Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

¿Qué es el sometimiento cuando ya no duele, cuando se asume como identidad? Este ensayo filosófico explora la fenomenología del sometimiento: cómo se constituye como episteme, se encarna en el cuerpo y clausura la posibilidad de pensarse de otro modo. Una propuesta ontológica sobre la dominación, la corporalidad fragmentada y la emancipación como reconocimiento de sí.

Por Edgar Sánchez Quintana

Introducción

Pensar el sometimiento únicamente como una relación externa de dominación —ya sea de carácter económico, político o institucional— resulta, en última instancia, insuficiente para agotar la complejidad del fenómeno. Tal enfoque, si bien describe con precisión las estructuras visibles del poder y la coerción material, deja intacto el núcleo más profundo y resistente del problema: la manera en que el sometimiento se constituye como una experiencia vivida, como una forma de conocimiento y, fundamentalmente, como una configuración del ser.

Este ensayo propone una fenomenología del sometimiento. No se trata de formular una teoría de la opresión en términos exclusivamente sociológicos o estructurales, sino de emprender una indagación ontológica sobre cómo el sometimiento se manifiesta, se interioriza y se encarna en el sujeto hasta volverse indistinguible de su propia identidad. En este sentido, el sometimiento no es solo una condición que se impone desde el exterior, sino una episteme que organiza de manera absoluta la forma en que el sujeto se comprende a sí mismo y habita el mundo.

I. El sometimiento como episteme y clausura narrativa

La noción de episteme, desarrollada por Michel Foucault, nos permite entender los sistemas de pensamiento que delimitan las condiciones de posibilidad de lo pensable en una época determinada . Sin embargo, al trasladar este concepto al análisis del sometimiento, observamos que no se trata únicamente de un marco general del saber o de una red discursiva, sino de una clausura específica y radical del yo.

El sujeto sometido no se percibe a sí mismo como tal precisamente porque carece de un horizonte narrativo alternativo desde el cual interpretar y problematizar su condición. No existe un contraste, no hay una exterioridad simbólica que le permita tomar distancia de sí mismo. El sometimiento, en este contexto, no se experimenta como una imposición violenta o ajena, sino como una normalidad ontológica ineludible.

De este modo, la identidad no se construye en un proceso dialógico ni en la tensión dialéctica con el otro, sino que se hereda y se asume como una verdad incuestionada. La ausencia de narrativas contrapuestas produce una naturalización radical: el sujeto no elige, no reflexiona críticamente sobre su génesis, no compara; simplemente es aquello que el discurso dominante le ha dictado que sea.

En este punto, la fenomenología del sometimiento converge parcialmente con la noción de hegemonía cultural de Antonio Gramsci , pero exige ir más allá. No nos enfrentamos solo a un consentimiento ideológico o a una asimilación de valores de la clase dominante, sino a algo mucho más profundo y paralizante: una imposibilidad estructural de pensarse de otro modo. El sometimiento, entonces, no solo organiza la disposición del mundo objetivo; organiza la forma misma en que el sujeto puede narrarse. Se erige, por tanto, como una episteme de clausura identitaria.

II. La encarnación del sometimiento: el cuerpo escindido

Si el sometimiento operara de manera exclusiva en el plano discursivo o intelectual, su ruptura dependería puramente de una transformación del pensamiento, de un despertar de la conciencia racional. Sin embargo, su obstinada persistencia histórica y personal indica que su arraigo es mucho más profundo: el sometimiento se inscribe, ineludiblemente, en el cuerpo.

El cuerpo no es un mero soporte biológico o un receptáculo pasivo de la mente, sino el lugar primordial donde el sujeto se reconoce como existente. En términos de la fenomenología de Maurice Merleau-Ponty, no «tenemos» un cuerpo como se posee un objeto; somos cuerpo en tanto que este es nuestro vehículo de anclaje y nuestra condición de aparición en el mundo .

Cuando el sometimiento se interioriza de manera efectiva, lo hace bajo la forma de una imagen corporal profundamente mediada por la exterioridad. El sujeto no se vive desde su propia inmanencia, sino desde la mirada hegemónica que lo ha definido, clasificado y evaluado. Esta mediación constante produce una fractura ontológica severa:

•El cuerpo deja de ser el origen intencional de la experiencia para convertirse en un objeto de evaluación externa.

•La percepción de sí mismo se disloca, alienando al sujeto de su propia sensibilidad.

•La unidad vivida del ser-en-el-mundo se fragmenta en una dualidad irreconciliable entre el cuerpo que se siente y el cuerpo que se es mirado.

