
Explora la vida y obra de Charles Bukowski, el poeta que encontró la verdad entre los bares y las bibliotecas. Un ensayo de Edgar Sánchez Quintana sobre la crudeza, el desenfado y la singularidad de un genio literario.
Por Edgar Sánchez Quintana
«Dadme más vino porque la vida es nada» —Fernando Pessoa
Para mí, los poetas siempre han sido gente común que le habla de tú al espíritu; son pura esencia, entidades que se solazan en su singularidad. Son como barcos arrastrados por la existencia, pero circundados por un aura potente que ilumina algún futuro embarcadero o puerto. En presencia, quizás insípidos o insoportables, pero su pluma les hace perdonar cualquier cosa: ser homosexuales, asesinos, trinqueteros, estalinistas, de izquierda o de derecha; locos, teporochos o drogadictos.
Uno de estos poetas, con algo de visionario y de chiflado, que alcanza en la expresión poética el tinte sublime del arte, es sin lugar a dudas Charles Bukowski. En su poesía se percibe la pose del genio sin aureola que transita la vida, degustando la existencia, desamparándose de ella, arrastrándose por los callejones más inhóspitos, cohabitando en la podredumbre, teniendo como vecinos a los mendigos o siendo, por largas temporadas, uno de ellos. La característica singular de su poesía es que viste su obra con los menesteres que le ofrece la vida: vacío, ubicuidad, jactanciosidad, superficialidades, injusticia, falsedades. Ante todo esto, Bukowski se cobija:
«Simplemente me quedé allí sentado esperando. Unos diez minutos después sentí un hormigueo por todo el cuerpo. Fui capaz de mover la mano un poquito. Luego, otro poquito. Me llevé el vodka a los labios, conseguí inclinar la cabeza y me lo bebí todo. Puse el vaso en el suelo, me estiré en la cama y esperé de nuevo a que me entrara el sueño. Oí un disparo en la calle y comprendí que en el mundo todo iba bien. A los cinco minutos estaba dormido. Como todos los demás.»
El pensamiento de este poeta estadounidense hace acordes con la ubicuidad; la percibe desde adentro. Su poesía es su misma existencia, una percepción de la vida transitoria, la dinámica de los barrios populares, el sinsentido de la existencia, los espectros que tienen las manzanas con gusanos, como dice en uno de sus poemas: «No olvides las aceras, las putas, la traición, el gusano en la manzana, los bares, las cárceles, los suicidios de los amantes.»
En Charles Bukowski hay una especie de herencia norteamericana que viene de Walt Whitman, E. E. Cummings, William Carlos Williams, entre otros, y que se manifiesta en el desenfado, la llaneza, la simpatía y una humanidad a veces «democrática» y a veces cruda. Es la crudeza y la misma búsqueda de Henri Michaux, cuya sentencia-objetivo reza: «me propongo explorar la mediocre condición humana.» Los objetivos de Bukowski a veces se pierden y a veces se reencuentran; con empecinamiento, la escritura es aquello que lo salva, así lo afirma en uno de sus textos:
«…por eso escogí ser un escritor, si vales una maldita cosa, puedes seguir con tu relajo, hasta el último minuto del último día. Puedes seguir mejorando en vez de empeorar, puedes seguir golpeándolos contra la pared, a través de la oscuridad, la guerra, con buena o mala suerte, puedes continuar golpeándolos, con el deslumbrante relámpago de la palabra, derribando a la vida en la vida y a la muerte demasiado tarde para ganar verdaderamente contra ti.»
En Charles Bukowski no solo encontramos a un peregrino que anda en ruta por las palabras, o que busca los acueductos oscuros de la realidad, sino al peregrino que frecuenta las bibliotecas leyendo cuanto se le aparece: libros de química, folletines de algún poeta desconocido, libros de arquitectura, tratados de agronomía, entre otros infinitos. Pero en él no solo entra eso, también el alcohol, y del más variado: desde la infaltable cerveza bien fría, vodka, coñac, aguardiente del peligroso, copas de las más variadas y disfrutadas en tugurios conocidos, en bares anegados de ambiente pesado, en tabernas que han sido para él como su segunda casa. Es una existencia que me hace recordar al autor de Bajo el volcán por la cercanía con los brebajes del dios Baco. Y cito: «Si las bibliotecas ayudaron, en mi otro templo, los bares, era otra cosa, más simplista el lenguaje y el camino era diferente…»
Entre las obras de Charles Bukowski se encuentran: War All The Time, You Get So Alone At Times, That It Just Makes Sense, Mockingbird Wish Me Luck, Play The Piano Drunk Like A Percussion Instrument Until The Fingers Begin To Bleed A Bit, The Days Run Away Like Wild Horses Over The Hills, Living On Luck, Dangling In The Tournefortia, The Last Night On The Earth Poems, Betting On The Muses, Shakespeare Never Did This, Love Is A Dog From Hell, Burning In Water Drowning In Flame, There’s No Business, Beautiful, The Roominghouse Madrigals. Y los traducidos al castellano están: Cartero, Factotum, Mujeres, La Senda del Perdedor, Hollywood, Pulp, Erecciones, Eyaculaciones, Exhibiciones; La Máquina de Follar, Escritos de un Viejo Indecente, Se Busca una Mujer, Música de Cañerías, Hijo de Satanás, Peleando a la Contra, Lo que más me gusta es rascarme los sobacos, Hank (La Vida de Charles Bukowski).
En Charles Bukowski reside el elemento que nunca podrá dejar de ser, el que fue integrado desde Baudelaire: la aureola del poeta perdida en el fango del macadán, la pose reinventada del poeta lejos del empoltronamiento, la zalamería y el incienso. Porque Bukowski entiende que en el intelectualismo y la cultura literaria hay mucha falsedad, mojigatería y lenguaje refinado o vocabulario cuajado. Muy al contrario, él buscaba una certeza indagada en la vida diaria «más bien parecida a un pedazo de cartón.»
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