
Descubre la vida y obra de Arthur Rimbaud, el poeta que se hizo vidente a través del desarreglo de los sentidos. Un ensayo de Edgar Sánchez Quintana sobre la modernidad radical y el legado de un genio literario.
Por Edgar Sánchez Quintana
“Es preciso ser absolutamente moderno”
A. Rimbaud
Arthur Rimbaud, el poeta de pocas palabras, pero de una intensidad que trasciende el tiempo, nos legó una obra breve, forjada entre los dieciséis y los diecinueve años (1870-1873), que resuena con la fuerza de un oráculo. Su célebre afirmación, «el poeta se hace vidente mediante un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos», encapsula la esencia de su pensamiento y de toda su creación. En esta frase, Rimbaud no solo define su poética, sino que traza un camino hacia una modernidad radical, una búsqueda de la verdad a través de la disolución de las convenciones.
La vida de Rimbaud fue tan antiliteraria como su obra fue revolucionaria. Aventurero, negrero y traficante de armas, su existencia fue un constante desafío a las normas. André Breton, en el primer manifiesto surrealista, lo proclamó «surrealista en la vida práctica y en todo», reconociendo en él al precursor de una nueva sensibilidad. Rimbaud, un adolescente rebelde con «ojos de un azul que da miedo», extrajo de su enojo y de su visión de «poeta vidente» una imaginación desbordada, cayendo en un nihilismo desmedido. Su huida de sí mismo, esa crisis arquetípica del adolescente radical, lo convirtió en un díscolo incurable. «Me parecían risibles las celebridades de la pintura y de la poesía moderna; me gustaban las pinturas idiotas, los decorados de los saltimbanquis, las ilustraciones populares; me gustaba la literatura fuera de moda, el latín de iglesia…», confesaba, revelando su desprecio por lo establecido y su fascinación por lo marginal.
En su poesía, los gustos más extravagantes y las ideas más absurdas se dan cita. Con una audacia que estremece, Rimbaud declara: «curas, profesores y maestros, os engañáis dándome en las manos la justicia, yo nunca fui cristiano, yo soy de la raza que cantaba en el suplicio, yo no entiendo las leyes, yo no tengo sentido moral, yo soy un bruto». Esta declaración es un grito de libertad, una negación de toda autoridad moral y religiosa que busca las máximas formas de amor, de sentimiento y de locura. Para Rimbaud, si la operación de los sentidos resulta vana, «entonces ya no quedará más que elegir otros caminos y buscar la libertad en el sueño o en el silencio del propio yo interior o en soluciones metafísicas». Los sueños, como el yo interior, son caminos admisibles que pueden conducir a resultados sorprendentes e inimaginables. «Una noche», nos dice, «senté la belleza en mis rodillas, la encontré amarga y la injurié». Sus imágenes, desprovistas de ataduras temporales, humanizan y corporeizan lo increíble, revelando una alquimia del verbo que se entreteje entre la risa loca y la mente clandestina e idiota.
Para Arthur Rimbaud, la auténtica vida está ausente; no estamos en el mundo, sino inmersos en alucinaciones y combinaciones. Su poesía es un «harapo podrido», un «pan empapado de lluvia», una «embriaguez» de «mil amores» que lo han crucificado. En sus versos, la piel roída por el barro y la peste, los cabellos y las axilas llenos de gusanos, y «gusanos aún más gordos en el corazón», son imágenes de una purificación orgiástica, de gritos subterráneos que emergen entre sus ropas y sus palabras poéticas. Su exorcismo discursivo y desmedido, su culto al coraje clandestino, lo consagran como un poeta maldito, un vidente que, al perder su aureola en el fango, se volvió «absolutamente moderno» y, paradójicamente, eterno.
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