Edgar Sánchez Quintana

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DE LA ERUDICIÓN BARATA Y OTROS TOPES INTELECTUALES

Imagen cinematográfica y satírica. Un "intelectual" de mediana edad con boina negra, gafas redondas y chaqueta de tweed desgastada está arrodillado en una calle polvorienta de México, señalando dramáticamente un tope pintado de amarillo como si fuera una reliquia sagrada. Sostiene un libro viejo de filosofía. Al fondo, un coche de los años 90 está averiado tras haber golpeado el tope, con aceite derramándose en el asfalto. A lo lejos, un oficial de tránsito aburrido escribe una multa, ignorando por completo la actuación del hombre. La iluminación es dramática, resaltando el contraste entre la supuesta profundidad filosófica y la realidad urbana decadente.

¿Es el tope un bulto de cemento o una categoría trascendental? Pancracio Von Bumpen nos guía por un laberinto de sofismas para defender al nuevo tótem de la posmodernidad.

Por Edgar Sánchez Quintana

Desde que tengo uso de razón —o al menos desde que reprobé mi primer seminario de Hermenéutica Aplicada—, siento una fascinación casi erótica por los topes. ¡Qué monumentos a la inmovilidad! ¡Qué bultos de sabiduría pétrea que adornan nuestras avenidas como verrugas divinas en el rostro de la patria! Mientras el vulgo —esa masa informe de conductores que solo ven en el acelerador una extensión de su precaria virilidad— lanza inadecuados contra estas protuberancias, yo, el Licenciado Pancracio Von Bumpen (autoproclamado especialista en Ontología del Obstáculo), me yergo como su defensor insuperable.

La raíz etimológica de la palabra «tope» es, como todo lo que vale la pena, un laberinto de erudición barata. Seguramente se emparenta con los «tópicos» de Aristóteles. Para la Estagirita, los tópicos eran los lugares comunes del razonamiento; para mí, el tope es el lugar común donde el cárter del coche se encuentra con la Verdad Absoluta. Si sigue la estela de Cicerón, quien definió los tópicos como «instrumentos de persuasión», ¿acaso hay algo más persuasivo que un tope de treinta centímetros de alto para obligar al hombre a reflexionar, a detener su marcha frenética y, finalmente, a hacer un alto total? ¡Es la persuasión hecha cemento!

ConceptoAplicación Neoliberal (Velocidad)Aplicación Metafísica (Tope)
OntologíaEl movimiento perpetuo (Panta Rhei)El Ser inamovible (Parménides)
EstéticaAerodinámica de plásticoCurvas de Afrodita en concreto
ÉticaLa prisa individualistaLa templanza forzada por el bulto
PolíticaEl libre flujo de mercancíasLa soberanía del soltero soberano.

Dios, en su infinita sabiduría, creó los primeros topes y los hombres, en su limitada semántica, los llamaron montañas. El Himalaya, los Andes, los Alpes… no son sino topes geológicos diseñados para que los vientos no se pasen de listos. Los humanos, siempre imitadores de lo divino, creamos el Muro de Berlín o la Gran Muralla China, pero en nuestra era posmoderna hemos decidido miniaturizar la grandeza. El tope es la Muralla China de bolsillo, la Línea Maginot del barrio, puesta ahí para proteger la pureza del aire y la integridad de los solteros vecinos.

«El tope no es un obstáculo; es la Tópica Trascendental de Kant encarnada en el asfalto. Sin el tope, el espacio-tiempo de nuestra urbe sería un caos heracliteano donde el ‘Panta Rhei’ nos llevaría al abismo de la velocidad sin sentido. El tope es el Logos que dice: ¡Detente y medita sobre tu suspensión!»

Miro un tope y no veo bulto, veo una entidad metafísica, un tótem moderno que los arqueólogos del futuro —esos que sí sabrán apreciar mi genio— desenterrarán con reverencia, otorgándole connotaciones mágicas. Dirán que adorábamos al «Dios del Alto Impacto». He de afirmar que el tope es la punta de lanza de nuestra posmodernidad, el elemento potenciador de nuestros horizontes (siempre y cuando no midan más de quince centímetros).

Ayer, mientras le explicaba a un oficial de tránsito que mi detención brusca sobre un tope no era falta de pericia, sino un ejercicio de «clinamen epicúreo» para introducir el libre albedrío en el flujo vehicular, el muy zafio me interrumpió con una vulgaridad administrativa:

—Joven —me dijo, con esa voz que carece de toda vibración existencial—, deje de decir sandeces. Se voló el tope, rompió el eje y está obstruyendo la circulación. Bájese de la banqueta y muéstreme su licencia.

¡Ah, la ceguera de los prácticos! No comprenden que mi coche no está «descompuesto», sino que ha alcanzado el estado de Gracia Parménidea: el Ser es, y el movimiento es una ilusión. Especialmente cuando se te cae la transmisión en plena Avenida Juárez y el aceite derramado dibuja un mandala de amargura en el pavimento

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