Edgar Sánchez Quintana

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Retrato hiperrealista de un hombre de facciones rudas y cuerpo robusto vestido con una chamarra de cuero oscura sobre un uniforme policial. Su mirada es intensa y decidida, con las manos vendadas sugiriendo entrenamiento en artes marciales. Se encuentra en una calle empedrada de Tlaxcala al atardecer, con los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl de fondo bajo un cielo dramático.


Conoce la impactante vida de «Kid Palotes», un policía de Tlaxcala que ocultaba tras su uniforme la maestría de un guerrero ninja, en esta crónica sobre lealtad, disciplina y resistencia.

De cara tosca y cuerpo grandote, Kid Palotes era la imagen perfecta del policía que espanta a los niños. Así le habían apodado en la corporación donde laboraba, aunque algunos también le decían «el Tonfas» por su maestría para apuntar garrotazos a los más insumisos, siempre de manera precisa y profesional. Era un artemarcialista con muchos años de estudio en Bujinkan Budo Taijutsu, un arte que otros llamarían ninjutsu. Dudo que en la corporación supieran del profundo conocimiento que poseía; para ellos, no pasaba de ser el “ninja loco” por su comportamiento a veces incomprensible. Era hosco y reservado, sobre todo con los desconocidos, y faltaba a tantas reglas sociales que a menudo parecía no entenderlas o, simplemente, le sacaban de quicio.


La historia de Kid Palotes se remonta a finales de los años setenta, cuando las artes marciales estaban en su apogeo y los jóvenes mexicanos imitaban los movimientos de Bruce Lee. Tlaxcala no fue ajena a esa marejada de cultura popular, y aquí también surgieron fanáticos del kung fu y el karate. Kid Palotes era un enamorado de este arte y coleccionaba todas las revistas sobre el tema. Su ensimismamiento era tal que no es mentira decir que, como a un artemarcialista de película, le sangraban las manos y los nudillos por el entrenamiento excesivo. Me tocó verlo practicar con un bastón bō contra un árbol o un poste de madera; cada golpe era letal.


Llegamos a entrenar juntos. Era muy perfeccionista, y cada movimiento tenía su razón de ser. El arte marcial que yo practicaba era Lima Lama, pero el suyo abarcaba áreas que yo desconocía. Como profesor, siempre me cuidó mucho, aunque el Bujinkan es un arte fuerte, diseñado para la guerra y la estrategia. Supe que en algunos entrenamientos había lastimado seriamente a compañeros, y su propia esposa me advirtió que no entrenara con él porque podría lastimarme. Tal era su apasionamiento que a veces no distinguía un entrenamiento intenso de un ataque real. Y, en su lógica, así debía ser.El maestro de Kid Palotes era Gustavo Sánchez, un profesor de Atlixco, Puebla, cuyo instructor directo era Masaaki Hatsumi, sōke (gran maestro) de la Bujinkan Budo Taijutsu y poseedor de las nueve tradiciones ninja.
En la década de los noventa, Kid Palotes llegó a diseñar y fabricar equipo táctico ninja para los grupos de guardias presidenciales. Era equipamiento que no estaba a la venta y cuyos usos muy pocos conocían. Cuando terminó el sexenio, le requisaron su taller, confiscaron toda evidencia del equipo realizado y le prohibieron volver a fabricar esos materiales. La amenaza fue clara: si se enteraban de que lo hacía, le “partirían su madre”. Quizás lo que buscaban era evitar la insurgencia de grupos bien adiestrados con conocimientos sobresalientes. Llegó a mostrarme bóxers para golpear, espinilleras de plástico duro, antebraceras que podían parar un machetazo, botas con una punta de acero retráctil y, por supuesto, shuriken y demás armas de su arte.


Kid Palotes tuvo una esposa, pero no hijos propios. Crio a la hija de ella como si fuera suya. Su esposa, una ex policía, se dedicaba a prácticas esotéricas. Hacía limpias y sanaciones, pero tenía un carácter irascible y, a veces, no controlaba su energía, llegando a hacer daño con solo maldecir. Andaba inmiscuida con grupos de brujos, manejaba amarres y conjuros, y sospecho que eso fue lo que la llevó a la muerte. La secuestraron. Su cuerpo apareció sin cabeza; tiempo después, la cabeza fue encontrada de manera circunstancial. Kid Palotes andaba muy asustado, porque los judiciales lo llevaron a la procuraduría para que confesara si él la había matado. Le dieron su paliza, pero no lograron sacarle una confesión falsa, porque él no había sido. Además, ya había estado en circunstancias similares en décadas anteriores y conocía la ceguera al dolor de quien ya está curtido.


Kid Palotes era coherente consigo mismo. Siendo policía, fue incapaz de ser corrupto y prestarse a las mañas de muchos, lo que le granjeó enemistades dentro de la corporación. Era marginado y sufría vejaciones en su trabajo, pero sabía cómo cobrárselas con una venganza bien armada. Si sabes ninjutsu, sabes el arte de la estrategia. Tarde o temprano, la tienes ganada.


Cuando estaba en turno, a menudo lo asignaban a los grupos antimotines en distintos municipios. Así, se vio en medio de conflictos en Texoloc, Nativitas y Tlaxcala capital. Siempre lo ponían como punta de lanza para desarmar a rijosos con machetes, a borrachos con garrotes o a drogadizos indolentes.
Tuve la fortuna de aprender de él el manejo del tonfa, del PR-24, algo de katana y gotompo, entre otras muchas cosas. Su amistad me enriqueció y me ayudó a comprender vidas distintas y pensamientos diversos. Su apasionamiento me enseñó que lo que te gusta debes desarrollarlo, pulirlo, acrecentarlo y nunca dejar de aprender.


Kid Palotes no murió de COVID-19. Tenía diabetes, y se le complicó. Me enteré de su muerte meses después. Esto es una reseña de su vida y un reconocimiento a mi maestro.

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Una respuesta a «Kid Palotes»

  1. Avatar de Pedro Jose Muñoz Carranza

    Siempre hay de quien aprender a llevar la vida.

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