Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

Imagen cinematográfica e hiperrealista para la crónica "Juan Bañuelos: Memoria Viva en los Pasillos de la Universidad (2026)". La escena representa un pasillo universitario en Tlaxcala, fusionando la estética de los años 90 con elementos de 2026. En primer plano, una versión más joven del autor (espigado, delgado, jovial) mira atentamente a un Juan Bañuelos mayor, quien camina con paso pausado, cabello canoso y rizado, lentes ligeramente caídos sobre la nariz, llevando carpetas. El pasillo está flanqueado por estanterías repletas de libros de poesía y filosofía. Al fondo, a través de grandes ventanales, se vislumbra un campus universitario moderno y vibrante, con estudiantes interactuando y sutiles pantallas holográficas que muestran noticias relacionadas con el EZLN y eventos culturales de 2026. La iluminación es suave y nostálgica, con un cálido resplandor sobre Bañuelos y el autor, contrastando con el fondo ligeramente futurista. La atmósfera evoca un legado intelectual, compromiso político y el poder perdurable de las palabras a través de las generaciones.

Un viaje nostálgico a los noventa en la UAT: la memoria viva de Juan Bañuelos, su legado poético y su compromiso con el zapatismo en el México de 2026.

Por Edgar Sánchez Quintana

Durante mi época estudiantil, yo era espigado, más bien flaco, de andar apurado, jovial y lleno de ideas de transformación. Cursaba la universidad en la carrera de filosofía y en aquellos años, los vibrantes noventa, colaboraba en la sección cultural de los domingos del periódico El Sol de Tlaxcala.

Por ese tiempo, ya daba clases en la facultad el poeta Juan Bañuelos, quien para entonces era una figura reconocida dentro de la poesía mexicana. Lo recuerdo caminando por los pasillos universitarios con paso pausado. Tenía el pelo cano y crespo, los lentes ligeramente caídos sobre la nariz y acostumbraba llevar carpetas apoyadas en el antebrazo. Hay quienes dicen que la forma de caminar de una persona guarda algo de sus años de juventud. Siempre imaginé que ese caminar tranquilo lo había heredado de los cerros de su natal Chiapas, territorio que tanto amó y que con frecuencia aparecía decantado en su poesía, un eco de la resistencia y la belleza de su tierra.

¿Fue la poesía lo que nos unió? No exactamente.

Lo que despertaba mi curiosidad era algo distinto, algo que resonaba con la efervescencia política de la época. Bañuelos había participado activamente en los esfuerzos de diálogo y pacificación relacionados con el conflicto entre el gobierno mexicano y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) como miembro de la Comisión de Concordia y Pacificación (COCOPA). Eso sí me interesaba profundamente. Para un joven universitario de los años noventa, con inquietudes políticas y sed de transformación social, conocer a alguien que había sido protagonista de un proceso histórico como ese resultaba fascinante. Su figura encarnaba la posibilidad de que la palabra, la poesía, pudiera ser también una herramienta de cambio, un puente entre mundos en conflicto.

Recuerdo aquellos tiempos en que algunos intentábamos, de manera casi clandestina, simpatizar con la resistencia zapatista desde Tlaxcala. La información corría de boca en boca; había que ser prudente, hablar poco y escuchar mucho. En nuestra imaginación juvenil se mezclaban referencias de otras luchas: los rojos de España, los anarquistas, los maquis. Todo tenía un aire romántico y peligroso a la vez. Era también una época con pocas libertades y una atmósfera política que muchos sentíamos restrictiva, un contraste brutal con la búsqueda de soberanía y multilateralidad que hoy, en 2026, sigue siendo una bandera en muchos frentes.

Con el tiempo tuve la oportunidad de acercarme a él con mayor naturalidad. En la cafetería de la escuela le mostré algunos de mis apuntes: poemas y textos en prosa que yo escribía entonces. Recuerdo que los revisó con calma y me dijo algo que en ese momento sonó sencillo pero que con los años comprendí mejor:

—Habría que trabajar más… y encontrar tu forma, tu estilo.

Hoy lo entiendo con mayor claridad. Tal vez yo no estaba destinado a la poesía. Con los años mi camino se inclinó más hacia la novela, el cuento y el ensayo. Sin embargo, aquella observación contenía una enseñanza profunda: cada escritor debe encontrar su propia voz, su propia trinchera en la selva cultural. Es una lección que resuena con fuerza en este 2026, donde la autenticidad y la integridad cultural son más necesarias que nunca frente a los simulacros y la homogeneización.

Aun así, asistí a un curso de poesía que él impartía. En esas sesiones se trabajaba el poema con rigor: precisión, concisión, pulimento del lenguaje. Era el taller de alguien que ya había escrito varios libros y que sabía que la poesía no se improvisa, sino que se construye con disciplina y honestidad. En ese curso compartí aula con varios compañeros que con el tiempo se convertirían en poetas importantes del estado: Isolda Dosamantes, Minerva Aguilar, Jair Cortés, Yassir Zárate, Citlali Hernández Xochitiotzin, Marisol Nava, Gloria Nahaivi y Georgina Franco Gastélum, entre otros cuyos nombres hoy se me escapan de la memoria. Todo esto ocurría en la década de los noventa en la Universidad Autónoma de Tlaxcala (UATx), un semillero de talentos que hoy, en 2026, sigue siendo un referente cultural en la región.

Con los años, la universidad reconoció la trayectoria de Juan Bañuelos otorgándole el grado de Doctor Honoris Causa, como reconocimiento a su contribución al prestigio y al enriquecimiento cultural de la institución. Un legado que la UATx, en este presente, sigue honrando y difundiendo, manteniendo viva la memoria de un poeta que fue también un activista, un puente entre la academia y la lucha social.

Cuando el poeta falleció en 2017, muchos en Tlaxcala nos enteramos tiempo después. Él había regresado a su tierra natal, a Chiapas, donde finalmente murió, cerrando el círculo de su vida en la tierra que tanto inspiró su obra. Sin embargo, algo de su presencia permanece.

Queda la memoria de sus clases, la influencia que ejerció sobre los jóvenes poetas que formó y la huella que dejó en quienes, aunque no seguimos el camino de la poesía, aprendimos de él una lección esencial: la literatura es también una forma de disciplina, de búsqueda y de honestidad con la propia voz. En 2026, cuando se cumplen 30 años de los Acuerdos de San Andrés, y el zapatismo sigue siendo un símbolo de resistencia cultural y política, la figura de Juan Bañuelos cobra una relevancia aún mayor. Su compromiso con los pueblos originarios y su visión de una cultura arraigada en la justicia social, son un faro para las nuevas generaciones que buscan construir una sociedad más equitativa y plural. Eso es lo que queda de Juan Bañuelos en Tlaxcala: la memoria viva de quienes pasaron por sus aulas y encontraron en su enseñanza una forma de acercarse con mayor seriedad al oficio de la palabra, y a la vida misma.

La palabra y la memoria cobran fuerza cuando se comparten. Te invito a dejar tu comentario aquí abajo: ¿conociste al maestro Bañuelos o su obra ha resonado en tu propio camino? Comparte tu perspectiva y suscríbete al blog para que sigamos rescatando juntos las voces que dan identidad a nuestra tierra.

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