Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

«La atención es la forma más rara y pura de la generosidad, pero cuando se desvía, es también la forma más silenciosa de sometimiento.»

Al principio no parecía distinto.

Estaba sentado, como cualquiera, con el teléfono en la mano. No había nada excepcional en la escena: una banca, el ruido de la calle, el ir y venir de la gente que no se mira entre sí. La postura era conocida: ligeramente encorvado, los codos recogidos, la mirada fija hacia abajo.

Lo observé unos minutos antes de notar el primer cambio.

No fue en el cuerpo, sino en la forma en que miraba.

Su atención ya no parecía desplazarse. No recorría el entorno, no se detenía en los rostros, no reaccionaba a los sonidos cercanos. Todo su campo visual estaba contenido en la superficie luminosa del dispositivo. Como si la mirada hubiera dejado de ser apertura y se hubiera convertido en canal.

Pensé, en ese momento, que no era algo extraño. Que todos, en cierta medida, estábamos ahí.

Pero luego ocurrió algo más.

No sabría decir exactamente cuándo empezó, pero la sensación era clara: su campo de visión se había estrechado. No físicamente —sus ojos seguían abiertos—, sino en la forma en que el mundo llegaba a él.

Era como si algo, invisible pero preciso, se hubiera colocado a los lados de su mirada. Una limitación suave, casi imperceptible, que impedía que lo lateral existiera. No giraba la cabeza. No parecía necesitarlo.

La imagen que me vino fue la de esas viseras que se colocan a los animales de carga para evitar que se distraigan.

Solo que aquí no había nadie colocándolas.

Se estaban formando.

Continuó desplazando el dedo.

Cada gesto era breve, automático, suficiente. No había pausa entre uno y otro. No había retorno. Lo que aparecía en la pantalla no se acumulaba: se reemplazaba.

Entonces noté algo más.

Su cuerpo seguía ahí, pero había perdido cierta disponibilidad. No se trataba de inmovilidad total, sino de una reducción progresiva de posibilidades. Como si cada movimiento estuviera condicionado por la necesidad de no interrumpir lo que ocurría en la pantalla.

Se acomodó apenas, sin levantar la vista.

El entorno comenzó a volverse secundario.

Una mujer pasó frente a él con bolsas en las manos. Un automóvil frenó más cerca de lo habitual. Alguien dijo algo en voz alta. Nada de eso produjo respuesta.

El teléfono, en cambio, sí.

En la pantalla aparecían imágenes que reconocí: comida, calles, cuerpos, paisajes. Nada que no pudiera existir fuera de ahí. Y sin embargo, había una diferencia difícil de precisar.

No era la calidad, ni el color, ni el encuadre.

Era la forma en que se ofrecían: completas, inmediatas, sin resistencia.

No exigían nada de él.

Solo el siguiente gesto.

Fue entonces cuando apareció lo que, hasta ese momento, no había querido nombrar.

No lo vi de golpe. Se insinuó primero como una tensión, una dirección. Algo que no pertenecía del todo al cuerpo, pero que comenzaba a organizarlo.

Una especie de vínculo.

No material, pero tampoco imaginario.

Partía de él —o más bien, de una zona difícil de ubicar entre el pecho y el abdomen— y se dirigía hacia el dispositivo. Un cordón umbilical translúcido. No era rígido, ni visible en términos ordinarios, pero estaba ahí, operando, latiendo con cada parpadeo de la pantalla.

Cada interacción lo tensaba un poco más.

No parecía alimentarlo.

Más bien lo contrario.

Había en ese vínculo una transferencia constante, casi tranquila, de algo que no se agotaba de inmediato, pero que tampoco se reponía. No era energía en un sentido físico, sino disposición, presencia, atención. Su vitalidad estaba siendo succionada lenta, rítmica y silenciosamente.

Tiempo.

El teléfono no cambiaba.

Él sí.

Su respiración se volvió más superficial. Su postura más fija. Su entorno más lejano.

Intenté ubicar el momento en que podría haber decidido detenerse.

No lo encontré.

Porque no había decisión en juego.

Solo continuidad.

Las viseras —si así podían llamarse— ya no eran una impresión. Eran una condición. No bloqueaban el mundo, pero lo volvían irrelevante.

Todo lo que no estaba frente a él carecía de urgencia.

Todo lo que estaba dentro del dispositivo era suficiente.

En algún momento, levantó ligeramente la cabeza.

No para mirar alrededor, sino como quien reajusta el ángulo de acceso a lo mismo.

Sus ojos no buscaron nada fuera.

Regresaron de inmediato.

El vínculo no se rompió.

Se estabilizó.

Las imágenes siguieron pasando: un paisaje natural que él no visitaría, un cuerpo que no tocaría, una comida que no probaría. Todo disponible, todo inmediato, todo cerrado sobre sí mismo. Cosas que en su realidad podrían haber sido naturales, ahora pasaban a ser artificiales en su nueva existencia, en su nuevo ser.

Pensé entonces que no estaba viendo representaciones.

Estaba habitando otra forma de lo real.

Una donde lo natural ya no era experiencia, sino contenido.

Donde lo cercano no competía.

Donde el mundo había sido reemplazado, no eliminado.

Nadie más parecía notarlo.

Quizá porque no había nada que ver, en el sentido habitual.

O quizá porque la escena ya no era excepcional.

Antes de irme, lo miré una vez más.

Seguía ahí.

Conectado, contenido, suficiente.

El entorno continuaba moviéndose.

Él no.

Y por un momento —breve, incómodo— la duda no fue qué estaba perdiendo él,

sino si nosotros, al observarlo,

ya habíamos empezado a perder lo mismo.

Deja tu comentario y suscríbete.

Posted in ,

Deja un comentario