Edgar Sánchez Quintana

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Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra una moderna terminal de autobuses en Tlaxcala con un autobús eléctrico de última generación. En el fondo, una vieja y oxidada "combi" de los años 70 se desvanece entre sombras, simbolizando la transición del monopolio a la modernidad. Al horizonte se aprecian los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl bajo un cielo de atardecer dorado.

¿Es posible un transporte digno en Tlaxcala? Edgar Sánchez Quintana analiza el fin del monopolio de ATAH y la urgencia de modernizar una central camionera anclada en el pasado.

Por Edgar Sánchez Quintana

Las terminales de autobuses poseen un simbolismo profundamente marcado en nuestra actualidad. Son lugares-vértice donde se intercambian biografías y destinos, pero en Tlaxcala, este símbolo se ha convertido en una grotesca ironía de lo que debería ser el progreso. Nuestra «Central de Autobuses», inaugurada en la década de los setenta como un logro de concentración y orden, hoy se asemeja más a una costra de ciudad colonial que a un centro de transferencia moderno. Como una ostra que desova chatarras, la central sigue operando bajo el «método de la sardina»: mientras más pasajeros entren al autobús con el mismo servicio retrógrado, mejor será la ganancia para los viejos déspotas que disfrutan de su coto.

Durante décadas, la empresa Autotransportes Tlaxcala, Apizaco y Huamantla (ATAH) ha manejado a su antojo las concesiones y la central camionera, estableciendo un monopolio de facto que ha asfixiado la competitividad y la calidad del servicio. Sin embargo, en este 2026, el panorama está cambiando. Investigaciones recientes de la Secretaría de Movilidad y Transporte (SMyT) han revelado una verdad escandalosa: tanto ATAH como Expresso Xicohténcatl han operado durante los últimos 30 años sin concesiones ni permisos vigentes, cobrando tarifas onerosas bajo una supuesta jurisdicción federal que la propia Federación ha desconocido.

El gobierno actual, encabezado por Lorena Cuéllar, ha iniciado una batalla legal y administrativa para romper estas cadenas. Tras la pérdida de amparos por parte de ATAH en febrero de 2026, se ha abierto la puerta a la regularización y a la entrada de nueva competencia en rutas críticas como la Tlaxcala-Apizaco. El objetivo es claro: transitar de una «vanidad ridícula» de transporte hacia un sistema digno, con terminales de origen y destino reales, y tarifas que no castiguen el bolsillo del trabajador tlaxcalteca.

Para que Tlaxcala cuente con vialidades y transporte a la altura de su gente, no basta con renovar el parque vehicular con unidades tipo sprinter que saturan las rutas. Es necesario un ordenamiento integral que equilibre la oferta y la demanda, eliminando la sobreoferta que genera caos y vibraciones de desidia. La modernización debe incluir tecnología nula hasta ahora, infraestructuras viales inteligentes en puntos críticos como Tizatlán y, sobre todo, una gestión transparente que anteponga el bienestar del peatón y del usuario al beneficio de unos pocos.

La central camionera ya no puede seguir siendo ese «espantajo arquitectónico» que ignora el zarpazo de la globalización. Es hora de que el transporte en Tlaxcala deje de ser un «carromato de biografías» en ayuno de dignidad y se convierta en el manantial lozano que el paseante y el ciudadano merecen. La batalla contra los monopolios es apenas el preámbulo; la verdadera meta es que el derecho a la movilidad deje de ser una concesión graciosa para convertirse en una realidad cívica indiscutible.

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