Edgar Sánchez Quintana

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Imagen cinematográfica e hiperrealista en una habitación blanca minimalista. Un hombre está sentado en una silla, sin vida, mientras una figura etérea y traslúcida se mantiene de pie frente a él con una expresión compasiva. Detrás del cuerpo inerte, se abre un portal circular de luz dorada brillante que simboliza el tránsito hacia el más allá.

¿Qué sucede cuando el que guía hacia la luz es quien realmente necesita cruzar? Descubre «Cuando se Acabe la Cuarentena», un impactante relato de Edgar Sánchez Quintana sobre la ironía de la muerte y la paz final.

—Mis esperanzas son muchas, todo depende de que este problema se acabe. Lo que ya quiero es ponerme en movimiento, hacer cosas que hace mucho había planeado y que ahora que he estado parado ya es el momento de ponerlo en práctica. A veces pasa que no valoramos las cosas, como cuando salía uno a la calle con total libertad, y que ahora valoramos. Quiero hacer cosas como decirle a ella cuánto la quiero, y otras cosas que quiero hacer. Cuando se acabe la cuarentena ahora sí voy a ponerme las pilas y sin miedo voy a enfrentar la vida. ¡Ahora sí me voy a poner bien chingón, ya lo verán! —

El hombre se observa en un sitio amplio y solo, detenido en sus pensamientos, imbuido hacia dentro. Sus cavilaciones son un tiempo detenido, aquietado hacia sí mismo. La habitación, blanca y sin ventanas, parece suspendida en una dimensión ajena al mundo exterior. No hay reloj. No hay calendario. Solo el monólogo incesante de sus esperanzas.

Rafael, terapeuta holístico y médium, escucha los pensamientos de este hombre y trata de ayudar. Ha estado trabajando con él durante semanas, canalizando su energía, intentando guiarlo hacia la paz.

—Dirígete a la luz, ve a la luz —dice Rafael, con una voz que suena como si viniera de muy lejos, como si fuera una bocina en su entorno.

El hombre escucha y capta el mensaje. Lentamente, comienza a moverse. Su cuerpo, hecho un vapor, como perfecta alma en pena, se desplaza por la habitación. Pero no se dirige hacia ninguna luz externa. Lentamente, se da la vuelta y se acerca a Rafael, el médium.

Una sonrisa triste, casi compasiva, se dibuja en su rostro etéreo.

—No, amigo —susurra el alma en pena, y su voz suena como el viento rozando un cristal—. La luz no es para mí. Es para ti.

Rafael, confundido, intenta retroceder, pero siente sus pies pegados al suelo. El alma en pena levanta una mano translúcida y señala hacia el rincón de la habitación donde Rafael está sentado.

—Mírate —le dice.

Rafael, con un terror que no había sentido nunca, gira la cabeza. Y entonces lo ve. Su propio cuerpo, desplomado en el sillón, con la piel pálida y los ojos vidriosos, fijos en la nada. Lleva ahí tres días, desde el infarto fulminante. Él, el gran médium, el terapeuta holístico que se suponía que podía ver más allá del velo, no se había dado cuenta de que era él quien había muerto en plena sesión.

El cliente que creía estar canalizando no era un paciente vivo buscando paz. Era su guía espiritual, su ángel guardián, que había venido a ayudarlo a cruzar sin que él lo supiera.

—La cuarentena se acabó para ti, Rafael —concluye el alma en pena, con una ternura infinita—. Yo solo soy el que viene a ayudarte a cruzar. Ahora, por favor, dirígete a la luz.

Una puerta de luz se abre detrás del cuerpo inerte de Rafael. Es blanca, cálida, y emite una paz que Rafael nunca había experimentado. El médium, ahora consciente de su propia condición de fantasma, comienza a caminar hacia ella, mientras el otro espíritu, su trabajo cumplido, se desvanece en el aire.

Rafael da un último vistazo a su cuerpo abandonado en el sillón. Tres días. Nadie lo había encontrado. Nadie lo había buscado. Pero eso ya no importaba. La cuarentena había terminado para él, de una manera que nunca hubiera imaginado.

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