
Sumérgete en «Manual para ser detenido sin querer» de Edgar Sánchez Quintana: un relato irónico que expone el absurdo de la protesta social y la facilidad con la que un espectador puede convertirse en víctima de la burocracia represiva.
El sol era una yema de huevo frita sobre el comal del cielo, y el calor, un animal baboso que se me trepaba por la espalda. El trajín de la calle, el tufo a humanidad del transporte público, el sudor caliente que se me acuartelaba en los sobacos; todo sumaba. Gotas empapadas me resbalaban por la frente lisa y el pantalón se me había vuelto una plasta pegajosa, un dulce de pepitoria adherido a las piernas. Arriba, unas nubes hacían la finta de que iba a llover, pero era pura mueca, una burla celestial que solo servía para espesar el bochorno.
Estoy parado sobre la banqueta, viendo cómo un puñado de gente cierra la calle. Los cláxones, desesperados, se tropiezan en los oídos como chivos sin mecate, una sinfonía de estropajo que me empieza a ladrar en los nervios. Asomo a mis dientes una sonrisa caducada, un gesto alimonado que se me estropea en la cara. Y yo, con mi tolerancia eucarística ya zangoloteada, lo que quiero es reclamarles por no dejar pasar los coches. Muy valiente el hombre, aunque no tenga auto, ni pito que me toquen.
—¿Qué es lo que pasa allá, saben algo? —le pregunto a un señor que vende chicles, más por matar el tiempo que por interés genuino.
—Están haciendo manifestación. Creo que protestan por justicia —responde, sin dejar de mirar al frente, como si viera una película repetida.
—A ver, voy a ver y ahorita les platico —digo, sintiéndome el corresponsal de una guerra que no me importa.
Me acerco al epicentro del desmadre. Los manifestantes se ven novatos, como si los hubieran sacado de un casting para una película de bajo presupuesto. Lucen en sus rostros tostados una sapiencia caducada, como si el propósito de su lucha se les hubiera olvidado en el camino. Veo a uno, un mofletudo con aires de Sancho Panza, y le suelto la pregunta:
—¿Y ustedes qué reclaman, por qué cierran la calle?
El tipo titubea, mira a sus compañeros como buscando el guion, y luego, con una genialidad pasmosa, se dirige a su propia gente:
—A ver, ustedes díganme, ¿por qué estamos protestando?
Nadie le contesta. La duda flota en el aire, más densa que el calor. Me acerco a otro, un chavo con una pancarta en blanco.
—Oye, que están reclamando, ya se hizo un caos aquí en la calle.
—Es que lo que queremos es que la gobernadora nos escuche —me dice, con una convicción que casi me da lástima—. No nos hace caso y necesitamos presionar.
—Pero si la gobernadora no está. Anda en Europa, en una gira de trabajo —le informo, como quien revela el final de un truco de magia barato.
El chavo se queda quieto. La pancarta se le afloja en las manos. Suelta un suspiro largo, una mezcla de derrota y revelación, y luego murmura para sí mismo:
—Apoco sí… Hija de su chingada madre.
Me alejo de ellos, con una risa cínica que se me atora en la garganta. Qué espectáculo. Un circo de tres pistas sin leones ni payasos, solo un montón de gente protestando contra una silla vacía. Me recargo en una pared, a una distancia segura, para disfrutar del último acto.
Y entonces, como si el director de esta ópera bufa hubiera decidido que faltaba un poco de acción, apareció un camión de antimotines. Se estacionó a media cuadra, con la parsimonia de un elefante cansado, y de su interior empezaron a bajar policías vestidos de Robocop. Escudos, cascos, toletes; el kit completo para dialogar con el pueblo. No parecían tener prisa. Se formaron en una línea, una muralla de plástico y aburrimiento bajo el sol inclemente.
