
Por Edgar Sánchez Quintana
Ando en las combis con una elegancia recalcitrante, humosa; como el calor que hace dentro de ella, mi refinamiento efectúa un aturdido exabrupto en los viejos tenis con los que camino por la ciudad. Los cómpas de viaje no tienen cara, sino que son como narices que me miran y me perciben, observan las cosas que circulan a su rededor pero como si eso sólo los adormilara, como si pasamos por un ordeñadero de conciencias; su cosmovisión no llega más allá que: las personas de enfrente, el tubo para sostenerse, el olor nauseabundo, combiezco; el sonido sonoro y aullante de la música cumbiambera, los rechinidos de la puerta y la mecánica gastada, los amortiguadores desovando meneos como si a todos en la combi nos diera hipo; también se integra a esa cosmovisión, el frenado tan precioso que realiza el chofer con gran fervorín y sin ambages. La combi, con un ligero asomo de rusticidad en los interiores, su onerosidad se asoma al minimalismo, de una comprensión austera, que va de panzazo, o sea de una vanidad ridícula o en ayuno.
Y la combi va de calle en infinitos tropiezos levantando a la tropa, a esos, a los sudorosos compañeros, a los hermanos de viaje, los que tienen el mismo destino lacrimógeno de viajar en colectivo, a la felicidad que soporta mis hedores lastimosos, a todos ellos que se abren paso a codazos oa miradas fulminantes. Y los pasajeros aztecas se joroban en la salida, se joroban en la entrada y se joroban en el pago, pues tanta impertinencia se ha vuelto ley de embudo, donde el que no pide en gracia hasta lo ven mezquino. Aquí circulando voy en este carromato por las avenidas como circular por biografías: Miguel Hidalgo, Juárez, Venustiano Carranza, Porfirio Díaz y los semáforos no son otra cosa que permitir o no pasar permitir la hoja de un héroe nacional al siguiente donde el ídolo no tiene nada que ver con la banqueta trasnochada, ni con anchuras cívicas.
Siendo hermosas desde su perfil cuadrado, carente de aerodinámica, y con su parabrisas trompudo, como con ojos cohibidos u ojalados, pero por algún lado tiene de poder ver el as del macadán; pero dejen apreciar esa poderosa máquina de “vocho” el sonido tan característico de un motor de combi colectiva, casi de patente, es el afrodisíaco que invita a dar el paseo, a la farra hacia cualquier destino. En ella puede caber dos pares de novios y un soltero de tenis viejos, caben dos macuarros y una secretaria de salario mínimo, además señora gorda con canasta cargando a un viejo beodo pero bien contento; adelante, como pieza, como parte integral del mueble va el autóctono hombre moreno que tiene cara de calle y maneja un volante y en el asiento contiguo la encantadora mujer de cuerpo querendón que va por la vida haciendo sufrir a hombres como yo. Todo eso ocurre en sitios tan públicos pero tan cerrados, en ningún otro lugar podría encontrar el escritor o novelista personajes de lo más singulares, situaciones de lo más inverosímiles, o narraciones de lo más ingeniosas; basta con subir a un transporte de estos y enriquecer la experiencia. Yo no me jubilo de tales naves más bien voy jubiloso hasta mi muerte, la cual podría ser en accidente de una de estas.
Pero el destino, que a veces tiene un humor más negro que la tinta de mis cuadernos, decidió que mi jubilación de las combis no sería por accidente, sino por un despojo. La combi, atestada como siempre, se detuvo en un semáforo. De repente, la puerta se abrió con un estruendo y dos sombras se abalanzaron. Voces ásperas, manos que palpaban bolsillos, el miedo helado que se propaga como un virus. Los pasajeros, antes narices anónimas, se convirtieron en estatuas de terror. Mi cartera, mi reloj, mi viejo celular… todo se fue en un instante. Pero mientras los ladrones saltaban de nuevo a la calle, uno de ellos, con un gesto de desprecio, arrojó al suelo mi pequeña libreta de tapas gastadas y mi bolígrafo de tinta azul, esos compañeros inseparables de mis andanzas literarias. «¿Y esto pa’ qué sirve?» espetó, antes de desaparecer en la multitud.
Recogí mis tesoros, mis apuntes, mis ideas a medio gestar, mis personajes aún sin nombre. El sudor frío no era ya por el calor de la combi, sino por la ironía lacerante. Había perdido lo material, sí, pero el verdadero despojo era el de mi mundo, el de mis palabras, el de mi intelecto, que para esos hombres no valía ni un centavo. La combi reanudó su marcha, los pasajeros volvieron a ser narices, pero yo, el hacedor de letras, me sentí más desnudo que nunca, con la certeza de que mi jubilación de tales naves no sería por accidente, sino por la cruda lección de que, en la calle, la palabra, mi palabra, no valía nada. Y en ese instante, comprendí que la verdadera literatura no se escribe en la comodidad de un estudio, sino en el fragancia de la vida, incluso cuando esta te despoja de lo que crees más valioso.
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