Edgar Sánchez Quintana

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Imagen cinematográfica e hiperrealista ambientada en el bullicioso Centro Histórico de la Ciudad de México en 1985. En primer plano, un joven con expresión melancólica e intelectual, vestido con una camisa de cuadros ligeramente desaliñada, se encuentra junto a un carrito de gelatinas de colores. Sostiene un libro de filosofía (como 'El Ser y la Nada' de Sartre) en una mano, absorto en sus pensamientos en medio del vibrante caos. Al fondo, se vislumbra la arquitectura icónica del Zócalo o una calle colonial, con vendedores ambulantes, coches antiguos y una sensación general de la vida urbana de los años 80. Un hombre mayor de aspecto sabio, con el rostro curtido y manos callosas, se aleja del joven, mirando hacia atrás con una sutil sonrisa de complicidad. La iluminación mezcla la dura luz del sol del mediodía con el brillo nostálgico del pasado, enfatizando el contraste entre el mundo interior del joven y la vibrante realidad que lo rodea.

Descubre «El Nihilista de las Gelatinas», un cuento de Edgar Sánchez Quintana donde la arrogancia intelectual de un joven en el México de los 80 choca con la cruda sabiduría de la calle, revelando una verdad sorprendente.

Por Edgar Sánchez Quintana

Ciudad de México, 1985

Está por aparecer en la realidad mi nihilismo efervescente. Me siento abigarrado, escueto, listo para deambular en el sino potente, a cualquier precio; qué más da, hemos ya producido demasiada enclenquencialidad, estamos listos. Ya me asomé al precipicio, y me resulta cómodo el panorama de la desolación, apunto comas y espacios en la oquedad, para agenciarme aunque sea un espacio de letras y verbos. Hemos de relinchar desde el armario, desde los sitios diminutos y mustios, aquellos donde nos empecinamos en la estrechez ajardinada y escueta. Y esta mucha sombra de letras se va a la tisnada, sí, muy lejos a la pura tisnada.

Ya mi intrepidez heroico-lírica acaba de amanecer, estamos completamente listos a decir burradas bajo mi mente aventurera, maternal y centelleante; ahora sí, demiurgos ocultos en los pliegos del ser, comienzan a temblar pues ya empecé a bufar como toro maldito, con mi vaho hediondo quiero tantear frente a su faz, aporrear su denuedo miedo con mi firmeza aplastante, mi estudiada pose de indomable. ¡Ja! Por fin, el primer eructo aparece dando tropezones por el aire.

Así pensaba Daniel, un joven de veintitantos, mientras el sol de mediodía de la Ciudad de México le pegaba de lleno en la cara. No era un sol cualquiera, era el sol de 1985, un sol que aún no había cicatrizado las heridas del terremoto, pero que ya calentaba las calles del Centro Histórico con la misma indiferencia de siempre. Daniel, con su melena desaliñada y una camisa de cuadros que había visto mejores días, empujaba su carrito de gelatinas por la calle de Madero, entre el bullicio de los transeúntes, los pregones de los vendedores ambulantes y el olor a fritanga y escape de microbús.

En su mente, las palabras de Nietzsche, Cioran, Kierkegaard y Sartre danzaban como demonios eruditos. Se creía un intelectual incomprendido, un nihilista de vanguardia, un espíritu libre atrapado en la vulgaridad de la existencia. Cada gelatina de fresa, limón o piña que vendía era un acto de rebeldía, una bofetada al sistema, una prueba de su superioridad moral e intelectual. «¿Qué saben ellos de la angustia existencial?», se decía, mientras extendía una gelatina de mosaico a una señora con el mandado. «Solo buscan el placer inmediato, la satisfacción efímera. Yo, en cambio, busco la verdad, la esencia del ser, la nada que nos consume a todos.»

Sus días transcurrían entre lecturas clandestinas en el café La Blanca, discusiones acaloradas con otros aspirantes a filósofos en la Alameda Central y la venta de sus gelatinas, que, irónicamente, eran su único sustento. Se sentía un personaje de novela, un héroe trágico, un Quijote moderno luchando contra los molinos de viento de la ignorancia y la mediocridad. Su monólogo interno era su refugio, su armadura, su manera de soportar la realidad que, a sus ojos, era una farsa.

Una tarde, mientras pregonaba sus gelatinas cerca de la Catedral Metropolitana, un hombre se detuvo frente a su carrito. Era un señor de edad, con el rostro curtido por el sol y las manos callosas, vestido con ropa humilde pero limpia. Su voz era tosca, rasposa, como el papel de lija. «Joven», dijo el señor, con una mirada que parecía haber visto más que todos los libros de la biblioteca de Daniel juntos, «¿a cómo la gelatina de piña?»

Daniel, con su habitual desdén, le extendió una gelatina. «Diez pesos, señor. Y no es solo una gelatina, es una metáfora de la vacuidad de la existencia, un dulce engaño que nos distrae de la inminente nada.»

El señor lo miró fijamente, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Tomó la gelatina, la pagó y, antes de irse, le dijo con esa voz rasposa que resonó en el alma de Daniel como un trueno: «Mire, joven. Yo no sé de Nietzches ni de Sartres, pero llevo sesenta años vendiendo chicles en este mismo zócalo. Y le digo una cosa: la vida no es una metáfora, es lo que uno hace con ella. Y si usted cree que vender gelatinas es una farsa, es porque no ha entendido que hasta en la gelatina más simple hay un chingo de trabajo, de sudor y de esperanza. Y eso, mi joven, es más real que cualquier libro que haya leído. La verdadera nada es no hacer nada con lo que uno tiene, por poco que sea.»

El señor se dio la vuelta y se perdió entre la multitud, dejando a Daniel petrificado. La gelatina de piña en su mano, la misma que había vendido miles de veces, de repente se sintió pesada, real, tangible. La arrogancia intelectual se desvaneció como el vapor de una olla. Las palabras de Nietzsche, Cioran, Kierkegaard y Sartre, por primera vez, sonaron huecas, distantes, ajenas a la vida que bullía a su alrededor. La justicia poética no vino en forma de rayo o de revelación divina, sino en la voz tosca de un viejo vendedor de chicles, que con una simple verdad, le había dado la lección más grande de su vida. La nada no estaba en el universo, sino en su propia ceguera.

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