ahorita que suban a la habitación brindamos y cada quien a lo suyo. Pero ya es muy tarde, hay que dormir.—Yo lo último que quisiera es dormir —susurró Nariara—. Quiero hacer el amor con él incansablemente. Ay, Fermín, mi amor. En la habitación, los cuatro brindaron. Las botellas de vino y algo de reserva que habían llevado se descorcharon entre risas y recuerdos de la fiesta.—¡Se fijaron cómo la tía Juana se puso como trompo después de todas esas copas que se tomó! —comentó Vicente.—¡Jiji, no manches! Todo el mundo lo va a comentar. La noche transcurrió entre anécdotas, bromas y el murmullo del mar que se colaba por la ventana. El cansancio y el alcohol finalmente los vencieron, y cada pareja se retiró a su respectiva habitación.

La mañana los descubrió durmiendo plácidamente. Era un hermoso día soleado, y el calor acapulqueño, alharaquiento, fue el primero en despertar a las gemelas. Nariara, con los ojos muy abiertos en la penumbra, sacudió suavemente a su hermana, que dormía a su lado. En voz baja, casi un siseo, soltó la bomba:—Nara, despierta. Oye… te acostaste con mi Fermín. Y yo con tu Vicente. Nara abrió los ojos. El mundo se le vino encima. Se miraron, idénticas en su espanto, y se agarraron de las manos, así como habían nacido.—Virgen santísima, ¿y ahora qué? —susurró Nara, con el pánico helándole la sangre. La verdad, su ancla, su única certeza, se había hecho añicos. Nariara, la mentirosa, la que siempre encontraba una salida, la miró con una calma aterradora. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, asomó en sus labios.—Pues no sé… —dijo, y su tono era de una falsa inocencia—. No los vayas a despertar. Nara la miró, buscando una respuesta, una solución, pero solo encontró el reflejo de su propio rostro en los ojos de su hermana. Por primera vez en su vida, la verdad le pareció un castigo insoportable.—No les digas nada —continuó Nariara, su voz ahora firme, como si dictara una sentencia—. Al cabo que no creo que se den cuenta. Anda, ya métete a la regadera, yo haré lo mismo. Y ponte ese bikini azul, el muy provocativo. A él le va a gustar.

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