
«En la vida hay peores crímenes de pasión, crímenes de odio y crímenes de necesidad. Los, sin embargo, son los que te dejan con el viento en contra.»
Doña Carmelita era una mujer de rutinas estrictas. Todos los lunes, miércoles y viernes lavaba su ropa a las siete de la mañana y, con la precisión de un relojero suizo, colgaba las prendas en el tendero del patio trasero. Sus calzones, unas piezas monumentales de algodón resistente color beige, que según el chisme del barrio podrían servir de paracaídas en caso de emergencia, ondeaban orgullosos al sol de San Juan.
Pero la paz de San Juan se había roto.
El martes por la mañana, Doña Carmelita salió al patio con su canasta vacía y descubrió la tragedia. Los ganchos de madera colgaban huérfanos. Sus «matapasiones», como los llamaba su esposo, habían desaparecido.
—¡Me han robado! —gritó, con una voz que hizo ladrar a los perros de tres cuadras a la redonda—. ¡Mis calzones! ¡Los de algodón egipcio!
No era la única. En las siguientes semanas, el terror se apoderó del vecindario. La señora Lupe perdió sus tangas de encaje baratos; Doña Rosa, sus pantaletas de florecitas; y hasta Don Chuy reportó la desaparición de sus trusas de la suerte, esas que usaban cuando jugaba el Cruz Azul.
El pueblo estaba bajo el yugo de un fantasma. Un espectro del tendedero. El temido «Roba Calzones».
El comandante López, jefe de la Policía Municipal, tomó el asunto como una afrenta personal. Con treinta años de servicio, había resuelto robos de gallinas, peleas de cantina y hasta el misterio del chupacabras de 1998 (que resultó ser un coyote sarnoso). Pero esto… esto era diferente.
—Es un pervertido de alta peligrosidad —declaró López, golpeando la mesa de su oficina—. Un coleccionista. Un depravado que se alimenta del terror de nuestras mujeres… y de Don Chuy. Vamos a atrapar a este monstruo, muchachos.
La operación «Gancho Seguro» se puso en marcha. Se establecieron patrullajes nocturnos, se infiltraron agentes encubiertos finciendo ser vecinos colgando ropa a altas horas de la madrugada, y se instaló un señuelo en el patio de Doña Carmelita: un par de calzones nuevos, rojos y con bolitas blancas, rociados con polvo fluorescente invisible.
La noche del jueves, el silencio de San Juan fue interrumpido por el sonido de un bote de basura cayendo.
El comandante López, escondido detrás de un rosal, hizo la señal.
—¡Ahora! —gritó, encendiendo su linterna de halógeno de diez mil lúmenes.
La luz cegadora iluminó a la bestia. No era un depravado de gabardina oscura ni un joven perturbado. Era Jacinto, el mecánico del pueblo. Un hombre de cincuenta años, panzón, con bigote de brocha y una expresión de pánico absoluto. En sus manos, temblando como hojas al viento, sostenía los calzones rojos de bolitas blancas.
—¡Quieto ahí, pervertido! —bramó López, apuntándole con su arma reglamentaria (que no estaba cargada, porque en San Juan no había presupuesto para balas)—. ¡Estás rodeado!
Jacinto soltó los calzones y levantó las manos. Su rostro estaba bañado en sudor frío.
—¡No dispare, comandante! ¡Por la virgencita, no dispare! —suplicó el mecánico, cayendo de rodillas.
Al día siguiente, la comisaría estaba a rentar. Medio pueblo se había congregado para ver al infame «Roba Calzones». Doña Carmelita estaba en primera fila, exigiendo la pena máxima.
—¡Mírenlo! —decía, señalando a Jacinto, que estaba sentado en el banquillo de los acusados—. ¡Con esa cara de inocente, el muy degenerado! ¡Exijo que me devuelva mis matapasiones!
El comandante López, sintiéndose el héroe del año, se aclaró la garganta y miró al prisionero con desprecio.
—Bueno, Jacinto. El juego terminó. Confiesa. ¿Para qué querías la ropa íntima de estas honorables damas? ¿Es un fetiche? ¿Un ritual satánico? ¿Las estabas vendiendo en el mercado negro de la perversión?
Jacinto tragó saliva. Miró al suelo, luego al comandante, y finalmente a la multitud enfurecida. Suspiré profundamente, resignado a su destino.
—No es lo que ustedes piensan, se los juro —dijo, con la voz quebrada.
—¡Habla ya, depravado! —gritó Doña Carmelita.
—Es que… es que hace tres semanas fui a comer tacos a los de Don Chencho… —comenzó Jacinto, bajando la cabeza por la vergüenza—. Y los de tripa estaban medio raros.
El comandante López frunció el ceño.
—¿Y eso qué tiene que ver con los calzones, Jacinto? No me cambies el tema.
—Pues… que desde ese día, traigo una diarrea que no me suelta, comandante —confesó Jacinto, al borde del llanto—. Una cosa terrible. Explosiva. Impredecible. Y… y mi esposa me corrió del cuarto porque ya no aguantaba lavar mis calzones. Me dijo que si manchaba uno más, me pedía el divorcio.
La comisaría quedó en un silencio sepulcral.
—Entonces… —dijo el comandante López, procesando la información—. ¿No eres un coleccionista pervertido?
—¡Claro que no! —sollozó Jacinto—. ¡Soy un hombre desesperado! No tenía qué ponerme para ir a trabajar. Y cuando vi esos calzones tan grandotes de Doña Carmelita colgados… pensé: «Aquí cabemos mis problemas y yo». Y luego, pues… la emergencia volvió, y necesitaba otro, y otro…
Doña Carmelita se llevó las manos a la boca, horrorizada.
—¡Ay, Dios mío! ¡Mis matapasiones!
—Lo siento mucho, doñita —dijo Jacinto, limpiándose una lágrima—. Le prometo que se los voy a pagar nuevos. Los suyos… bueno, los suyos tuvieron que ser incinerados por el bien de la salud pública.
El comandante López se rascó la cabeza, bajó su libreta de notas y miró a la multitud. La ira se había transformado en una mezcla de asco y compasión.
—Bueno, vecinos —dijo López, aclarando su garganta—. El caso está cerrado. Y por favor… si alguien reconoce sus prendas en la bolsa de evidencia… le sugiero amablemente que mejor las deje ahí.
Esa misma tarde, el Ayuntamiento de San Juan emitió un comunicado oficial: «Si usted reconoce sus calzones, favor de pasar a reclamarlos… aunque, por recomendación médica, le sugerimos comprar unos nuevos».
Y desde ese día, en San Juan, la gente le puso doble seguro a sus tenderos. No por miedo a los pervertidos, sino por miedo a los tacos de Don Chencho.
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