Edgar Sánchez Quintana

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Escritorio de madera antigua con libro de poesía abierto, pluma y vela encendida en biblioteca polvorienta, junto a una tableta mostrando un video de TikTok con fondo de pantalla verde simulando una gran biblioteca.

Siempre hubo tramposos en la literatura. Hoy tienen pantalla verde y TikTok. Un ensayo sobre la poesía que perece como bolsa de papitas.

Siempre han existido tramposos en la literatura. Están aquellos que únicamente leen las solapas de los libros, se llenan la boca con el nombre del autor de moda y vociferan su aprendizaje a través del aforismo elemental de alguna teoría, presumiéndose así sabedores. Son personajes que fingen saber, pero no saben; fingen leer, pero no leen.

La rigurosidad del escritor, o de cualquier lector con oficio, exige ir al fondo. Implica indagar, cuestionar, obtener verdadero provecho de la lectura, ser críticos e incluso —cuando es necesario— distanciarse de ciertos autores. Eso es lo que corresponde a un intelecto ecuánime. Recuerdo haber visitado bibliotecas personales de grandes escritores y quedarme asombrado ante su riqueza. No era solo la acumulación de volúmenes, sino la parafernalia que los acompañaba: objetos de arte, legajos, carpetas, una arquitectura del conocimiento donde cada elemento tenía un porqué. Incluso en aquellas viejas entrevistas que aún sobreviven en YouTube, uno podía observar a espaldas del autor ese entramado denso de libros y bloques alternados que sostenían su pensamiento.

Pero hoy asistimos a un rompimiento radical entre el poeta y su entorno. El archivo literario del autor fenece. Está en declive, en evidente peligro de extinción, puesto que todo ha quedado enmarcado en la inmediatez, en la prontitud del «hágase, consúmase y pase al siguiente TikTok».

En este nuevo ecosistema, la simulación ha alcanzado niveles escenográficos. Así como antes se leían solo las solapas, hoy un supuesto autor puede fingir sapiencia utilizando una pantalla verde para aparentar que transmite desde la Biblioteca de Alejandría o los sótanos del Vaticano. Los poetas contemporáneos buscan validación constante en el scroll infinito, mendigando likes como si fueran aplausos.

Como resultado, su poesía perece con la misma trascendencia que una bolsa de papitas fritas. Se aprecia tanto como el relámpago de un foco que se acaba de fundir.

El lenguaje mismo ha decantado hacia la trivialización. Asistimos al desfile de la palabra encuerada, sosa, tosca. La poesía se ha vuelto tan llana como un aforismo emotivo de WhatsApp, donde un simple «buenos días» intenta competir, de manera sumisa y fracasada, con la profundidad de Lope de Vega o de Borges.

Esta dinámica nos obliga a cuestionar la precariedad de la memoria literaria contemporánea. Si la energía creativa actual responde únicamente a lógicas inmediatas y simultáneas, ¿qué quedará de esta generación poética cuando los servidores se apaguen o los algoritmos cambien sus reglas? Nos encontramos ante una tensión irreconciliable: la supuesta democratización de la voz poética ha terminado por abaratar el lenguaje, reduciendo el poema a un producto de consumo rápido que no exige rigor, ni silencio, ni archivo.

Quizá la verdadera resistencia del escritor actual no sea adaptarse a la velocidad de la red, sino volver a construir su propia biblioteca. Reivindicar el peso de la palabra, el polvo de los libros y la lentitud del pensamiento frente al foco fundido de la viralidad.

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