Edgar Sánchez Quintana

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Imagen cinematográfica e hiperrealista para el cuento satírico "La Aduana de las Ternuritas". La escena es una oficina burocrática celestial, que recuerda a una oficina gubernamental de los años 90 pero con elementos etéreos. En primer plano, un alma ingenua y brillante (representada como una figura humanoide de luz pura) se encuentra frente a un Maestro Guía de aspecto cansado (un hombre de mediana edad con gafas gruesas y corbata desaliñada) que teclea en un viejo monitor de pantalla verde. Detrás de ellos, una pared de monitores muestra imágenes caóticas y de rápido cambio de la Tierra en 2026: explosiones en Gaza, mítines políticos con figuras como Milei y Trump, e interminables selfies. Una secretaria severa con un moño apretado y una pila altísima de formularios se acerca, sosteniendo una bandeja de pago. La atmósfera es una mezcla de burocracia cósmica, humor negro y un toque de lo absurdo.

Un alma ingenua busca encarnarse en el caótico 2026, enfrentándose a la burocracia celestial y a un Dios con prisa. Una sátira metafísica sobre la vida, la política y los impuestos.

Por Edgar Sánchez Quintana

El alma, aún sin nombre ni la pesada carga de una forma definida, flotaba en la Estación de Tránsito. No era un limbo etéreo de mármol y nubes, sino una oficina burocrática de los años noventa, con su inconfundible aroma a café rancio, papel viejo y el polvo milenario de la eternidad. Frente a ella, el Maestro Guía, un ser de paciencia infinita y hastío cósmico, tecleaba con la parsimonia de quien ha visto el fin de incontables civilizaciones en un monitor de fósforo verde. Detrás, una pared de pantallas parpadeaba con el caótico presente terrenal: explosiones en Gaza, mítines de Milei, tuits de Trump, y un sinfín de selfies de ombligos digitales, cada uno más narcisista que el anterior.

—Quiero encarnarme —dijo el alma, su voz un tintineo de campanas de cristal, pura e ingenua—. Necesito información. Me gustaría encarnarme en la Franja de Gaza.

El Maestro Guía levantó la vista, sus ojos, velados por el cansancio de eones, brillaron con una mezcla de compasión y una exasperación apenas contenida.

—¡Ay, ternurita! —exclamó, con un suspiro que parecía arrastrar el peso de todas las tragedias humanas—. No sabes lo que estás pidiendo. Gaza, en este 2026, es un simulacro de apocalipsis, un escenario donde la geopolítica se burla de la humanidad. Es un campo de pruebas para la paciencia divina, si es que aún le queda alguna gota.

En ese instante, una secretaria con un moño tan apretado como su reglamento y una pila de formularios que desafiaba la gravedad, se acercó al mostrador con un clic-clac de tacones que resonaba en la eternidad.

—Disculpe, joven alma —dijo con voz monocorde, como un chatbot celestial—, si desea encarnarse y tener una experiencia, debe saber que aquí rige una ley inmutable, un axioma cósmico: «Como es arriba, es abajo, y viceversa». Por tanto, la experiencia tiene un costo. Hay que pagar impuestos por la vida, por la existencia, por el mero hecho de respirar el aire contaminado de la Tierra.

El alma, aunque perpleja, extrajo de su etéreo bolsillo unas monedas de luz y las depositó en la bandeja. —Espero que esta sea una excelente experiencia —murmuró, con un optimismo que el Maestro Guía había desterrado de su vocabulario hace milenios.

—Ahora que lo pienso —continuó el alma, ignorando deliberadamente las pantallas del caos global—, quiero ser marxista.

El Maestro Guía soltó una carcajada ronca que hizo vibrar los monitores y temblar los cimientos de la Estación.

—¡Hujule! —exclamó, secándose una lágrima de humor cósmico—. Eso ya es retrogrado, ternurita. Un poco atrasado en ideas, incluso para los estándares de este sitio. El Apocalipsis está por desatarse, y los jinetes no preguntan por ideologías, solo por almas que cosechar.

Justo entonces, la pared de pantallas se transformó en un lienzo digital. Siete caballos espectrales, con sus jinetes de sombra, se alinearon en el horizonte digital, sus ojos de fuego fijos en el mundo. Uno de ellos, el de la Guerra, ya se lanzó a todo trote, dejando una estela de fuego, desesperación y fake news.

—¡Maestro! —dijo el alma, con un brillo renovado en sus ojos de luz, ajena al terror—. Quiero caer en una familia peronista.

El Guía se golpeó la frente con la palma de la mano, un gesto de frustración que trascendía el tiempo y el espacio.

—¡Eres una ternurita incorregible! —gruñó—. Si eso haces, te encontrarás con un presidente como Javier Milei, que te recordará cada día que el Estado no existe, que la libertad es el único camino, aunque te mueras de hambre en el intento y te culpe por ello. La experiencia peronista en 2026 es un oxímoron.

De repente, un torbellino de luz y energía irrumpió en la Estación, haciendo que los monitores se apagaran y la secretaria perdiera su moño. Era Dios, con una túnica desaliñada y el ceño fruncido, moviéndose con una prisa inusual, como si el tiempo se le escapara de las manos.

—¡Padre! —exclamó el alma, sorprendida por la aparición divina—. ¿A dónde vas tan rápido?

Dios se detuvo un instante, con una expresión de preocupación infinita, una arruga cósmica en su frente.

—Este sitio… mi paraíso más amado… está a punto de desaparecer —dijo, señalando el planeta Tierra con un gesto de desesperación que abarcaba galaxias—. Hay un hijo mío, llamado Donald Trump, que le molesta este mi paraíso más amado. Y no sé qué hacer con él. Su ego es más grande que el universo que creé.

El alma, con una audacia que solo la ingenuidad puede dar, y que ya empezaba a irritar al Maestro Guía, preguntó:

—¿Me das la oportunidad de encarnarme?

Dios miró al alma, luego al planeta convulso, y una sonrisa triste, pero llena de una esperanza inquebrantable, se dibujó en sus labios.

—Por ti, mi amado —dijo, con una voz que era a la vez un trueno y un susurro, el Big Bang y el silencio—, el planeta seguirá siendo mi sitio de amor, aunque otros quieran cosas distintas. Ve, ternurita. Ve y sé la luz que aún no se apaga. Pero no olvides pagar tus impuestos. Y, por favor, no te hagas peronista. Ni marxista. Ni trumpista. Solo sé. Y recuerda que la experiencia, por muy caótica que sea, siempre es un regalo.

El alma sonrió, sintiendo un extraño cosquilleo, una mezcla de miedo y emoción. La experiencia, pensó, prometía ser… interesante. Interesante. Interesante. Interesante. Y con un último destello de luz, se lanzó hacia el torbellino, dejando atrás al Maestro Guía, que negaba con la cabeza, y a la secretaria, que ya preparaba el formulario de «Reclamación de Experiencia Insatisfactoria» con la certeza de que, tarde o temprano, sería utilizado.

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