
¿Dónde está el intelectual en la era de la cultura de masas? Edgar Sánchez Quintana explora el desvanecimiento de su autoridad, desde Baudelaire hasta la televisión, en un ensayo que cuestiona el valor del saber en la sociedad actual.
Por Edgar Sánchez Quintana
¡Cómo! ¿Usted aquí, amigo mío? ¿Usted en un lugar como este? ¿Usted que se alimenta de ambrosía y bebe quinta esencias? ¡Estoy asombrado!
Amigo mío: Usted sabe cuánto me aterrorizan los caballos y los vehículos. Pues hace un momento, cuando cruzaba el bulevar corriendo, chapoteando en el barro, en medio de un caos en movimiento, con la muerte galopando hacia mí por todos lados, hice un movimiento brusco y mi aureola se me escurrió de la cabeza, cayendo al fango del macadam. Estaba demasiado asustado para recogerla. Pensé que era menos desagradable perder mi insignia que conseguir que me rompieran los huesos. Además, me dije, no hay mal que por bien no venga. Ahora puedo ir de un lado a otro de incógnito, cometer bajezas, entregarme al desenfreno, al igual que los simples mortales. ¡De modo que aquí estoy, como usted me ve, al igual que usted!
Charles Baudelaire
La anécdota de Baudelaire, con su aureola perdida en el fango del bulevar, resuena con una pertinencia inquietante en la actualidad. Nos interpela sobre la figura del intelectual, ese ser que antaño se alimentaba de ambrosía y bebía quintaesencias, y que hoy, quizás, chapotea en el mismo lodo que el resto de los mortales. La promesa del superhombre nietzscheano, tan seductora en la teoría, se desdibuja en la realidad cotidiana, más cercana al héroe de pasquín que a la profunda reflexión filosófica. La historia nos ha demostrado que las ideas, por más elevadas que sean, a menudo naufragan en la praxis, como ocurrió con el marxismo, la «nazificación» de Nietzsche o el positivismo porfiriano en México.
Durante siglos, el filósofo y el intelectual fungieron como faros, fijadores de rumbos, ya fueran acertados o equivocados. Su autoridad era incuestionable, su voz, una conciencia para la colectividad. Se les atribuía la responsabilidad social de «iluminar a los ignorantes» o, al menos, de aconsejar a los gobernantes. Su crítica movía conciencias e intereses, equiparando su poder al de la religión hegemónica. El intelectual, entendido como una entidad que desarrolla sus capacidades a través del intelecto, no del trabajo físico, era una minoría privilegiada, una punta de lanza en los cambios sociales. Ejemplos como el subcomandante Marcos o los líderes de la huelga de la UNAM, aunque quizás burdos, ilustran esta capacidad de movilización.
Sin embargo, los tiempos han cambiado. El intelectual, a mi parecer, pierde terreno, se desvanece de la vida pública. La ardua y espinosa preparación escolar y cultural, que implica años de estudio, sacrificios y horas de trabajo cognitivo, es ninguneada. El Estado invierte en la formación de estos pensadores críticos, pero luego los desecha, pues una conciencia crítica no siempre es conveniente. La responsabilidad del intelectual como mediador, creador de opinión, se difumina. La anécdota de un cómico entrevistando al presidente y al líder zapatista en la radio, mientras intelectuales como Juan Bañuelos, que lucharon por el diálogo y la paz en Chiapas, no lograron el mismo impacto, es reveladora. El papel que antes ocupaban los intelectuales, ahora lo asumen actores de telenovela, conductores de televisión e incluso futbolistas estrella, quienes, paradójicamente, son interpelados sobre la globalización y la posmodernidad, ofreciendo respuestas que el mismísimo Gianni Vattimo envidiaría.
Los medios audiovisuales han usurpado la función de formar conciencia, informar o desinformar. Construyen mitos y destruyen héroes con una maquinaria imparable. Un intelectual o académico no puede competir contra el mensaje embrutecedor y constante que transmiten día a día, convirtiendo una mentira repetida en una verdad inobjetable. Así, se inflan ideas como que el liberalismo arremete contra los pobres o que la globalización impulsará el desarrollo de todas las naciones, a pesar de las injusticias y desigualdades evidentes. Aunque, paradójicamente, algunos intelectuales, como Carlos Monsiváis, han sabido usar estos medios para gozar de sus «quince minutos de popularidad», otros, atormentados por la actualidad, se refugian en sus reflexiones solitarias, publicando para unos pocos.
La imagen del intelectual se ha sobado, desacralizado, transformado en mera opinión. Sus ideas son discutibles, su voz, tan válida como la de cualquier pelafustán. Su responsabilidad social se equipara a la de un político en campaña o un sofista muerto de hambre. En Tlaxcala, me pregunto si alguna vez existió tal figura, y si lo hizo, su desvanecimiento ha sido tal que se necesitan poderes psíquicos para vislumbrar su tan atacada aura. Conozco a varios de esos fantasmas, deambulando por el tianguis con las bolsas del mandado o comprando pañales en el supermercado. ¡Qué cruel es la existencia! ¡Hasta dónde hemos llegado! Esa dicha efímera, ese glamour del que sabe, del que conoce y habla lenguas, se ha perdido. Si los mortales, como los funcionarios o burócratas, pueden suplir su hacer, a los intelectuales no les quedará más que rememorar viejas glorias de antaño.
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