Resulta sumamente pertinente recuperar aquí la aguda intuición de Frantz Fanon: el sujeto dominado, bajo el peso de la mirada colonial o hegemónica, puede llegar a habitar su propio cuerpo como si fuera un territorio ajeno, como si estuviera constantemente expuesto a un escrutinio que lo define, lo limita y lo cosifica desde fuera . La consecuencia de esta dinámica es decisiva para nuestra propuesta: no hay sometimiento pleno y efectivo sin una corporalidad previamente escindida.

III. Cuerpo y espacio: la restricción del mundo vivido

El cuerpo, además de ser el lugar del reconocimiento íntimo, es la mediación primaria a través de la cual se despliega el espacio. El mundo no se nos presenta como una abstracción geométrica, sino como un campo de acción, un horizonte de posibilidades estructurado en torno a nuestras capacidades corporales.

Si el cuerpo está sometido —es decir, si su imagen está fragmentada y su vivencia se encuentra patológicamente mediada por la mirada del otro—, entonces el espacio mismo sufre una transformación radical. El mundo ya no aparece como un horizonte abierto a la acción y al proyecto, sino como un territorio de contención, vigilancia y límite.

El sujeto sometido no se mueve en el mundo como un agente creador, sino como una figura estrictamente delimitada por expectativas, normas implícitas y significaciones previamente inscritas en la topografía social. El espacio deja de ser vivido como una apertura fenomenológica y pasa a experimentarse como una rígida estructura de condicionamiento. De este modo, comprobamos que el sometimiento no solo afecta la identidad narrativa del sujeto, sino la forma misma en que la totalidad del mundo se le hace accesible o inaccesible.

IV. La emancipación como reconocimiento ontológico

Si el sometimiento se configura como una episteme cerrada y se encarna dolorosamente en el cuerpo, su superación no puede reducirse a una mera transformación externa de las condiciones materiales o institucionales. La emancipación genuina no comienza en la modificación de las superestructuras, sino en un acto mucho más íntimo y radical: el reconocimiento de sí como ser autónomo.

Este reconocimiento emancipatorio implica, al menos, tres movimientos fenomenológicos fundamentales:

1.Desnaturalización de la identidad heredada: Comprender críticamente que aquello que se es en la actualidad no agota en absoluto lo que se puede ser. Es la ruptura de la clausura narrativa.

2.Reapropiación del cuerpo: Restituir la experiencia corporal como propia, habitando el cuerpo desde la inmanencia y rechazando su estatus como mero objeto de una mirada externa evaluadora.

3.Producción de una narrativa alternativa: Abrir, mediante el lenguaje y la acción, la posibilidad de un relato distinto de sí mismo, una nueva forma de articular la propia existencia frente al mundo.

En este sentido profundo, la emancipación no consiste simplemente en liberarse de una imposición externa, sino en el arduo trabajo de generar una segunda versión, auténtica y elegida, de la propia existencia. Solo en la irrupción de esta segunda narrativa, encarnada y consciente, se logra quebrar definitivamente la clausura de la episteme del sometimiento.

Conclusión

La fenomenología del sometimiento nos permite desplazar el foco del análisis crítico desde las estructuras macroscópicas y visibles del poder hacia su dimensión más íntima, capilar y persistente: la forma en que el sujeto se conoce, se vive y se encarna cotidianamente.

Hemos visto que el sometimiento no es únicamente una relación asimétrica de dominación externa, sino una compleja configuración del ser que clausura la posibilidad misma de pensarse de otro modo, que se inscribe violentamente en una corporalidad fragmentada y que, en última instancia, condiciona y restringe la experiencia total del mundo vivido.

Frente a este panorama, la emancipación no puede seguir entendiéndose de manera reduccionista solo como una transformación política o social en el plano de lo público. Debe comprenderse, ante todo, como un proceso ontológico indispensable: el surgimiento de una conciencia capaz de reconocerse a sí misma, de reapropiarse soberanamente de su cuerpo y de producir una narrativa inédita y liberadora de su propio ser.

En última instancia, la verdadera ruptura del sometimiento no ocurre de manera automática cuando el mundo exterior cambia, sino en el instante preciso en que el sujeto decide dejar de ser el único relato que le fue permitido habitar.

Referencias

[1] Foucault, M. (1968). Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas. Siglo XXI Editores.

[2] Gramsci, A. (1981). Cuadernos de la cárcel. Ediciones Era.

[3] Merleau-Ponty, M. (1945). Fenomenología de la percepción. Fondo de Cultura Económica.

[4] Fanon, F. (1952). Piel negra, máscaras blancas. Ediciones Akal.

Posted in

Deja un comentario