
¿Puede existir un cambio real sin sacrificio? Edgar Sánchez Quintana confronta la sangre de la Revolución con la comodidad digital de la política actual en 2026.
Una transformación verdadera no es un eslogan, ni un decreto, ni mucho menos una tendencia en redes sociales; es un cataclismo que desgarra la realidad, arrastrando consigo la comodidad, la certidumbre y, a menudo, la vida misma. La historia de México está marcada por estos sismos sociales, siendo la Revolución Mexicana —la autodenominada Tercera Transformación— la más reciente y brutal de ellos. Sin embargo, al observar la retórica contemporánea de la llamada Cuarta Transformación, surge una disonancia insalvable: ¿puede existir un cambio profundo y estructural en una sociedad donde el ciudadano no sacrifica nada, donde la «revolución» se libra desde la comodidad de una pantalla y la entrega se mide en likes de TikTok?
Para entender el abismo que separa un movimiento de transformación genuina de una mera narrativa política, es necesario mirar hacia atrás, no a los libros de historia oficial que romantizan el conflicto, sino a la tierra, al polvo ya la sangre de quienes lo vivieron desde adentro. Mi abuelo, un norteño de Chihuahua, no era un ideólogo; Era un hombre de campo que no se identificaba con ningún movimiento revolucionario, pero que fue arrastrado inexorablemente por los vaivenes de su tiempo. La Revolución no le pidió permiso para entrar en su vida; simplemente derribó la puerta.
De joven, cuando algunos de sus hijos apenas tenían entre trece y quince años, fueron alzados por Pancho Villa para formar parte de los temidos Dorados. Mi abuelo, con la pragmática sabiduría de quien busca sobrevivir, les sugerimos que se encaminaran con ellos por tres días y luego regresaran. En esa ocasión llegaron hasta Torreón antes de volver. Pero la voracidad de la guerra no se conformaba con reclutas esporádicos. Mi abuelo tenía un rancho, y cuando los villistas llegaban durante sus campañas, la exigencia era clara: «A ver, Cesario, ¿cuántas vacas me vas a dar para la causa?» . El regimiento creció, y pronto, esos hombres se acaban cincuenta vacas por día. Así, mi abuelo tuvo que «mocharse» para la causa, recibiendo un cambio de título de teniente de los Dorados de Villa, un papel que no alimentaba ni protegía.
Y allí no acababa la pesadilla. Cuando los orozquistas rondaban la región, también diezmaban las cabezas de ganado. Al regresar los villistas, volvieron a perturbar a mi abuelo porque su segundo apellido, Carabeo, lo relacionaba erróneamente con los Orozco. La presión fue tal que, tras esconder un pequeño tesoro, no le quedó otra opción que abandonar su tierra y huir al norte, hacia los Estados Unidos, con algunos de sus hijos, esperando a que la tormenta amainara. Atravesó su vida en medio de una conmoción social donde todo fue trastocado; donde no había modo de juzgar las decisiones, donde se pasaba hambre, se abandonaba todo y las comodidades quedaban en entredicho, sintiendo el aliento de la muerte en la nuca.
Esa cercanía con la muerte la experimentó mi tío, quien anduvo con Villa cuando tenía apenas quince años. Rumbo a Durango, el contingente se quedó en una población, durmiendo donde se pudiera, tumbados en el suelo y haciendo fogatas para combatir el frío cortante. Cuenta mi tío que vio a Villa caminando con sus correligionarios más cercanos antes de retirarse a dormir. En el pasillo, el Centauro del Norte tropezó con los pies de un hombre que dormía; sin inmutarse, sacó su arma y le disparó. No le dio tiempo ni de despertar; allí mismo lo dejó frío. En ese instante de terror puro, mi tío decidió abandonar a los Dorados. El regreso fue un calvario: semanas de hambre durmiendo en los montes, buscando agua desesperadamente, escondiéndose tanto de villistas como de orozquistas y federales. La vida no era fácil para nadie.
Si trasladamos la mirada del norte árido al centro del país, el panorama no era menos desolador. En Tlaxcala, mi tío abuelo, originario de Tepehitec, tampoco «cantaba mal las rancheras» en cuanto a sufrimiento. Cuando vino el levantamiento, tras haber tenido puesto de acuerdo con los hermanos Serdán de Puebla, el día convenido ellos se levantaron en armas. Sin embargo, los Serdán, vigilados por los federales, tuvieron que posponer su acción. Para cuando mi tío abuelo y los suyos se enteraron, ya se habían lanzado al frente en concordancia con Domingo Arenas, el de Zacatelco. La represión no se hizo esperar: comenzó a buscar a «esos pinches indios revoltosos», obligándolos a huir hacia los cerros de Temezontla. Lo mismo: pasar hambre, sufrir, dejar las pocas pertenencias ya la familia. El contraste era brutal; Tlaxcala en esa época era tierra de extrema pobreza. A mi abuela de Tepehitec la conocí descalza; no usaba zapatos y era indígena, al igual que el abuelo Arnulfo. Ver eso, viniendo del norte donde nuestra familia vivía en la justa medianía, fue un choque cultural profundo.
Estos relatos familiares no son meras anécdotas; son testimonios vivos de lo que implica una verdadera transformación social. En la Tercera Transformación, el cambio no fue solo económico o político; trastocó al individuo hasta sus cimientos. Requirió entrega, soltarlo todo, comenzar desde cero, sacrificar la vida, quedarse sin nada, pasar hambre y sufrir. Hubo un cambio de conciencia forjado en el yunque de la necesidad y la supervivencia.
Frente a esta realidad cruda y sangrienta, la narrativa de la Cuarta Transformación se presenta como un espejismo deslavado. Se proclama un cambio de régimen, una transformación profunda, pero ¿dónde están los elementos iniciales que definen un movimiento de tal magnitud? Falta lo que les sobró a los hombres y mujeres de la Revolución.
El ciudadano actual de México, que se dice partícipe de esta Cuarta Transformación, lo hace desde una postura anodina y cómoda. No pierde nada. Su «lucha» consiste en dar likes a videos de TikTok, compartir consignas vacías en redes sociales y consumir discursos sin tomarse ni siquiera un momento para la reflexión crítica. No hay un cuestionamiento profundo, no hay un cambio dentro de su propia conciencia. Es una transformación de sofá, donde la militancia se ejerce entre pausas comerciales y el sacrificio es un concepto alienígena.
Una transformación verdadera exige que el individuo se enfrente a sí mismo, que rompa con sus estructuras de confort y asuma un costo. La Revolución Mexicana, con todos sus errores, traiciones y derramamiento de sangre, obligó a un país entero a mirarse al espejo y redefinirse. La Cuarta Transformación, en cambio, ofrece la ilusión del cambio sin el dolor del parto. Es un movimiento anestesiado para una sociedad anestesiada, donde la retórica sustituye a la acción y la polarización digital reemplaza al compromiso real.
Mientras no exista una entrega genuina, una disposición a sacrificar la comodidad por un bien mayor, y, sobre todo, un cambio profundo en la conciencia individual de cada ciudadano, cualquier intento de transformación será solo una etiqueta política más. La historia nos enseña que el progreso verdadero se paga con esfuerzo y sacrificio; la comodidad actual solo nos asegura que, a pesar del ruido, en el fondo, nada está cambiando realmente.
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