
Explora el «Sembradío de Elucubraciones» de Edgar Sánchez Quintana: un viaje visceral por el nihilismo, la crítica social y la búsqueda de sentido en la desolación de la modernidad.
Por Edgar Sánchez Quintana
México, 2014
Está por aparecer en la realidad mi nihilismo efervescente. Me siento abigarrado, escueto, listo para deambular en el sino potente, a cualquier precio; qué más da, hemos ya producido demasiada enclenquencialidad, estamos listos. Ya me asomé al precipicio, y me resulta cómodo el panorama de la desolación, apunto comas y espacios en la oquedad, para agenciarme aunque sea un espacio de letras y verbos. Hemos de relinchar desde el armario, desde los sitios diminutos y mustios, aquellos donde nos empecinamos en la estrechez ajardinada y escueta. Y esta mucha sombra de letras se va a la tisnada, sí, muy lejos a la pura tisnada.
Ya mi intrepidez heroico-lírica acaba de amanecer, estamos completamente listos a decir burradas bajo mi mente aventurera, maternal y centelleante; ahora sí, demiurgos ocultos en los pliegos del ser, comienzan a temblar pues ya empecé a bufar como toro maldito, con mi vaho hediondo quiero tantear frente a su faz, aporrear su denuedo miedo con mi firmeza aplastante, mi estudiada pose de indomable. ¡Ja! Por fin, el primer eructo aparece dando tropezones por el aire.
Ahora estoy regocijado, tengo horror al zangoloteo en boga, lo mejor para mí en este momento sería recogerme, completamente bautizado sobre las damas. No me reparto pues, retomo los caminos que me han avecindado donde he cargado con mis desvaríos y he echado raíces de ansiedad como un fardo; desde la edad de la sazón, cuando inicié por cocinar las tortas, el pozole; y que hizo inclinarme al ciclo, que me calienta, me precipita, me remolca.
Me llegó por fin la última inocencia y la última desvergüenza. Lo dicho era llevar al mundo mis repugnancias y mis traiciones. ¡Vamos! el hastío, la espera, el desierto y la blasfemia. ¿Qué mentira debo sostener? ¿A quién entregarme? ¿Sobre qué tribu caminar? ¿A qué bárbaro servir? ¿A qué dibujo santo atacar? ¿Qué corazones estimularé? Cuidarse, más bien de la democracia de simulación y será la vida dura, en el surco, en los sitios huecos llenos de ocho horas, pues eso es el simple embrutecimiento, acrecentar la brutalidad, con el ojo marchito, y la tapa del ataúd lista para traslaparse con las lajas. Así nada de peligros, ni de ocaso: el terror me acompaña en este destino. ¡Ah! Me encuentro tan abandonado que ofrezco a cualquier perfil poderoso mis impulsos hacia la perfección. ¡Oh mi virtud, oh mi caridad maravillosa depositada aquí en la tierra con profunda modorra!
Cuando aún era muy niño, admiraba al párroco de la iglesia que consagraba siempre las hostias y hacía abrir las puertas de la sacristía para que entraran pequeños como yo para ser violados y ultrajados por esas sotanas tan santas para las santurronas; visitaba los albergues y los internados que él había santificado con su figura, incluso lo seguía hasta la montaña a escuchar esos sermones vaporosos, cuando arreciaba la ventisca; vio con su idea el cielo azul y las floridas prácticas de provincia; mis testigos y sufrientes amigos decían que el silencio era un buen consejero, por aquel entonces escudriñaba tal fatalidad en ciudad-pueblo, que despedazaba inocencias con mustio empacho. Él, como único juez de su gloria y de su razón, sigue fecundizando picardías a los estrenados camaradas hasta que el señor lo llame a su santa gloria y lo tendrá sentado muy cerca de él y su reino no tendrá fin.
En los campamentos, durante noches inclementes, sin techo, sin equipo de supervivencia, sin esperanza de encontrar el camino, una voz marchita exhalaba mi nombre desde la arboleda, mi corazón coagulado por la modorra, inició su avance con un pequeño sobresalto. A la mañana siguiente tenía una mirada tan extraviada y un semblante tan muerto que aquellos que hallé tal vez no me hayan visto.
En la ciudad el smog se me aparecía súbitamente gris y negro, como un hoyanco donde se están quemando los frijoles. ¡Cual un infortunio de cocinero! Buena suerte –pronunciaba- y veía un mar de llamas y humo en el cielo; y, a izquierda, a derecha, todas las gramíneas lanzándose hacia el cielo: ayocotes, alverjones, alubias y las riquezas saliendo después de ser comidas, todas ellas flameando como un millar de relámpagos desde nalgas paradas como catapultas hostiles. Y yo apuntaba hacia el norte para clamar venganza.
