
DE LA ERUDICIÓN DIGITAL Y OTROS LABERINTOS DE SILICIO
¿Es la arroba un simple carácter o el ombligo del mundo digital? El Dr. Epifanio Glotocentro nos sumerge en la liturgia del signo acaracolado en esta sátira mordaz.
Por Edgar Sánchez Quintana
Desde que mi módem de 56k dejó de emitir su chirrido de ángel agónico, he comprendido que la salvación no está en el Verbo, sino en el Símbolo. Y no cualquier símbolo, sino en ese garabato inexorable, ese caracol de silicio que llamamos arroba. ¡Oh, la @! Himno romántico y plañidero a la vez. Sin ella no somos nadie; dependemos de su curvatura espacio-temporal para no sentirnos tan solos en este desierto de bits. Yo, el Dr. Epifanio Glotocentro, he dedicado mi vida a la «Arrobología», la ciencia que estudia cómo este carácter nos ha evangelizado, sacándonos de la barbarie de los timbres aéreos y las cartas con aroma a humedad.
La etimología de la arroba es, para el lingüista de altura, un banquete de significados. Viene del árabe al-rub, «la cuarta parte». Pero para mí, es la cuarta dimensión del lenguaje, el cuarto pilar de la realidad después del espacio, el tiempo y el ego. Es el ánfora de los mercaderes venecianos del siglo XVI, pero una ánfora digital donde vertemos nuestras leperadas y fruslerías sin distingo de oraciones. Es la «a» primigenia del abecedario, aquella que se muerde la cola como un Ouroboros lingüístico, recordándonos que todo mensaje que enviamos vuelve a nosotros en forma de spam o de silencio.
| Concepto | Aplicación Analógica (Pasado) | Aplicación Digital (2026) |
| Origen | Unidad de medida árabe (Al-rub) | La cuarta dimensión del lenguaje |
| Forma | Ánfora veneciana de barro | Caracol de silicio y fibra óptica |
| Función | Sello de mercaderes y marinos | Pasaporte universal y sello de identidad |
| Mística | Sustituto del «Amén» medieval | Llave de la misericordia cibernética |
Formo parte de esa comunidad cuya religiosidad se dirige al signo acaracolado. Gracias a ella, nuestro verbo ha renacido y nuestra incertidumbre ha desaparecido. Somos felices en esta nueva moral de la arroba que nos constituye. Ella, como liberada del pensamiento, nos hace compartir nuestros sueños con los de los poderosos, porque gracias a ella nuestra voz suena igual de fuerte y enjundiosa que la del magnate de Silicon Valley. Mi obra literaria, mi Magnum Opus sobre la «Metafísica de la @», puede ser almacenada en recipientes casi intangibles, corcholatas de refresco digital que contienen el universo entero.
«La arroba no es un carácter; es el emblema más apropiado de Dios porque tiene la ‘a’ del inicio y la espiral del infinito. Es una entidad incluyente, un pasaporte que tumba fronteras y abre caminos, custodiada por una ‘c’ de casa en la cual todo aquel que quiera puede guarecerse de la intemperie del analfabetismo digital.»
Ayer, sin embargo, la fe fue puesta a prueba. Frente a mi computadora, la cual remojé un poco en agua bendita (y destilada) para que corriera más rápido el programa de correo, me dispuse a enviar mi tratado al mundo. Pero la máquina, ese ídolo de metal y cables, me pidió una contraseña.
—@ —tecleé con devoción.
—Contraseña incorrecta —respondió el sistema con la frialdad de un sofista.
—@@ —insistí, pensando que la duplicidad del signo aumentaría mi gracia.
—Contraseña incorrecta. Debe incluir al menos un número y una mayúscula.
¡Blasfemia! ¿Cómo osan pedirme números cuando tengo la Unidad Absoluta de la Arroba? Pasé horas intentando combinaciones: Arroba1, AlRub2026, Chiocciola_Infinita. Al final, agotado y con los dedos entumecidos de tanto acariciar el carácter, comprendí mi error. Mi contraseña no era una palabra, era un sentimiento. Pero el servidor de Gmail no entiende de sentimientos, solo de algoritmos.
Ahora estoy aquí, frente a la pantalla en blanco, contemplando la @ como un chamán de Catemaco contempla una infusión de hierbas. He olvidado el acceso a mi propio correo, pero no importa. Mientras tenga la arroba, tengo la llave de la misericordia. Aunque no pueda leer mis mails, sé que estoy en el centro del laberinto, en la eternidad del caracol, donde todos nos entendemos de maravilla… aunque nadie sepa de qué carajos estamos hablando.
Deja un comentario