
Es casi un hobby vituperar la democracia en la que vivimos. Este escozor impulsa a muchos a ponerse a la defensiva o a lanzar ataques arteros con las palabras más osadas en el ámbito político. Esta pose es compartida, jugada y disertada por muchos; es algo hermoso que, al final, se reduce a una razón egoica, hinchada de pecho y muy copetuda. Todos, al fin y al cabo, creen tener la razón, su propio sentir, una razón que a cada uno le parece justa.
Si viajamos por la historia de las ideas o la genealogía política, encontraremos conceptos que cada quien asume como propios, se adueña de ellos, los comparte o compra un boleto para defenderlos. Es una suerte de barajar y tomar prestado, y desde allí, asumir y regodearse. Pero, ¿tiene esto sentido? ¿Puede realmente construir al individuo, a su ser y a su estar?
Tal pareciera que no sabemos que vivimos esclavizados, porque si lo supiéramos, intentaríamos liberarnos. Sin embargo, no veo la celda por ningún lado, no veo los grilletes a los que estoy atado, ni la gargantilla que me detiene. Entonces, eso significa que soy libre, porque puedo moverme hacia cualquier sitio. Pero, aunque pudiera moverme libremente, las ataduras mentales seguirían presentes. Veamos cómo.
Diversos autores y filósofos contemporáneos han establecido que nuestra esclavitud es sutil, invisible, vaporosa. El libre no es aquel que posee más y puede ir a cualquier lugar o adquirir propiedades diversas; ese es, más bien, el atado, porque se encuentra dentro de lo que es el Estado, dentro de la estructura misma.
Las monarquías fueron desapareciendo paulatinamente a lo largo de los siglos, pero, a mi parecer, lo que hicieron fue pasar tras bambalinas, acomodarse, como diría Maquiavelo, como el poder detrás del poder. Las monarquías de Europa no tardan en derrumbarse, pero esas monarquías son insostenibles; algo tienen que ofrecer al «pueblo» para que este se sienta libre. Y lo que el pueblo conseguirá es una mueca de democracia, un jocoso intento de ser más justos, más igualitarios. La burla de los oligarcas y de la monarquía establecida, incluso en países «democráticos», es dar pan duro a una comunidad de dolientes sedientos de libertad, que al final será una libertad pírrica, una libertad programada.
Desde una perspectiva simplista, existe el amo y el esclavo, el rey y su súbdito, el tirano y su avasallado. Esta relación dicotómica puede romperse, el juego puede terminar. Esto ocurre cuando una de las partes deja de participar, ya no le interesa.La monarquía establecida en todo el mundo puede terminar; sus tentáculos llegan a todo el planeta. Pero la cabeza, el cerebro, no está a la vista. Eso es cuestión de tiempo, pero también podemos vislumbrar dentro de nosotros mismos nuestro modo de impulsar la intención de darnos cuenta. En serio, siempre podemos vituperar la situación actual en la que se vive, hablar de ricos y pobres, de ricachones y miserables, sin ver que, dentro de lo que nosotros percibimos, aún existe el esclavo pidiendo justicia. Es el avasallado pidiendo que la bota del tirano sea con peluche y acolchada, sin poder ver que estamos imbuidos en una matrix que nos comanda de una manera por demás socarrona.
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