Pero la orgía y el burkake me estaban prohibidos. También las niñas frescas y castas. ¡Ni siquiera un compañero! Me veía ante una multitud sulfurada ante un par de policías listos para lincharlos y ellos llorando su desgracia de que todos nosotros no pudimos comprender, que eran unos inocentes, eran víctimas propiciatorias ¡y no pudiendo haber perdonado prendían la pira con ramas de pirul y eucalipto para que al quemar la carne ardieran también los ojos impúdicos!—¡Cómo es eso!—Hubo un equívoco al dejarme crecer hasta lo que soy ahora, porque nunca entendieron que debían de cortar la cizaña antes de que se extendiera por todo el terreno, y ahora sabrán que jamás pertenecí a este municipio pedorro; nunca he sido creyente; pertenezco a un estirpe que ha desaparecido y cuya gracia es cantar caminando entre los precipicios y el vacío; carezco de decencia, vomito insolencias a los más venerados, soy una bestia.
Sí, tengo los ojos cerrados a toda luz. Soy un bárbaro, pero sin remedio, no puedo ser condenado, porque nadie está por encima de mí. En este caserío se respira la fiebre del cáncer más purulento; por sobre las casas escurriendo como gustosa baba, las enredaderas en plena primavera. Los ancianos cuando llegan estos tiempos se creen cada vez más prudentes o más respetables y muy pocos reclaman que los tuesten amarrados en las azoteas. Lo más lúcido es renunciar a este distrito, donde ronda hasta por dentro de mí los enloquecimientos de esa manada de secuestrados pusilánimes. ¡Sed, hambre, ganas de cagar, de echarse una miada en el sitio más inapropiado!
¡Ah! No lo había sospechado pero, he recibido el golpe de la desgracia en plena temporada de lluvias, ¿Qué acaso esa desventura no sabía que tengo goteras en mi casa? ¡Vaya desventura de lo más inoportuna! ¡Yo he conocido! –Basta de diccionarios— Sepulto a los vivos en mi estela. ¡Soltemos los gritos a la callada sombra! Ni siquiera vislumbro el lapso maravilloso donde desgranamos fuetazos en sus espaldas, serán agraciados con esa mi bendición, se tirarán en las banquetas para buscar mi bautismo.
Este viento, viento pájaro de murmullos en farra, como adolescentes rumbo a la feria; viento cruzado, de izquierda a derecha, topándose con las cosas cual muchedumbre con vocación al caos, son aires que se parten la madre y se tuercen hasta verse el culo unos a otros, son objetos que no se ven pero que sí se mueven y se entrometen en cualquier rendija, estruja los árboles, encabrita las nubes abucheadas por estos y por aquellos lados. Corriente afrodisíaca que pasa por los calzones colgados en el tendero, que excita las antenas, flujo aternurado que me hace entrar en la cama y dormir con el rorro de las hojas del árbol cercano, rostro vacío, diversidad sin morfología en faena, felices en peregrinación. Ente despeinador, cegador, creador de mugre, brioso erosionador de los montes exangües, café del cielo, conjurador letal y vanidoso de los pronósticos del tiempo.
Desde ayer ando fantocheando mis artículos periodísticos, burlándome de ellos, incitando a que duerman su historia, quiero mandarlos a santiguarse frente a mi espejo y que me mienten la madre, pues vulgares, del montón, adobados con jactancias en el sobaco no me sirven de nada pues les falta que suden y que se fajen de la cintura.
Resulté ser un aprendiz del eco político, me aventajan otros con gran desfachatez y lisonjería, pero a estos otros insultables apóstoles de cutis de casaca, por estos, no doy nada. Los políticos y su enorme sabiduría: ¡patrimonio de la humanidad! Ellos lo saben, la inteligencia se les descobija como gargajo artesanal, son narcisos a la intemperie, presuponiendo que son fastuosos en su beldad; su cabeza resulta ser un musgo encopetado y socavado por un espíritu liliputiense que quiere huirles nomás por traición afanosa. Cuánto daría por un Dios de tales virtudes, para así dejar de preocuparme en ganarme el paraíso pues con ellos puedo conseguirlo con amparo de una manzana mordida.
