Edgar Sánchez Quintana

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Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra en primer plano una vibrante y bulliciosa escena callejera en Tlaxcala, con arquitectura colonial, mercados tradicionales (tianguis) y personas interactuando. En el fondo, sutilmente integrados, hay elementos modernos como un horizonte urbano distante, una pantalla de televisión que refleja noticias globales y, quizás, un tenue contorno de una combi (transporte colectivo). La imagen debe transmitir las ricas capas históricas de Tlaxcala coexistiendo con la vida contemporánea, enfatizando la mezcla de tradición y modernidad. La atmósfera debe ser animada, colorida y profundamente arraigada en su identidad cultural.

Por Edgar Sánchez Quintana

Tlaxcala, para mí, no ha sido meramente una ciudad donde vivir o un lugar para sentirnos cómodos con su pasado. Ha sido, más bien, el crisol donde la historia y el tiempo incesante se entrelazan, el contexto que une la tradición con la modernidad. ¿Por qué esta reflexión sobre la historia de Tlaxcala, como si estuviéramos ofreciendo un simple palmoteo?

Últimamente, me ha perturbado la actitud irreverente de la juventud hacia la ciudad y su historia, como si esta fuera una carga apestosa que nos obligan a arrastrar. Durante mis estudios grecolatinos, comprendí que la grandeza de los pueblos no residía solo en su riqueza cultural o en sus anales, sino en el respeto hacia su historia —lo que implica también el culto a sus héroes—; es decir, en la atención reverente a su ayer. Aprender de las situaciones pasadas nos permite no repetirlas y edificar sobre ese origen para engrandecer el futuro de la propia ciudad. La ignorancia de nuestras raíces solo nos cubre con una capa de inseguridad, y la incultura confirma la desconfianza sobre el porqué de nuestra existencia aquí. En contraste, nutrirnos de la historia nos otorga la firmeza de lo que hoy somos.

En ocasiones, he presenciado situaciones penosas, como cuando se profieren necedades para achacar problemáticas actuales a los antiguos naturales de la región o a los arcaicos españoles. En definitiva, no somos quién para juzgar la historia; nuestra labor es estudiarla, comprenderla y aprender de ella. Sin embargo, el desinterés que muestran los jóvenes de hoy —de manera genérica— resulta enojoso por su indiferencia ante lo histórico e incluso ante las expresiones tradicionales. Se percibe, a veces, que lo folclórico es una entidad a ocultar si se aspira a ser ciudadano de una urbe que vive la modernidad. Los distintos rostros de lo tradicional se confrontan con sombras de apatía por parte de quienes, ignorantes de la historia, se consideran hombres del presente. Lo peor es que no logran sintetizar su presente con ninguno de los fundamentos históricos —reitero, por ignorarlos—, lo que conduce a una incertidumbre existencial; es la vaguedad tosca la que asoma en sus semblantes tan juveniles y sonrientes. La etapa de la juventud es caótica en sí misma —sin que esto justifique las actitudes—, por lo que es preciso establecer anclajes para que no se convierta en un mero periodo de vacaciones. La comprensión de las cosas queda a menudo desgarrada por los arrebatos inconscientes de los adolescentes, quienes piensan que el conocimiento de la historia beneficia a otros, cuando en realidad son ellos los más beneficiados, pues reconforta el sentimiento ciudadano y genera orgullo al pisar esta tierra. Otros más juzgan la arquitectura de Tlaxcala como inoperante porque no se ajusta a los requerimientos funcionales de una ciudad naciente, pero si percibimos sus alcances, vemos a ciudadanos de otras partes visitando la entidad y enriqueciéndose culturalmente con nuestra riqueza histórica, asombrándose de la arquitectura colonial que nosotros estamos acostumbrados a ver a diario.

Así, la ciudad de Tlaxcala se erige como un punto medular en la historia particular del estado y, a la vez, un nodo circundante en la vasta Historia de México. Es un depósito histórico, legendario y fidedigno de los ires y venires de los hombres de esta región. Basta con recorrer el Palacio de Gobierno, la Parroquia de San José, los portales, el exconvento de San Francisco, Ocotlán, la capilla abierta, el Teatro Xicohténcatl, “el pocito” o el Palacio de la Cultura, para identificar la esencia de Tlaxcala. A esto se suman las nuevas atracciones y apreciaciones de la capital, como los escenarios ubicuos, el teatro del pueblo provinciano, con matices y semejanzas, e incluso más exigencias y necesidades que las ciudades norteamericanas, aunque con escasa vida nocturna. Sin embargo, cada familia conectada a una red televisiva que los encandila noche tras noche, es lo típico de la tlaxcaltequidad mezclado con la cultura de las grandes ciudades; es el pan de fiesta, el dulce de alegría combinado con los productos que llegan de muy lejos.

