Edgar Sánchez Quintana

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Un relato breve de corte costumbrista que retrata la vida en un pueblo donde la voz colectiva se impone sobre lo individual. A través de la figura de una bocina comunitaria y la autoridad implícita de quien la maneja, el cuento explora la vigilancia social, la vergüenza pública y las tensiones entre obediencia y deseo en un entorno donde todos escuchan… y nadie olvida.

En el pueblo, el silencio nunca era completo. Siempre había algo que lo rompía: un gallo desvelado, una bicicleta arrastrando su cadena o, sobre todo, la bocina.La bocina estaba colocada en lo alto del poste principal, justo frente a la tienda. Nadie sabía exactamente desde cuándo estaba ahí, pero todos sabían para qué servía: avisar, exhibir, convocar y, a veces, amenazar.Quien hablaba por ella era doña Elvira.Doña Elvira no gritaba, no improvisaba y no dudaba. Su voz era firme, pausada, con ese tono que no admite réplica. Decía los nombres completos, como si cada sílaba pesara. Era, de cierto modo, la forma que tenía el pueblo de pensarse a sí mismo en voz alta.Aquella tarde, el calor caía espeso sobre las casas. El polvo se levantaba apenas con el paso del viento y los perros dormían con un ojo entreabierto. En la puerta de una casa de adobe, esperaba doña Tomasa.Tenía el ceño fruncido y el delantal torcido. Había salido varias veces a mirar el camino, como si el simple acto de observar pudiera traer de regreso a su hijo. En la mesa, dentro de la casa, el plato seguía vacío. Las tortillas no habían llegado.—Este muchacho… —murmuró, más para sí que para nadie.Sabía bien lo que tenía que hacer.Cruzó la calle sin prisa, pero con determinación, y se dirigió a la casa donde vivía doña Elvira. Sin tocó. No hizo falta. En ese pueblo, ciertas urgencias se entendían sin palabras.Minutos después, la bocina chisporroteó.Primero un ruido seco, como si el aire se acomodara dentro de ella. Luego, el silencio tenso que precede a lo importante. Y entonces, la voz.—Se le comunica al joven Luis Martínez Hernández…El nombre completo recorrió las calles como una corriente invisible. Algunas puertas se abrieron apenas. Alguien dejó de barrer. Un niño levantó la cabeza.—…que se regresa inmediatamente a su casa.Hubo una pausa breve, medida.—Porque si no… van a ir a traerlo con un león.El mensaje quedó suspendido en el aire, flotando entre los techos de lámina y los árboles quietos. No hacía falta repetirlo.Luis no estaba en casa.Tampoco estaba cerca.Se encontraba en el otro extremo del pueblo, donde el camino se regresaba terracería más suelta y el ruido cambiaba de tono. Ahí, dentro de un local oscuro y caliente, iluminado por pantallas parpadeantes, estaba completamente concentrado.Las maquinitas sonaban con ese ritmo hipnótico que borra el tiempo. Luces, disparos, música repetitiva. Luis tenía el cuerpo inclinado hacia adelante, los ojos fijos, las manos rápidas.En el bolsillo ya no le quedaba nada.Había comenzado con las monedas destinadas a las tortillas. Luego siguió con lo que le quedaba de otros días. Al final, ni siquiera recordaba cuántas veces había perdido.Pero en ese momento, estaba a punto de ganar.—Ahora sí… —susurró.Entonces la incidió.Lejana, deformada por la distancia, pero inconfundible.—…Luis Martínez Hernández…El sonido atravesó el ruido del local como un golpe seco. Sus manos se detuvieron apenas un segundo. La pantalla siguió su curso. Perdió.No fue el león lo que lo hizo reaccionar.Fue el nombre completo.Nadie usaba tu nombre completo a menos que la cosa fuera en serio.Luis se quedó quieto. Trago saliva. Miró la máquina, luego la puerta, luego el suelo.El eco de la voz seguía rebotando en su cabeza.—…con un leño.Pero él sabía.Sabía que el niño era apenas el principio.Cuando llegó, el sol ya comenzaba a bajar.La puerta estaba abierta.Doña Tomasa lo esperaba en el mismo lugar, como si no se hubiera movido en horas. Sin arena. No preguntó. No hizo falta.Luis evitó mirarla directamente.El silencio entre ambos era más pesado que cualquier anuncio.Dentro de la casa, la mesa seguía igual. Vacía.Entonces, ella habló.—¿Y las tortillas?Luis no respondió.No porque no pudiera, sino porque ya no había respuesta que sirviera.En el pueblo, todos habían escuchado.Primero te nombraban.Luego, venía lo demás.Y eso… eso nunca se anunciaba por la bocina.

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