Calles hormigueantes, banquetas atestadas de sueños donde circulan sombras de los transeúntes, las ocultaciones de la realidad van de aquí para allá, como savia de árbol, el smog dormitando entre tanta agitación, su brumosidad va decorando esta modernidad de ciudad colonial; es una niebla amarillenta y sucia, como inundando todo de bióxido de carbono. Mi alma va discutiendo cansadamente conmigo sobre este ambiente de pesados nervios; allí están los viejos barrios inundados de años, chorreando décadas, apareciendo en las esquinas las historias más enflaquecidas de invención pero regordetas de realidad, por aquel lado está el espinazo de la ciudad: es decir las colonias populares, de clase media, zonas habitables para el obrero, los empleados de mostrador, las enfermeras y maestros. Allá los rostros arquitectónicos de los antiguos aposentos de los colonialistas, con altos muros, prendidas a una significación permanente de nuestro liliputiense espíritu conquistado y ahora preparamos el centro de la ciudad y sus aledañas cuadras a que se asemejen a la misma idea rejega, el similar asomo de casas de mayoral como si toda la ciudad fuera de la misma condición. Por acullá la yuxtaposición mostrenca: modernidad-identidad (de político analfabeta) de cuya conjunción no logramos más que engendros, diseños corcovados e identidades infusivas y de charada. ¡Festejemos cuantas resoluciones ordeñadas! Necesito de una tolerancia inteligente para seguir discurriendo el verbo, para continuar con este paseo discursivo. Mi alma hace de tal realidad un reflejo harapiento en rasgos tartajosos pues tose lo que puede y a veces lo que no debería. He visto cómo se entusiasma de apetito nuestro futuro, pues buscamos sin lapso alguno nuestra modernidad emparejada, pero lo que nos chicotea de esa maroma son sombras chinescas, muecas de una realidad dosificada de abismos, veo a mi tribu como una entidad haciendo peripecias imberbes, como horda de chamacos con juguete nuevo y ese juguete lustroso se llama modernidad y yo la veo bofa, ávida y nerviosa, como con falta de fundamento, tal cual una ñoña virgen frenética por sus ganas y mi satisfacción placebo ante tal escudriñamiento es echarme a dormir como un santo marrano, babear la almohada, pedorrearme entre las cobijas y así ser feliz soñando que mi avecindado futuro sea cada vez más moderno y mientras más moderno tendré esa tolerancia eucarística propia de los mártires por mi sumisión autóctona.
Tengo en mi piel un error específico, el resbalón de ser inexistente. ¿En qué motivos radica la certeza de existir si yo no soy? Pero el verbo tuerce la intención aseverada porque no somos, pero solo en parte, solo en algunos mundos, solo en ámbitos errabundos, esferas esquivas, planos diáfanos; la consecuencia plena de inexistencia es independencia, y tal vez libertinaje ¿quién como yo puede rendirle cuentas al silencio y el silencio acepta las más insospechadas elucubraciones? ¿De qué modo es posible sembrar palabras desgarradoras y ponzoñosas si no es con una estela brillante de prohibiciones?
Qué horizonte más llamativo, el de las espesas nubes sanguinolentas, esa longananza que llama a una observancia inquisidora o a una pereza catatónica; me sobo los pies mientras admiro el tenue semblante dispendioso de anaranjados, carmesíes y blancos, grisáceos allá por la izquierda justo donde se transpira el ambiente húmedo y el zangoloteo infame del chubasco.
Ante los secuestros contundentes de la conciencia, me presto a la disposición de una violencia de alto octanaje en los adjetivos, ya que la playa carnavalesca de actualidad, hace boicot a todo pensamiento que trata de formarse, he aquí a un habitante de este lastimado destino, henos yendo hacia el dedo de cuantos vértigos, a la boca de donde sale la tierra de los desposeídos; y el viento me entra por la encrucijada tecnología ínfima. Hablo con una lengua rasposa y reveladora, pues las rocas que me hacen tropezar crecen como hongos de muerte. Sí, es una lengua eclipsada, rota, que habla en lenguas, lenguas excluidas, primigenias, despavoridas del presente, por eso se desfonda la voz como objeción mortificada, como una hermosa contestación insolente.
Los días se suicidan uno tras otro y nadie guarda un poco de sapiencia aunque sea indígena para poder distribuir talismanes protectores de la conciencia. Ni yo mismo ando buscando el infinito porque en mí ya está instalado, las costras imperecederas apenas si se asoman y es la caspa en mi frente. ¡Silencio! ¿Qué no se dan cuenta cómo su cuerpo hecho pedazos va haciendo sonidos a jirones, a roncos gemidos, a tintineos de huesos secos? ¿Qué no les basta con tararear cualquier bobada para distraer el espíritu y vaciar la conciencia? ¿Qué acaso no son ya demasiado desgraciados como para exaltar aún más su desventura? ¡Vayan y escóndanse en la negra que ya acecha, la que se puede ordenar en los sitios donde hormiguean las masas! Vayan en una mañana frágil a esconderse de los últimos sueños de las conciencias agudas, y no salgan de su escondite, porque puede llegar el temblor, el cisma, la muerte que se ha quedado dormida dentro de ustedes. Más valdría romperles el cráneo como nuez y desmembrarles la muerte, su muerte instalada, emplazada a su futuro evasivo y untuoso. ¡Ya vi cómo les crece su muerte y al mismo tiempo empequeñece su vida! Como me gustaría que esa muerte ya tan cercana les pusiera el culo en la cara y respiraran esa hediondez en su último respiro. ¡Basta!, ¡Ya basta! ¡Basta de sus murmuraciones afanadas, dispendiosas, longevas! Pues yo seguiré con este lacerante tóxico de verbos tartajosos, pues la mirada anciana se ha vuelto a recuperar y el viejo socarrón pródigo de irreverencias, escucha su pulso y lo atraviesa insumiso. Esta mirada que traigo hace más fría la escarcha que se ve por los caminos, las imágenes del emparrado y los jardines florecientes han quedado solo en desesperanza, mi observancia inquisidora los torna aún más esqueléticos y desabridos. ¡Hola! ¡La mirada de azufre! ¡El hedor maravilloso de los infiernos!
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