Edgar Sánchez Quintana

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Un investigador solitario escribe en su cuaderno sentado sobre una piedra en el desierto de Giza, con las tres pirámides al fondo bajo un cielo de atardecer violáceo. A su alrededor, mapas y papeles dispersos en la arena, y tablillas cuneiformes mesopotámicas que flotan espectralmente en el aire, como si el pasado y el presente se superpusieran. Imagen que ilustra la crónica "Los objetos que no debieron tocarse".

(Notas de campo desde El Cairo)

Escribo esto frente a las pirámides.

No como quien contempla, sino como quien es observado. Las tres moles —antiguas hasta el exceso, precisas hasta la sospecha— se recortan contra un cielo que no cambia nunca, como si el tiempo aquí hubiera decidido no avanzar, sino acumularse en bloques de piedra inescrutables.

El desierto no está vacío. Es un archivo. Uno que no se deja leer de frente.

Desde mi posición como investigador asociado a la Universidad de El Cairo, y enviado —no oficialmente— un documental las variaciones narrativas de los conflictos contemporáneos, aprendí que la guerra no comienza con el primer disparo. Comienza cuando ciertos datos dejan de circular. Cuando el lenguaje se vuelve selectivo. Cuando la verdad adopta la forma de un permiso concedido a cuentagotas.

Durante los primeros meses de la Guerra de Irak, hubo informes —breves, mal archivados, casi incómodos— sobre movimientos dentro del Museo Nacional que no correspondían al caos generalizado del pillaje. No fue el desorden ciego de la turba. Fue otra cosa. Una precisión quirúrgica, silenciosa.

No fue saqueo. Fue clasificación.

No hay pérdida de combustible. Fue traslado.

Se llevaron piezas que no estaban en las guías turísticas. Objetos que ni siquiera los custodios más antiguos del museo podrían describir del todo sin recurrir a palabras imprecisas, casi avergonzadas: “fragmento”, “disco”, “inscripción no catalogada”. Artefactos cuya importancia parecía depender de estar completos… aunque nunca se supiera completos de qué.

Nadie hizo demasiadas preguntas. O, mejor dicho, nadie que pudiera hacerlas fue escuchada.

Años después, cuando el foco geopolítico se desplaza y la tensión vuelve a centrarse entre Irán, Estados Unidos e Israel, el discurso público insiste en las variables conocidas, en la retórica de siempre: seguridad, equilibrio, prevención, la hegemonía del petróleo.

Pero al superponer los mapas —los visibles y los subterráneos— aparecen coincidencias que no responden del todo a esas explicaciones. Hay algo en la insistencia que no termina de encajar. Como si la guerra no fuera únicamente por lo que se declara en los atriles diplomáticos. Como si, en algún nivel que no alcanza el lenguaje oficial, ya se supiera algo. Algo antiguo. Algo enterrado en capas de civilización sobre civilización, en esa geografía donde alguna vez respiró Mesopotamia, y donde cada excavación es, en el fondo, una interrupción violenta del tiempo.

Trazó esquemas. No como teorías conspirativas, sino como insistencias. Zonas de conflicto que se repiten sobre territorios que alguna vez fueron nodos de poder ancestral. Intervenciones que parecen desproporcionadas si se atiende sólo a los recursos inmediatos. Tiempos de espera —como el de Irán, aguantando el golpe— que no son pasividad, sino una densa y oscura anticipación.

Como si algo hubiera sido previsto. No políticamente. Sino en otra escalada.A veces pienso en la famosa portada de The Economist , esa que cada año organiza símbolos como si fueran piezas de un lenguaje que se resiste a revelarse por completo. No hay pronóstico. Sugiere. Y en esa sugerencia hay una forma de poder absoluto: la de quien no dice, pero orienta la mirada.

Aquí, frente a las pirámides, esa lógica adquiere otra dimensión. Porque estas estructuras no sólo resisten el tiempo: lo organizan. Hay teorías suficientes para explicarlas, pero ninguna definitiva. Eso, en sí mismo, es una forma de conocimiento velado.

Un colega —cuyo nombre no puedo consignar en estas páginas— me dijo hace unos meses, en un pasillo de la universidad demasiado iluminado para conversaciones de este tipo:

—El error es pensar que buscan objetos.

No elaboró ​​más. No hizo falta. Si lo que se extrajo en Irak no eran reliquias sino componentes, entonces la pregunta cambia. Ya no es “¿qué se llevaron?”. Sino: ¿qué falta por ensamblar?Revisó documentos de archivo relacionados con la Segunda Guerra Mundial, en particular aquellos que rozan las búsquedas no convencionales impulsadas durante el régimen de Adolf Hitler. Las divisiones que no avanzan sobre ciudades, sino sobre símbolos, rastreando la energía vril , el origen, el acceso. Palabras que nunca se definieron del todo. No hay pruebas concluyentes. Hay patrones. Interés en lo esotérico, expediciones fuera de toda lógica militar, una insistencia en conocimientos que no encajan en la tecnología de su tiempo.

Hoy, la pregunta no es si esas historias son ciertas. La pregunta es más incómoda: ¿por qué se repiten? ¿Por qué, cada vez que una potencia se aproxima a territorios antiguos, la guerra adopta una forma excesiva, desproporcionada, casi irracional?

El desierto, mientras tanto, permanece. Seco. Claro. Implacable. Aquí, la luz no oculta: exponen demasiado. Y, sin embargo, hay cosas que ni siquiera esta claridad logra revelar.Si existiera —y no afirmo que existe— un umbral, no sería un portal en el sentido ingenuo de la ficción. No sería una puerta brillante de la que emergen ejércitos. Sería una configuración. Un estado. Una coincidencia precisa entre elementos dispersos en el tiempo y en la geografía. Algo que no se abre. Algo que ocurre .

Y si eso fuera cierto —aunque sólo sea como hipótesis metodológica en este cuaderno— entonces las guerras no serían únicamente disputas por territorio o recursos. Serían también intentos, fallidos o deliberados, de aproximarse a ese punto donde la realidad deja de ser estable.

Escribo esto mientras el sol desciende y proyecta sombras que no parecen pertenecer del todo a los cuerpos que las generan. Las pirámides permanecen. Como si supieran. Como si hubieran sido testigos de otras búsquedas, de otras guerras, de otros hombres convencidos de estar cerca de comprender algo que, quizás, no está hecho para ser comprendido por la mente humana.

Este texto no es una conclusión. Es un registro. Un intento de no dejar que ciertas preguntas desaparezcan bajo el ruido de los misiles. Porque si algo he aprendido en este trabajo de atar cabos sueltos, es que lo verdaderamente importante no siempre es lo que se sabe, sino aquello que, de manera persistente, sistemática y aterradora, no se permite saber.

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