
Descubre cómo la percepción de la tauromaquia evoluciona desde la fascinación juvenil hasta una profunda reflexión ética. Edgar Sánchez Quintana explora el pasado y el futuro de la fiesta brava, cuestionando su lugar en la conciencia moderna.
Por Edgar Sánchez Quintana
Los encantos del pasado han hecho mella, y desgraciadamente ya no comulgo más con ciertas tradiciones. Recuerdo aquellos años de juventud, evocando la canción de «un domingo en la tarde, me tiré al ruedo, para salvar las ansias de novillero, torero… despliega el capote sin miedo, sin miedo a la muerte…». Observando esos animales majestuosos en los rediles de la plaza de toros «Jorge ‘El Ranchero’ Aguilar» de Tlaxcala, me gustaba gritar como ranchero de pueblo y llamar la atención del astado. Era vernos y sopesar su imponencia, su brío, su porte de bestia indómita, claro, eso desde una distancia prudente, como dice el dicho: «de lejos se ven los toros». Y yo, como mocoso citadino, no conocía de animales de rancho más que como carne de mercado. Después, vio cómo la tarde se iba acomodando para recibir una corrida de toros sabatina, con la promesa de ser de las mejores.
Los sitios se engalanaban al comenzar el mediodía, pues empezaban a llegar esos hacendados ricos, gachupines de siempre, güeros ataviados de charro y mujeres asombradas y vaqueras. Me imagino que para aquel entonces yo no era otra cosa para ellos más que un pinche chamaco pendejo y mocoso vendedor de chicles. Ellos venían de Hidalgo, de Toluca, de Querétaro, de las haciendas de la región; gente adinerada, gente encopetada, muchachos de abolengo, críticos paridos de casta y profusa alcurnia, y eso era bueno, imagínense si no. Me tocaba verlos desfilar por esos pasillos hacia las gradas; algunos eran «gente muy importante» y se acomodaban en lugares de mucho privilegio. Otros se acomodaban en gayola, y los demás en la barda de lo alto que colinda con el exconvento de San Francisco. Eran aquellos que querían disfrutar de la fiesta brava a todo mecate, y se agenciaban también su pulque, aguardiente o alguna otra bebida espirituosa de poca monta, y hacían la rechifla, las mentadas de madre y el escándalo propio de barriada, de la prole, de la chusma vulgar e ignorante. Y entonces allí estaba yo, viendo el espectáculo de luces, es decir, del traje de luces que viste el torero. Después de la faena, los mocosos salíamos corriendo hacia donde sacan al toro de la plaza y lo destazan. Observaba cómo los briosos caballos tiraban de la bestia recién muerta y empezaban a despellejarla ya cortarle las patas; Observaba cómo salía vapor de la carne, y cómo algunas gentes tomaban de su sangre en vasos para hacerse más machos, cosa que para mí era demasiado desagradable y me provocaba náuseas. Me gustaba mezclarme con la gente del pueblo, observar sus actitudes, su parsimoniosa manera de tomar la vida, de vivir las tradiciones, de regodearse de su forma de ser, de existir.
Pues bien, han sido tiempos ya muy viejos, y mi postura ante tal tradición ha evolucionado. Ahora expongo el porqué.
¿Quién soy yo y quién es él? Me refiero al animal. Yo sé quién soy yo, y me considero un humano, un hombre, es decir, un ser vivo que experimenta una existencia o realidad de hombre y que pertenece a la humanidad que habita este planeta. El significado de humano es «hu-man-o», o sea, «alto hombre», o «ser que viene de lo alto o se dirige hacia allá». El nivel de conciencia del individuo es quien determinará las características de su actuar, pensar y decir. A menor grado de nivel de conciencia, obedece un menor conocimiento de las leyes de la creación y de respeto a su ser y su entorno; del mismo modo, a mayor conocimiento de sí mismo y de su entorno, obedece un actuar, un decir y un hacer que corresponde con ese conocimiento elevado. Hasta este punto he definido, de manera tal vez tosca y con prisa, pero suficiente para este apartado. ¿Pero quién es el animal? El animal es un ser vivo, es alguien experimentando una realidad como animal en segunda densidad. ¿El animal tiene conciencia? Sí, sí la tiene. Alguien les ha llamado «hermanos menores», pero para mí somos iguales, amados por Dios y la creación del mismo modo, con la misma fuerza. ¿Por qué someter a mi hermano a tal vileza, a tal burla, a continuar esta tradición torcida y muy «artísticamente taurina»? ¿Por qué no inventan unos toros mecánicos robotizados para que el torero tenga ciertas posibilidades de matarse «artísticamente» y sea una faena de muchas entradas? Y en lugar de orejas y rabo, se le pueden conceder al capoteador un trofeo o unas medallas con la figura de Cepillín o con la efigie de la Virgen de Juquila, todo para no demeritar su oficio. Yo digo que en Tlaxcala, México, todo puede ser posible, desde ser un sitio de mayor tradición charra y de toros de lidia hasta ser el emporio del comienzo de las corridas de toros de lidia mecánicos robotizados para goce y disfrute de la fiesta más brava.
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