Edgar Sánchez Quintana

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Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra al guerrero tlaxcalteca Tlahuicole en el altiplano, apuntando con su arco hacia el horizonte. A sus pies yace un enorme dragón derrotado, mientras al fondo se impone la silueta del volcán La Malinche bajo un cielo dramático al atardecer.

¿Y si la Conquista de México fue una venganza por dragones caídos? Descubre «Tlahuicole, el Cazador de Dragones», un relato de Edgar Sánchez Quintana que redefine la historia con mitos, linajes atlantes y secretos reales.

El indio disparó la flecha como quien lanza una mirada al vacío, pero con el ojo cerrado, como un sabedor de distancias y aerodinámicas. Y dio en el blanco. Lo supo porque aquel pajarraco oscuro cambió de rumbo y, en la lejanía, fue a estrellarse contra la montaña Malinche.

Muchos saben, y bastantes entienden, que el mundo no es exactamente lo que parece. Se habla de la existencia de seres reptilianos, lagartos que controlan el planeta desde las sombras, camuflados en los círculos de poder más emblemáticos. Y así como la reina Isabel II tenía sus corgis para parecer más humana, estos reptiles tienen sus propias mascotas: dragones de distintos tamaños, bestias que utilizan para espantar a los niños o, como en este caso, para vigilar sus dominios.

Los reptilianos aprecian tanto a sus mascotas que las inmortalizan en sus escudos heráldicos y en sus iglesias. El rey Enrique VIII de Inglaterra esperaba el regreso de su par de dragones, a los que había enviado a circundar las regiones de América para vigilar si los vikingos habían pisado ya esa comarca. Pero los dragones se adentraron demasiado, llegando hasta la altiplanicie mexicana, a la región de Tlaxcala.

Uno de ellos fue muerto por un guerrero tlaxcalteca aún no muy conocido: Tlahuicole. Este guerrero era uno de los últimos descendientes de los atlantes, nieto de un sacerdote de los Atla-ra, custodio de las puertas que conectan con los sitios dragón interiores y exteriores del planeta. Tlahuicole, sin embargo, era ignorante de su linaje y no sabía más que lo que se le había enseñado como guerrero de clase alta.

Enrique VIII, mientras tanto, quería que su hijo descubriera en Portugal a sus queridas mascotas, pero el príncipe tuvo que ir a casarse sin sus vigías. Eran tiempos en que el sultán Suleimán expandía su imperio y el pirata Barbarroja atacaba las costas italianas. El rey, para estabilizar su poder, recurría a la magia y a otros conocimientos ocultos. Su völva (bruja) personal, una anciana letona llamada Freysa, quedó ciega de su visión a distancia, primero de un ojo y luego del otro, mientras intentaba localizar a las bestias. Usando belladona y beleño, le comunicó al rey que sus dos mascotas habían muerto en aquellas tierras de ultramar, donde moraban los últimos descendientes de los Atla-ra. Un indio de aquellas regiones había matado a uno; el otro, un emperador azteca llamado Moctezuma.

La conquista de lo que después sería la Nueva España no fue otra cosa que una venganza de Enrique VIII por sus mascotas muertas. Esos dragones, sobrevivientes de tiempos ancestrales, eran más reales que los mitos del rey Arturo. El monarca inglés envió a su hijo a convenir con los reinos de Portugal y España una alianza para vengar a sus “pobres cachorros”.

La conquista de México fue, pues, por culpa de dos mascotas muertas. Y aquí entra en escena un hidalgo conquistador llamado Hernán Cortés. La völva Freysa, al saber de la expedición que partiría de Cuba, se transmutó en un soldado español y se unió a la empresa para continuar con la venganza que su rey le había encomendado años atrás.

Tlahuicole murió con honores en el temalácatl, la piedra de sacrificio para guerreros capturados. Su cráneo fue conservado en un templo azteca dedicado a Huitzilopochtli. El objetivo de Freysa era claro: al conquistar el imperio, se llevaría el cráneo de Tlahuicole y el penacho de Moctezuma como trofeos de venganza.

Freysa logró su objetivo. El cráneo de Tlahuicole y el penacho de Moctezuma fueron enviados a Inglaterra como prueba de la venganza cumplida. Sin embargo, la völva no contó con el poder inherente de los objetos. El cráneo no era solo un hueso, sino un artefacto atlante que contenía la conciencia de Tlahuicole. El penacho no era solo de plumas, sino un canalizador de la energía de Quetzalcóatl. Juntos, en la misma bóveda del castillo de Windsor, los dos objetos comenzaron a resonar. La vibración fue tan potente que no solo borró la memoria de los dragones de la historia, sino que reescribió el linaje de Enrique VIII. Su obsesión por un heredero varón se convirtió en una maldición: sus descendientes serían cada vez más débiles, más enfermizos, hasta que la casa Tudor se extinguiera. La venganza de Tlahuicole y Moctezuma fue silenciosa, pero absoluta.

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