De entre ellos, uno se adelantó. No era el más grande, pero tenía un aire de autoridad burocrática, como de gerente de sucursal de la violencia. Se llevó un radio a la boca y escuchó. Yo, desde mi palco de primera fila en la banqueta, no podía oír las órdenes, pero me las imaginaba: «Procedan con el protocolo 7-G: Dispersión de Inconformes Desorientados».
El oficial, llamémosle Sargento Pérez para darle un nombre a mi verdugo anónimo, bajó el radio y se dirigió a sus hombres. No gritó. No arengó. Solo dijo algo en voz baja, y la muralla de escudos empezó a avanzar. Lento. Casi con pereza. Un paso, golpe de tolete contra el escudo. Otro paso, otro golpe. Un ritmo monótono, como el de una fábrica de represión.
Los manifestantes, que seguían tratando de averiguar por qué estaban ahí, se encontraron de pronto con un propósito: el miedo. Empezaron a retroceder, a tropezarse entre ellos. El Sancho Panza mofletudo fue el primero en correr. El chavo de la pancarta en blanco la usó para cubrirse la cabeza, como si eso pudiera detener un toletazo. Era un caos patético, una estampida de gallinas sin cabeza. Y yo, recargado en mi pared, no podía dejar de sonreír. El gran final. La comedia del absurdo en su máxima expresión.
La mayoría de los manifestantes se dispersaron como cucarachas cuando se prende la luz. En menos de un minuto, la calle estaba casi vacía, con solo algunas pancartas olvidadas y la dignidad pisoteada. Yo seguía en mi sitio, recargado en la pared, disfrutando del epílogo. El Sargento Pérez, en lugar de perseguir a los que corrían, se detuvo. Miró a su alrededor, como un depredador que ha perdido a su presa, y entonces sus ojos se posaron en mí. El único punto fijo en un mar de movimiento.
Comenzó a caminar hacia mí. Con calma. Con esa parsimonia burocrática que hiela la sangre. Yo no me moví. ¿Por qué habría de hacerlo? Era un espectador, un ciudadano ejemplar que no obstruía el tráfico peatonal. Seguramente venía a decirme que circulara, a darme las gracias por mi cooperación cívica. Incluso preparé una de mis sonrisas cínicas para la ocasión.
Se paró frente a mí. Su rostro, inexpresivo bajo el casco, no me miraba a mí, sino a través de mí.
—Buenas tardes —le dije, con un toque de ironía que, por supuesto, no captó.
—Buenas tardes —respondió, con la misma monotonía con la que se lee un reporte—. Queda usted detenido.
Mi sonrisa se congeló. Se hizo un nudo en mi cara. Debo haber escuchado mal. El calor, el sudor, el ruido de los cláxones… todo eso debía haberme afectado el oído.
—¿Disculpe? Creo que hay un error. Yo solo estaba mirando. No soy parte de… esto.
El Sargento Pérez sacó unas esposas de su cinturón. El sonido del metal fue lo más real que había escuchado en toda la tarde.
—La orden es clara —dijo, como si me explicara el reglamento de tránsito—. Agarrar a todo revoltoso que ande en las inmediaciones. Usted está en las inmediaciones. Por lo tanto, es un revoltoso.
La lógica era tan aplastante, tan pura en su estupidez, que no supe qué decir. Dos de sus Robocops se acercaron y, con una eficiencia que ya hubieran querido los manifestantes para su protesta, me tomaron de los brazos. No hubo violencia. Fue un trámite. Un papeleo físico.
Mientras me llevaban hacia la patrulla, con las manos esposadas a la espalda, pasé junto al señor que vendía chicles. Me miró con una mezcla de pena y curiosidad. Le devolví la mirada y, con la última pizca de cinismo que me quedaba, le dije:
—Al final, sí tuve algo que platicarles.
Me subieron a la patrulla. La puerta se cerró y, a través de la rejilla, vi cómo la calle volvía lentamente a la normalidad. Los coches empezaban a pasar. El sol seguía friendo el asfalto. Y yo, el espectador, el crítico, el hombre que no tenía coche ni pito que le tocaran, me había convertido, por fin, en el protagonista de la función.
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