Pese a la tan nombrada pérdida de valores y de identidad, considero que los tlaxcaltecas permiten que sobreviva una miscelánea de transculturaciones y absorciones sin que ello borre aquello que caracteriza nuestra identidad regional: los mitos, el jolgorio, las fiestas, la tradición, las leyendas. Y en ello, la síntesis: las cintas hollywoodenses en el Cinema Tlaxcala, el náhuatl hablado en los portales junto al inglés de los turistas, el restaurante con gastronomía extranjera y los bocadillos de la cocina mexicana. El paisaje parcial de la tienda de regalos, de la estética unisex, de la panadería “La Picota”, de la decoración de interior al estilo moderno con la fachada de la ciudad colonial y el color granate en el muro; el centro comercial y el tianguis tradicional donde en algunos lugares todavía se negocia con el trueque; el antiguo callejón del hambre ahora transformado; los tamaleros con su producto en torta; el río Zahuapan y su “agüita”, o las parejitas en la ribera romántica; la avenida Juárez y su regimiento de bancos y otro tanto de policías; la ciudad pródiga en combis de transporte colectivo, y también en embotellamientos, manifestaciones, huelgas, asentamientos, unidades habitacionales de clase media, la avalancha de la fayuca, así como del turista chilango (el término descriptivo); de restaurantes y hoteles, de cafeterías y torterías como un mercado del sentarse, comer y ver. Todo alrededor importa; el ojo se encuentra observando la historia en cada esquina, en cada adorno de la arquitectura churrigueresca, colonial.

Habría que señalar lo que el tiempo ha traído: la década de los setenta, la fábrica Zahuapan en su apogeo, el mercado viejo y su centena de ratas de alcantarilla, el desborde del río Zahuapan, los jóvenes de “onda” retardada, mestiza y muy autóctona, y su música, la cumbia; el cine Matamoros —hoy desaparecido— presentando la película “El Exorcista”; Emilio Sánchez Piedras en el gobierno; los “gavilanes” haciendo lo suyo; los murales cultivando salitre; también los prostíbulos con fachada de loncherías. La provinciana capital de Tlaxcala participando con los movimientos culturales de un México cambiante, era Juan José Arreola publicando en El Sol de Tlaxcala, así como Carlos Fuentes y Cortázar, entre otros.

En los cambios se van gestando una serie de caracteres que es impreciso ver desde el interior del mismo proceso; es la regulación de la cotidianidad la que va aceptando los días siempre nuevos y, tal vez, siempre iguales. No mucho más que el día de la huelga de hambre de unos hombres, del calzón que le amaneció un día a la estatua de Xicohténcatl, de las pintas y grafitis de las bases magisteriales, de las manifestaciones en pro del equipo tricolor de fútbol, de la religiosidad que paraliza todo, de los desfiles suspendidos, de la crisis económica tocando la puerta de cada familia, de cada institución y empresa, de los desempleados que emigran a la capital de la república, a Puebla, a los Estados Unidos. De los días de viernes social de la juerga de fin de semana a Puebla, a Apizaco, a los centros nocturnos de otras entidades. Y así, los días de Super Bowl y del fin de la serie mundial se presentan comúnmente igual que en el país del norte, o los días en que se piensa igual que todo el mundo en los desastres de la guerra en Kosovo o los atentados en España, o los destrozos que deja la naturaleza en Centroamérica o las manifestaciones de Greenpeace por las pruebas nucleares o los acontecimientos últimos en las negociaciones con el EZLN. Es la marginalidad y la desarticulación que existe entre las sociedades; por un lado, la opulencia que es fruto de esta desestabilización, y la disparidad en el mundo actual donde nuestro entorno, nuestra cotidianidad, participa de alguna u otra manera.

La historia es el elemento base en la modernidad, puesto que siempre fundamenta la entidad actuante. El olvido ha provocado el derrumbe de muchas culturas —como la Tocaria o la Dórica—. Otras, en cambio, han logrado sintetizar su presente con su pasado —como la japonesa o la china— y continúan entrelazando la modernidad, que todo lo impregna, con la historia y sus tradiciones. La dinámica de esta articulación entre lo añejo y la explosión de lo nuevo es benéfica si se tiene el tacto para soldar entidades que, a primera vista, parecen disímiles.

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