Edgar Sánchez Quintana

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Filósofo anciano de cabello blanco y lentes redondos escribe con intensidad en un escritorio lleno de libros filosóficos en una biblioteca universitaria de Ciudad de México al atardecer, con un ejemplar de El Capital y manuscritos a la vista, evocando el exilio intelectual y la praxis filosófica.

Una reflexión personal y filosófica sobre el legado de Adolfo Sánchez Vázquez, el gran filósofo del exilio español en México. El autor revisita su propia formación intelectual para explorar por qué la filosofía de la praxis no cuajó en el México de los años ochenta.

Por: Edgar Sánchez Quintana

La noticia de la muerte de un maestro resuena de formas inesperadas, impulsándonos a revisitar las ideas que nos constituyeron. La partida de Adolfo Sánchez Vázquez, acaecida en julio de 2011, me transporta a los tiempos en que, como estudiante y aprendiz del oficio filosófico, recorría los Congresos Nacionales de Filosofía. En ese ecosistema intelectual, Sánchez Vázquez era una figura central, una de los que llamábamos con una mezcla de reverencia y distancia las «vacas sagradas». Su trayectoria, forjada en el crisol del exilio republicano español, era ya un vasto territorio de pensamiento que había contribuido decisivamente a la fisonomía de la filosofía mexicana moderna.

.El legado de los transterrados españoles, esa brillante generación de intelectuales que el franquismo arrojó a nuestras costas y que el México de Lázaro Cárdenas supo acoger, fue un motor de renovación para las humanidades en el país. Sánchez Vázquez fue uno de sus más preclaros exponentes, inyectando en la academia mexicana un marxismo crítico, abierto y profundamente humanista que contrastaba con las versiones dogmáticas que circulaban en otras latitudes. Mi propia formación filosófica se debatió en la tensión de esas ideas: por un lado, el marxismo-leninismo que autores como él defendían y, por otro, las corrientes en boga como la filosofía latinoamericana, la fenomenología, el estructuralismo y el giro lingüístico. En este ensayo, rememoro esa encrucijada para explorar por qué la categoría central de su pensamiento, la praxis , nunca pareció cuajar del todo en el terreno intelectual mexicano de los años ochenta.

La Filosofía de la Praxis como Proyecto Crítico

El núcleo del proyecto filosófico de Sánchez Vázquez fue el rescate de la praxis como categoría fundamental, no solo para el materialismo histórico, sino para la filosofía en su conjunto. En su obra capital, Filosofía de la praxis (1967), la define como una actividad humana transformadora —teórica y práctica— que media entre la conciencia y la realidad. Para él, el problema fundamental de la filosofía no era la relación ontológica entre ser y pensar, sino la forma en que el ser humano, a través de su acción consciente, transforma el mundo y se transforma a sí mismo.

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Esta concepción se oponía frontalmente al materialismo dialéctico dogmático, que había reducido el marxismo a un conjunto de leyes mecanicistas. Sánchez Vázquez, en línea con pensadores como Antonio Gramsci, buscaba devolverle al sujeto su papel activo y creador. La praxis, por tanto, no es mera práctica o activismo; es la unidad dialéctica de la interpretación y la transformación, la teoría que se realiza y la acción que se piensa. Era una invitación a que la filosofía abandonara la mera contemplación y se convirtiera en una fuerza efectiva para la emancipación humana.

Un Terreno Espinoso: La Filosofía Mexicana en los Ochenta

Sin embargo, esta potente idea encontró un suelo difícil en el México de los ochenta. El ambiente filosófico era un vibrante pero fragmentado «tuttifrutti» de posturas importadas. Mientras en Europa se procesaba el post-existencialismo de Sartre y emergían con fuerza las figuras de Wittgenstein, Foucault, Bachelard o Derrida, en México estas corrientes llegaban como un mosaico de opciones teóricas que a menudo se adoptaban sin un anclaje profundo en la realidad local. La filosofía, en muchos círculos, corría el riesgo de alejarse de su ambiente vital para convertirse en una suerte de sociología de las ideas o en una exégesis de pensadores foráneos.

En este contexto, la propuesta de Sánchez Vázquez enfrentaba una paradoja. El marxismo que él defendía tenía un impulso innegable, nutrido por el legado del 68, las influencias trotskistas y los ecos de los procesos revolucionarios en Cuba y Chile, que alimentaban a una izquierda política en gestación. No obstante, la idea de una filosofía de la praxis, que exigía una articulación robusta entre la universidad, los movimientos sociales y un proyecto político concreto, parecía no encontrar los canales para realizarse plenamente. Como sucede con la crítica de Habermas a la colonización del mundo de la vida por el sistema, donde los modos de entendimiento comunicativo se ven obstruidos por una racionalidad instrumental.

, en el México de entonces la sociedad no parecía lo suficientemente permeable o articulada para que la praxis filosófica encontrara un agente colectivo claro.

El problema, como bien se intuía en aquellas discusiones, era la ausencia de un «constructor» o un «simiente» propio. La filosofía mexicana parecía tener dificultades para digerir y adaptar las corrientes externas. El «afrancesamiento» o la «europaización» no eran aptos para una cultura que aún debatía su propia identidad, un debate en el que incluso el pensamiento latinoamericanista, que abogaba por una identidad continental, encontraba tropiezos para generar consensos.

Conclusión: El Legado de una Intención

Adolfo Sánchez Vázquez puso en la palestra una de las versiones más ricas y fecundas del pensamiento marxista. Su insistencia en la praxis como una filosofía de la transformación radical sigue siendo un llamado vigente contra la especulación estéril. Sin embargo, el hecho de que su proyecto no «cuajara» como fuerza hegemónica en México no debe leerse como un fracaso de su teoría. Fue, más bien, el síntoma de un campo intelectual fragmentado, donde las ideas, por más potentes que eran, tenían problemas de «enraizamiento».

Su pensamiento, como el de otros exiliados, enriqueció inmensamente el panorama filosófico mexicano, abriendo horizontes críticos indispensables. Aunque la praxis no se convirtiera en el motor de la transformación social a la escala que él habría deseado, su obra nos legó las herramientas para seguir pensando la relación ineludible entre la filosofía, la crítica y la posibilidad de un mundo más humano. Repasar su pensamiento hoy no es un acto de nostalgia, sino una forma de reactivar una pregunta fundamental: ¿cómo puede la filosofía volver a ser una práctica de la libertad?

Referencias

[1]  Wikipedia. «Exilio republicano español en México». Consultado el 25 de febrero de 2026.

[2]  Sánchez Vázquez, A. (1983). «La filosofía de la praxis como nueva práctica de la filosofía». Cuadernos Políticos, (38), 60-73.

[3]  Habermas, J. (1987). Teoría de la acción comunicativa, vol. II: Crítica de la razón funcionalista. Tauro.

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